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domingo, 26 de mayo de 2013

El ámbito de posilidad categorial, evento significante y evento significativo



Prologo

El ámbito de posibilidad categorial,
evento significante y evento significativo.


A.- La posibilidad categorial



Si consideramos que el conocimiento de los principios tanto químicos como ópticos de la fotografía estaban bastante extendidos después del experimento de Schutze (en 1725)... que la fotografía no se inventara antes sigue siendo el mayor misterio de su historia... aparentemente, a ninguno de los muchos artistas de los siglos XVII y XVIII que utilizaban habitualmente la cámara oscura se les ocurrió emplearla para fijar su imagen de forma permanente.

Helmut Gernsheim, The origins of Photografy.













La posibilidad categorial es lo definible, lo tratable, lo utilizable, lo aperceptible o lo emergente , pero como tal no se trata nunca de algo material o ideal en potencia, pues de principio la posibilidad categorial no es algo, sino que es la posibilidad del ser–acción 
ya siempre acaeciendo donde el algo aparece.[2] El objeto y el 
sujeto de esta acción no está ahí dado de antemano así como así, sino que tanto objeto como sujeto son elaboraciones prácticas efectivas de esa acción que cabe llamar acción creativa.[3]

En toda ciencia, disciplina, oficio o actividad humana, el objeto se constituye acorde a las posibilidades categoriales de dicho ámbito, de entre las cuales la más importante es el uso efectivo, el cual se nota en el definir. El ámbito de posibilidad categorial no es y no puede ser independiente a otras ciencias, disciplinas u oficios, y tampoco es particular existiendo a lado de otros, pues en general, constituye el ámbito fundamental de la cultura de una comunidad, ya que en última instancia lo que describimos como ámbito de posibilidad categorial es aquello que cabe denominarse mundo. Sólo cuando se opone un mundo a otro es propio hablar de superposición, plegamiento o enfrentamiento de diversos ámbitos de posibilidad categorial.

El “qué” de algo, pero también y al mismo tiempo el “cómo se puede nombra algo” es la elaboración del nombre y la denominamos poiesis. Pero poiesissimultáneamente es y de un modo más originario, resguardo, mantenimiento y despliegue, de mundo, todo esto además, en un solo movimiento.[4] En términos prácticos esto implica que ya desde siempre en una disciplina específica, la poiesis conlleva también un “para qué” más original al propio “qué” que mienta algo y al cómo se mienta lo mentado. Por ello, postulamos que más allá de la forma y el contenido, está el fenómeno hermenéutico, que si bien es cierto está anclado a la forma y al contenido, dota retroactivamente a la forma y al contenido del ser-forma de lo formal y del ser-contenido a lo material.

El qué y el cómo del qué, al ser actividades del lenguaje, o speech act como lo nombraron los analistas británicos, colocan y hacen que emerja “la cosa”. El habla, al ser un acto, tiene una intencionalidad co-originaria que fenomenológicamente es la función intencional de la acción nominativa. Ésta, como performatividad de todo objeto perceptible, es ya operante al interior de toda disciplina. Por ejemplo, y para estudiar estos fenómenos pensemos en el acto nominativo “vaso de café”.[5]

Tal vaso de café contiene dos elementos, el vaso, y el café. La enunciación “vaso de café” vincula ambos términos en un modo específico. El vaso es relativo al café al tiempo que el café es relativo al vaso. Es un vaso para contener café, y éste a su vez, es para ser contenido, trasportado, bebido, en el vaso. El para qué del vaso habilita los posibles usos del café, a la par que el vaso adviene como vaso sólo en el momento práctico de cumplir su función. Cabría preguntar, antes del acto nominativo, qué son tanto uno como otro, es decir, en qué se basa nuestro creer que como tales, el vaso y el café, preexisten, tienen estabilidad, en tanto nosotros tenemos certeza de tal estabilidad.[6] Al hacerlo así, descubriríase y en el camino que tratamos de señalar para pensar, que pronto los supuestos objetos subyacentes al concepto “vaso de café” no son sino en el claro del lenguaje, de los signos que los mientan y los hacen aparecer. “Vaso” y “café” se colocan sobre un entramado general que ya siempre tiene disponibles los sustantivos posibles a aquello que nos sale al paso. Tal red o entramado general también es y está en el ámbito de posibilidad categorial.[7]

Pero existe una diferencia radical entre aquello que en la cotidianeidad aceptamos como lo real, lo dado, lo sabido, lo ya interpretado, y aquel nombrar específico que acontece en ciertas áreas de la cultura. Para captar esto pedimos de principio se acepte que nombrar es ya siempre estar en el actuar, y que a su vez, todo estar en el actuar es ya siempre nombrar. “Vaso de café” es ya siempre no sólo la enunciación, sino que es ya, uso efectivo del vaso de café mismo.

Continuando con el ejemplo, el uso involucra tres elementos, “vaso”, “café” y la proposición “vaso de café”, que como acción o acto de habla, observa y obliga al pensamiento a pensar desde el acaecimiento del vocablo en tanto tal. Dos preguntas emergen ahora en relación al puerto que añoramos, primero ¿cómo es posible el nombrar? Y segundo, cuando el nombrar es divergente al ahí de la cultura, al todo de una sociedad, ¿qué hace posible tal nombrar divergente?[8]

En el estudiar las “cosas”, y más importante aun, en el estudiar la enunciación de estas desde el plano de lo existente tal como reclama Foucault, no se puede concebir como anteriores en sentido cronológico al vaso, al café y a la proposición como tal.[9] La supuesta “cosa” ya es siempre enunciación, y como tal no es independiente a su “representación”, a la palabra que la invoca y nos convoca con ella. Por tanto sólo hay “ahí” donde hay lenguaje, o por lo menos, hay “ahí” donde es posible representar por más parco que sea éste. Solo en este sentido se puede aceptar preexistan los entes en cuestión, vaso y café, pero en un sentido estructural, mantenida la estructura, o estructurándose mejor dicho, siempre por el todo de la cultura, es decir el mundo. Café y vaso, son objetos ya ahí-a-la-mano, pero que por ello están ya siempre inmiscuidos en relaciones intencionales precedentes.

Tal punto presenta un doble problema, pues por un lado, no existe anterioridad cronológica, más sí estructural, y sin embargo, en el uso efectivo aquél que dispone del vaso de café, acepta, e incluso requiere, tomar cada elemento constituyente del “vaso de café” como preexistiendo de antemano al uso efectivo. Los componentes del “vaso de café” están ya siempre en uso, incluso cuando el café está reposando en un frasco hermético dentro del refrigerador, o cuando el vaso yace, entre muchos otros más, dentro de un paquete en el supermercado. El error deviene de asignarle al “sujeto” la potestad que trae al uso y a la existencia el ente en cuestión, cuando es el sujeto un elemento necesario pero secundario , ya que su posibilidad es ya siempre la existencia del Otro. Es el “vaso de café”, como estructura total temporal y temporalizante, más no así histórica, compuesta además de cuatro elementos por lo menos, lo que posibilita al sujeto que sostiene tal vaso y se convierte con ello en ser-bebedor de café. El sujeto se involucra, o acontece mejor dicho, retroactivamente y de modo necesario presentándose, o para decirlo propiamente ficcionalizándose en el ahora a partir de su palabra, pues es él, el Yo, el estructurador puntual, o actual mejor dicho, de la estructura total “vaso de café”, que sólo así adviene como histórica y ya no sólo como temporal.

Cuando al estudiar lo existente se parte de este problema, se arriba a la contradicción de que lo existente es existente desde lo estructural al uso, y no al postulado cronológico que concibe al sujeto o al objeto como co-originarios, precedente uno del otro o viceversa. Por ello, para estudiar lo existente, se tiene que saltar hacía el origen de lo existente como tal y no permanecer más entre los eternos debates en torno al sujeto y al objeto, o la forma y el contenido. Pero hacer esto no es otra cosa que arribar al problema filosófico de la historia y por ello, al problema del tiempo. El existir como tal, no es una cosa sino simplemente ser es la esencia, o mejor dicho, el esenciarse del ser, pues es el ente existente por el esenciarse actual del ser.[10] Es fundamental no confundir interpretaciones del ser en este punto, pues cuando nos referimos a la esencia como origen de lo existente no estamos apelando a que una cosa etérea, que se llama atemporalmente “café”, subyazca a todo en tanto absurda esencia platónica.

Lo que queremos señalar con la preexistencia estructural y no cronológica del uso del café es que el café, antes de ser café para ser servido y ser bebido,es preparado en una cafetera, es resguardado en un frasco, es comprado, es molido y empaquetado, es tostado, es transportado, es cosechado, y esplantado por un campesino guatemalteco que jamás sabrá del destino final del grano que sostiene entre sus manos, como nosotros tampoco sabremosjamás de su actuación intermediaria y posibilitadora del actual sostener un vaso de café y darle un sorbo.

Por ello decimos que “vaso de café” en el plano de su existencia, involucra todas están determinaciones en un plexo de conexiones y relaciones que constituyen y acontecen en aquello que llamamos mundo. Allende, no se debe olvidar que cada relación intencional de “la cosa” con cualquier otra cosa, conlleva siempre la intermediación de sujetos que también posibilitan el trato efectivo con “la cosa”. Además reiteramos que “sujeto” es por ejemplo el ser-campesino del ente que presuponemos como campesino de café, o el ser-bebedor-de-café del ente que llamamos presuponiéndolo, bebedor de café.

Confundimos el ser sujeto con una cosa cuando quisiéramos poder llamar al ser, cogito, conciencia, alma, o cualquier otro sinónimo que coloque ya en tanto cosas, a la cosa pensante o a la cosa mundana –res cogitans, res extensa– como orígenes de todo fenómeno. En este sentido vale la pena desmarcarse y decir que el primado, es decir lo originario, no reposa en uno u otra cosa, -res cogitans o res extensa– o en cualquier cosa que quisiéramos entender como por sujeto mundo. Coloquialmente lo podemos expresar diciendo que, en el eterno retornar al debate entre qué fue primero, el huevo o la gallina, se tiende a olvidar y ocultar que también hubo un gallo. Tal gallo, nuestro gallo, es la relación –nombrar como actualización o escena– que hace posible sea y esté la emergencia cooriginaria del huevo y la gallina.

Los sujetos involucrados en el plexo total de relaciones que constituyen al mundo y hacen posible al “vaso de café”, solo acontecen como eventos dentro del evento peculiar. El sujeto es una función eventual del acontecimiento. En torno a la subjetividad nos desatendemos en tanto cuestión en los apuntes que continúan, más no por ello descartamos los problemas que la subjetividad presenta y conlleva, sólo que ella y sus problemas los desplazamos a un segundo plano que por el momento escapan a la ambición de esta tesis, pues nuestra cuestión principal en términos teóricos es una sola, cómo acontece el evento y cómo se significa éste.





B.- En torno al evento.



El lenguaje ya siempre da las pautas para conducirnos en la inmediatez con los objetos, con las cosas. Inmediatez no mienta en ausencia de medios, o en la carencia e innecesidad de ellos. In-mediatez o in-mediato, en este contexto, significa por el contrario ya siempre en medio, en el medio de, en este caso del lenguaje, de las palabras. Lenguaje y palabras son ya siempre medios que en el soporte y al resguardo del uso, permiten, habilitan y posibilitan el trato efectivo sin necesidad de inventar a cada paso significados novedosos para las palabras y conceptos que como objetos, señalan lugares comunes a la cotidianeidad.

Lo que acontece como evento no son las cosas o los sujetos que las utilizan, las fabrican o las desechan en tanto cosas, sino que lo acontecido ya siemprees en la inmediatez del lenguaje como ser de eso, esto o aquello para el caso posterior del objeto, así como el ser ese, éste o aquél en el caso del sujeto. El concepto o el sujeto que se entiende bajo el signo del “Yo” es siempre como tal, acontecimiento, apertura a la significación práctica de un mundo, y no debe pasar desapercibido que cuando se dice “yo corrí allá”, “yo comí aquello”, o “yo escribí esto”, el “Yo” acontece ya como relación entre dos supuestas “cosas”. Lo que posibilita la existencia del Yo escribiente no es la preexistencia del sujeto autor de estas líneas, y mucho menos aun, la existencia como cosa de un objeto llamado texto. Lo que hace posible esto tiene que ser rastreado en términos del cómo y del para qué acontece la representación, es decir, a dónde nos dirigimos, el autor, sus colegas, su asesor de tesis, sus sinodales y sus posibles lectores en el plexo total de relaciones posibles y necesarias de las cuales este texto es solo un punto nodal más no así actual, pues lo que se juega como totalidad es una comunidad de investigación, o si se prefiere, una polis epistémica del mundo.[11]

El “cómo” y el “para qué” señala en última instancia un más allá de la representación que la hace posible, pero como lo señalamos con referencia al ser del café, el acaecimiento del ser está posibilitado no por una realidad trascendente, sino antes bien por un plexo de relaciones que llamamos mundo y, que siendo ya él representación, es el elemento estructural que hace posible la representación. Para una ciencia, disciplina práctica u oficio, esta facultad del lenguaje para abrir un mundo –representar– está concebida en el concepto de “posibilidad categorial”.

Si el lenguaje juega un papel tan importante, cabe preguntar qué es por tanto el lenguaje, pues en última instancia hay que concebir a este fenómeno también desde la existencia del lenguaje. Sonará de principio desquiciado, pero el lenguaje no existe. El existir del lenguaje no es la existencia del lenguaje en tanto tal, es decir, como cosa, sino que el existir del lenguaje es el cómo y el para qué del nombrar, del referir algo con respecto a algo más. El lenguaje en sí mismo, por sí mismo, sólo existe como elaboración teórica de las ciencias o disciplinas del lenguaje, y esto es lo que quería señalar Foucault, a pesar de no querer señalar propiamente qué más allá de la elaboración de abstracciones razonables o de conceptos por parte de la lingüística, la semiótica, la filosofía, la gramática, o la semántica, se juega ya un dominio político en relaciones de poder que despliegan mundo dominándolo.

El lenguaje como existencia es siempre habla, uso efectivo de aquello que la teoría ha dado por llamar lenguaje. Por tanto, en este estudio, el lenguaje no es más que las prácticas representacionales, que en su “qué”, en el “cómo” y en el “para qué” del representar, permiten la pertenencia, la permanencia y la apertura de mundo, así como también su dominio por aquél que maneja el representar. Verlo así es indispensable, pues sólo de esta manera el estudio de la cuestión que nos interesa, tendrá la capacidad de no dejarse dominar por el tema de la conciencia y su par, la dupla subjetivismo-objetivismo.

Si se preguntase ahora, dónde acontece tal representar que el habla hace posible a cada instante, y se mentase tal cosa como “espacio de la representación”, no debe pasarse por alto que tal espacio de la representación no es otra cosa que el mundo mismo. Es decir, el representar que el habla realiza siempre es como apertura de y en el mundo. Por ello decimos que no hay tal cosa como representación del espacio o de la temporalidad o de la subjetividad, salvo por un genero de caso, que en el representar se represente al representar,[12] pues la representación es siempre espacialización y temporalización del ahí donde puede advenir el sujeto.

Al ser esto así, la espacialización y temporalización permiten también el aparecer fenoménico de aquellos entes involucrados en el representar, que sólo en el resguardo de tal estar-involucrados, son en relación a algo más. Representación del espacio o representación del tiempo si se insiste en tales conceptos, son de hecho ya representaciones especulativas o abismáticas –espejo contra espejo– con las cuales opera por ejemplo la representación filosófica que de tal modo abre la imagen del mundo como tema en sí.[13]

Con base en esto, el definir de toda definición al interior de una disciplina, arte o vocación, ya conlleva toda una delimitación y especificidad de la definición, es decir una finitud temporal y esencial. Aun así, no hay que confundirnos pues la definición no es la palabra, siquiera el concepto que implica ella, sino antes la relación ya siempre efectiva entre una cosa y otra cosa más. Es decir, la definición es ya siempre un definir el ser de algo desde el ser de algo más. Es sólo el definir de la definición quien nos debe dar la pauta para preguntar por el sujeto del definir. Quien define algo es la relación, que al ser acontecimiento significativo, es un claro del campo enunciativo, claro donde acontece como sentido actual el significado[14] –relación del ser de algo con respecto al ser algo más– del ser-sujeto y el ser-objeto si así se prefiere ver.

Por ello, en el preguntar por el sujeto en esta investigación, no se puede aceptar de modo inmediato la preexistencia de dicho sujeto sin que de facto, acontezca una cosificación del ser-sujeto transformado en sujeto en tanto tal, sea éste conciencia o lenguaje. De hecho, esta posibilidad fue la que permitió la apertura de la Modernidad desde la poieisis de Descartes y su dubito, ergo cogito, ergo sum. En términos de la historia del ser, la posibilidad del sujeto hoy se clausura, al ser la cuestión la constitución del existir histórico-significativo y no así la certeza de tal posibilidad, la que se descubre como habilitadora del pensar histórico del ser.[15] Tanto sujeto como objeto son ya cosificaciones que fetichizadas se convierten en el tema de la mayoría de las investigaciones, por ello, al ser nuestro tema la historicidad esencial del haber podido repensar el tiempo, el enfoque adoptado de común en tanto sujeto y/u objeto se muestra de principio inadecuado e ineficaz. Esta investigación es o se pretende filosofía de la historia, y por tanto toma como objeto al ser de la cosa y no a la cosa como tal, pues ahora, después de Nietzsche y los autores del modernismo, de la mano de Heidegger, Foucault y los hermeneutas, es posible inquirir en términos historiográficos –lo cual no significa como tal responder –por el cómo del pensar y el origen, transformación y comunicación de las ideas.

Nuestra hipótesis es que dicha relación entre el definir de la definición y la definición, el juego de la representación, no inaugura sino que reinaugura un campo práctico que se actualiza sólo en el y por el momento en que ocurriendo la posición que engarza la definición con el definir, relaciona el ser palabra con el ser de una cosa. Tal campo práctico es el mundo, la ocurrencia e inclusive concurrencia del mundo, que constituye o despliega el ahora que se suele denominar presente y presencia, tratándose de sujeto y objeto respectivamente si se insiste en separar, cosificando y fetichizando aquello que aparece gracias al juego de la representación.

Si preguntásemos cuánto dura el ahora, o cuales son sus condiciones de posibilidad, se evidencia que el ahora como tal dura lo que tenga que durar, es decir, que el durar del ahora está en relación necesaria con respecto a lo posibilitado por el despliegue de sentido que se funda por y en el ahora alextenderse éste como mundo cuanto sea necesario, con relación al para qué de la representación. Por ello, cuando el ahora deja de ser ahora ya antes aconteció otra enunciación del ahora.[16]

Ahora bien, cómo acontece la dotación de sentido por parte del representar que funda el ahora, así como su pertinencia, es una cuestión que tenemos que abortar retornando a la manera historiográfica desde la filosófica. Para observar tal fenómeno y poder comprender el cómo del representar y dotar de sentido histórico a la proposición del crack de la representación, es necesario reconstruir el campo enunciativo donde el ahora en tanto época – proyecto de la cultura occidental; o como quiera o pueda llamársele –, se quebró al destruirse los varemos que orientaban la comprensión práctica o histórica del mundo y el despliegue de éste mediante el juego de la representación.[17]

Por ello, después de dar cuenta de los límites a los que el pensar representacional decimonónico en el concepto de “Vida” llega con Darwin y su teoría evolutiva de las especies, así como con Nietzsche y su metafísica de la voluntad de poder, tomaremos como primer ejemplo del crack de la representación la cuestión de la narración, pues en ella opera una transformación de este crack en una nueva realidad.





C.- El crack de la representación.



El ser narrador no debe ser confundido con el ser del individuo fáctico llamado Fiodor Dostoyevsky, Marcel Proust o James Joyce. El ser narrador como subjetividad es aquel que forma una tríada en tanto ser-narrador con el efectivo narrar y lo narrado por el narrar, tríada que muy bien puede perseguirse en la tríada del ser-narrador, el ser-protagonista y el ser-autor. La posición, el valor y el papel del ser-narrador está estrechamente vinculado a los otros dos elementos constituyentes del fenómeno narración, de entre los cuales esta investigación postula al efectivo narrar como primer término fundante del valor del ser-narrador por un lado y del ser-narrado por el otro. La descripción del proceso histórico total que de cuenta de las transformaciones operadas entre el acto del narrar, del narrador y de lo narrado a lo largo de mas de 2,500 años es un proyecto al por el momento hemos de claudicar al ser un estudio mucho más complejo, ya que el ser literatura de la literatura no se agota, ni siquiera comienza, en el momento de ser narrada, sino en el efectivo ser leído o escuchado que aconteciendo sobre lo narrado, le otorga el ser a la narración transformando al texto en mundo. Dichos aspectos para abordarse requieren de abismar continuamente los resultados hermenéuticos, lo cual no quiere decir sino que la obra, sea poesía, literatura, arte, pintura o cualquiera que ésta sea, antes incluso de ser un hecho histórico es un acontecimiento histórico al que cabe interrogar por sus coordenadas temporales, es decir desde cuándo y hasta cuándo deja de acontecer.

Añorando esta lejana Íthaca, y de lleno enfrentados a los cantos de las sirenas, en términos de investigación histórica la individualidad fáctica de Fiodor Dostoyevsky, Marcel Proust o James Joyce es susceptible de ser captada e interpretada si nos interesase – como de hecho lo es pero en términos no biográficos, sino de realización de la obra, es decir, interpretación hermenéutica de las prácticas poéticas–, desde el horizonte que constituye el ser-narrador como vértice del fenómeno narración. Dicho vértice, fenoménica y fenomenológicamente, requiere una contraesquina para acontecer efectivamente, pues como tal no existe ser-narrador, ni la efectiva acción del narrar, sin suceder a la par el acto de leer o escuchar. Es decir, que en la relación entre un dispositivo de representación que sirva para narrar y algo más susceptible de ser-narrado, el acontecer de un claro opera cuando el autor de estas líneas leyó, como cualquier otro puede leer del modo que le plazca, las obras que se analizaron en esta investigación. Siendo dicha relación de correlato como tal el pensar.

En el medio de la totalidad del acontecimiento poético, acontecen muchísimas más lecturas, que allende precedentes e incluso posibilitadoras e intermediarias de las que el autor de estas líneas realizó –la del autor con su obra, la del editor original, la de su traductor, la de su editor en la lengua extranjera, etc, etc.– tendrán que ser obviadas, pues tampoco se trata de captar la totalidad de una poética como de hecho intento el bueno de Jean-Paul Sartre con Gustav Flaubert y las más de tres mil páginas –por si fuera poco, incompletas–, de El idiota de la familia.

Para comenzar a abrir el vértice presupuesto a nuestra lectura, es indispensable que nuestra investigación se pregunte cómo ocurre el ser narrado de lo narrado. Con ello, el análisis desde lo narrado y su ser narrado, debe interrogar y en oposición a nuestra lectura, por el cómo emerge el ser narrable de lo narrado, es decir, cómo es historiable lo que se somete como tal. Así nos topamos con las figuras del extrañamiento, pues lo que no se entiende inmediatamente de cotidiano, aquello que requiere ser mediatizado debido a su opacidad, a la falta de claridad y referencia a los lugares comunes, es lo que se pone por excelencia como objeto intencional, lo narrable al narrar de la narración.

A su vez, pese a ser lo extraño lo que nos motiva a leer para proponer el crack de la representación y la emergencia de nuevas realidades de manos del modernismo y sus nuevas representaciones, no debemos suponer así como así que lo claro o lo normal no sea o deje de ser digno de ser narrable, pues por ejemplo y como acontece en mucha de la narrativa del tránsito del siglo XIX al XX denominada como costumbrista –de donde requerimos antes que nada deslindarnos del ismo–, los temas y sus tratamientos son lo más cotidiano, de hecho la cotidianeidad misma.[18]

La narración como práctica por otro lado, ya siempre se juega dentro de un ámbito de definición, y en conjunto, constituye parte estructural del ámbito de posibilidad categoríal sea la narración científica, artística o inclusive, la cotidianeidad misma. Tal enfoque nos conduce a varios problemas, entre ellos y tal vez los más importantes, al problema de la significación y el problema de su necesario estudio histórico en tanto procesos ocurrentes de significación.

De facto desentendemos que la significación es un proceso histórico-efectuál donde se involucran procesos formales que sólo en apariencia son atemporales o metahistóricos, cuando las formas son herramientas que poseen un ámbito de posibilidad categorial. Para captar su esencia es fundamental no solo observar, describir y clasificar los tipos de casos en que ocurre la forma A, la forma B, la forma C o la forma N, pues antes bien, son el comprender y el interpretar –que ya ocurren en la escritura misma– los que hacen a las formas ser formas.[19] Si es tanta e inevitable la obsesión por fijarse en las formas, el cómo y el para qué de las formas en su existencia habría de ser el horizonte desde el cual tienen que ser interpretadas,. pues ellas antes que nada, son modos con los cuales se efectúa el evento significador. Ellas, impresas sobre un acontecimiento significativo, llevan a éste último a la significación, es decir, al proceso siempre histórico de asignación, comprensión, interpretación y explicación del sentido.

Así plateada la cuestión, el acaecimiento de una forma, es decir la formación o incluso, la transformación de algo como algo y de alguien como alguien, parte del evento significador que siempre es concurrente con la cuestión de la técnica. Forma y técnica constituyen un solo proceso, que como tal y en tanto se persiga la esencial dimensión histórica del fenómeno de la representación, no deben ser despreciados o separados impunemente. Como par, forma y técnica, constituyen la formación o transformación del mundo desplegado por la representación. Con esto, tampoco puede olvidarse que la forma y la utilización de ella en tanto técnica como elemento del evento significante, operan ya siempre sobre algo más, que junto al polo que es el acontecer significativo –el cual requiere significado para ser acontecimiento–, acontecen como tríada inseparable, junto al material sobre el cual se forma algo mediante el empleo de una técnica. Siendo justo aquí, en la cuestión del empleo, donde acontece originalmente la poiesis, es decir, la producción.

El empleo de la narración en tanto narración se llama lectura, y es por ello que la lectura también es poiesis, en tanto el consumo clausura y reinicia en tanto antítesis, la producción. El porqué el consumo es producción radica en que en el consumo de narrativa, se produce el ser-lector del lector, cuando incluso ya antes el narrador al emplear una técnica, utiliza y por tanto consume unas formas en el hacer de su técnica sobre algún material.

Disculpándosenos la regresión al ejemplo del vaso de café, el “vaso de café” es una herramienta que habilita una práctica efectiva, es decir, un uso puntual con el objeto ahí puesto por una circunstancia procesual específica, que en este caso es la de ser-ejemplo a una cuestión de teoría pragmática. El material de esta “forma lingüística” es la susodicha expresión “vaso de café”. El no tomar en cuenta el ser de la forma, su temporalidad, constituye el motivo fundamental de la insuficiencia de todo análisis que tome las formas o los contenidos de las formas como aquello que se busca comprender, y se pretenda pese a ello, dar cuenta del fenómeno de la imaginación o de la emergencia de la conciencia histórica, pues cuando el análisis cree llegar a la verdad de una “estructura ideal-típica de la ‘obra histórica’”[20] que sirva para clasificar toda representación en potencia, sólo arriba al donde o sobre lo cual opera la primera y sólo la primera parte de la conformación de sentidos, entre los que efectivamente cabe concebir a la conciencia histórica. Manteniéndose pese a su acercamiento, a las puertas del la comprensión del acontecer del ahí del Dasein, ignorando por tanto la temporalización y permaneciendo nada más en el supuesto “orden temporal en que ocurren” –lo cronológico– los acontecimientos.

Sin embargo, tal poder concedido a la forma no es lo más lo más grave. En el paso de lo anterior, se continua y se fortalece de hecho la opinión de que la potestad de asignación de sentido al evento significativo le pertenece a un agente individual, que gozando de no sabemos qué poder especial, dispone de las formas para mediar y elaborar la representación del supuesto “registro histórico sin pulir”. Tal opinión desprecia de fondo el carácter social de lapoiesis,[21] pues de facto se descarta que la supuesta “estructura profunda de la imaginación histórica” por más teórica o especializada que sea, no puede sino estar anclada en esos mismos presupuestos registros sin pulir, sin formar.

La poesía, como la belleza y el amor, no son fenómenos extraordinarios al que sólo uno cuantos pueden acceder. Que tristemente así ocurra la mayor parte del tiempo encuentra su causa no en el carácter extraordinario, sorprendente, mínimo o exquisito de aquello que sólo es un criterio estético, sino justo en la valorización del fenómeno estético por tal criterio, criterio que busca además cerrar las puertas a la vocación creativa. Nosotros buscamos laapertura, y por ello lo que llamamos mundo no es nunca un registro sin pulir. Contrario a esto, mundo es el ámbito gestado-gestivo-gestor que la poiesisya siempre está poetizando.

Lo que se busca someter a comprensión e interpretación para poder explicar un problema no es la forma o el contenido como tal de una representación sino el empleo efectivo de la forma y del contenido en tanto ambos abarcan; a pesar de que los conceptos no rindan, al representar y el ser representado de la representación. El empleo tanto de uno como de otro en la siempre ocurrente representación, no está determinado solamente por el uso ideológico del artista, el poeta, el orfebre o en general, el productor de algo, sino en el uso efectivo de lo producido por el producir.

Lo que nos interesa es el sentido de la representación, es decir el mundo desplegante y desplegado que concurre en el representar. Un estudio histórico del uso efectivo de algo, de las prácticas históricas del representar, debe aceptar que lo estudiado es un plano trascendente a eso metahistórico que se suele estudiar en tanto modos de la trama. El enfoque metahistórico sólo logra confundir y colocar una vez más a lo histórico-existente como mera proyección de formas ideales-perfectas que la metafísica tradicional de Occidente tanto se ha empeñado en sostener. Peor resulta el conducir tales análisis a la descripción de un plano trascendental que se suele denominar “conciencia histórica” entendiendo con ello la historicidad fundamental desde su producto final, atribuyéndole al consumo de la historia–deseo de experiencias–, el papel de motor de la historicidad.[22] El único plano trascendental que aquí tratamos de abordar, comprender e interpretar no es otra cosa que lo más allá a la representación, más no por ello antitético u opuesto como esperamos podrá observarse en lo expuesto hasta aquí, es decir, el mundo.

Las formas, las técnicas y los materiales sólo son un pretexto para estudiar aquello que realiza el lenguaje, sentido. Para entender tal cuestión es fundamental arriesgar una proposición que sonara bastante extraña de principio pues el concepto principal empleado en ella, aun no alcanza tratamiento en esta exposición. Aun así, el principio para expresar el estudio del sentido que realiza la representación se expresa diciendo que la poesía nunca parte de la nada, y sin embargo siempre parte hacia ella. Tal proposición se complementa si se puede explicar que lo que hace a la poesía ser-poesía no es otra cosa que la lectura de ella, es decir, el ser-leída que siempre como advenir –futuro– está, en tanto tal, ausente en el presentarse de la representación al representarse.

No se confunda, insistimos en ello, el posible ser-leída de la poesía con un supuesto acto en potencia, frente al acto necesario del estar ahí del texto. El estar ahí que sucede en la poesía, sucede como proceso significativo-significante entre dos ámbitos incomunicados cronológicamente de principio, que sin embargo se encuentran ya hermanados por algo fundante-fundamental, el acontecimiento temporalizador indisociable que es la escritura-lectura.

Esto implica, de principio y por escandaloso que parezca, el que no existen los libros o las novelas o las obras historiográficas. De hecho, cualquiera de estos tres conceptos ya son de suyo formas abstractas-ideales del acontecer escritura-lectura actuante. Los géneros literarios son por ello mismo sólo formulaciones abstractas/abstractivas del ser-poesía de la poesía. Cuando se sostiene una novela entre las manos y se fija la mirada en ella durante el acto de la lectura, no acontece una novela, sino aquello titulado como Moby Dick, Los detectives salvajes, o Fluyan mis lágrimas dijo el policía, y que como tal, despliegan un mundo latente y por ello mismo vivo entre sus páginas. La obra antes que nada es un obrar, antes de ser una cosa o un hecho, es un acontecimiento.

Los temas de la técnicas, las formas y los materiales de la representación siempre tendrán un papel colateral y secundario, ya que son meros soportes del acontecimiento fundamental de aquello que pone el juego de la representación, el mundo, o si se prefiere “la realidad” abrigada por la representación. En última instancia, la realidad es lo que separa a dos representaciones, e inclusive a la misma representación en dos momentos estructurales, en tanto por ejemplo, una novela es-escrita para luego, al ser-leída, ser vuelta a representar, ganándose en ello un ahí para el ser-ahí.[23]

Eso que siempre falta en la representación, el hacia dónde parte ella, es el horizonte escatológico de la relación contenido-forma, y esto es como tal lo que de común llamamos realidad. El resultado de la representación –las cosas últimas contenidas en ella–, no es más que lo real de ella, su efecto. Por ello, lo que vemos cuando vemos, es decir, lo empírico, es siempre ya visto desde el ámbito de posibilidad categorial que es lo jugado por el juego de la representación y se actualiza siempre en el uso efectivo de una cosa ahí situada.[24] Tal consideración llevada al ámbito de las ciencias, implica que todo análisis conlleva siempre la pertenencia a un ámbito de posibilidad categorial conformado históricamente y por tanto, precedente.[25]

Aquí llegamos propiamente al objeto de estudio de la presente investigación, pues aun no se responde cómo se forma y transforma el ámbito de posibilidad categorial – eufemismo para abordar el de dónde y hacia dónde parte y abre la representación –, pues es esencial observar cómo se mueve y cómo se producen las innovaciones dentro de él. De principio es fundamental preguntar qué tipo de objeto es.

Una innovación en el campo de posibilidad categorial nunca es producto de un solo individuo o siquiera de un grupo. La transformación del ámbito de posibilidad categorial tampoco acontece de súbito en una especie de mutación metafísica. Por el contrario, la transformación del ámbito de posibilidad categorial acontece en el proceso mismo en el cual una cultura busca[26] nuevos herramientas y nuevos usos de aquellas ya disponibles. La pregunta en todo caso es ¿cuándo se procede a la creatividad, a la búsqueda de nuevas formas expresivas, de nuevos modos de lectura de la “realidad”? ¿qué herramientas y cómo se utilizan? es decir ¿cómo es posible la imaginación?

Para comprender dispóngase de nuevo de una imagen, pero ya no más vasos de café. Imagínese que es el ámbito de posibilidad categorial un terreno. Para emplearlo hay que desbrozarlo, nivelarlo, e incluso purificarlo mediante algún uso ritual que sacralicé y bendiga el terreno, pues dicho terreno quiere y requiere ser empleado para algo más, sea una casa, un hospital, un centro comercial, una escuela o un parque. ¿Cuáles son las herramientas que se emplean, cómo se emplean en dicho proceso y quiénes terminan siendo los artífices de ese algo en que se busca transformar el terreno desde que se dice “hagámoslo aquí”, se coloca la primera piedra y se corta el listón que inaugura una época señalando de antemano una ruptura? Nótese que lo que nos mueve y nos vuelca a investigar de esta manera es tal proceso productivo y no así el resultado efectivo de la producción. De hecho, la investigación presente pretende ser un resultado efectivo del proceso productivo mismo que investiga.

Las herramientas constituyen la presencia fáctica de aquello que llamamos cultura, sin saber bien a bien que es lo que mentamos como tal. El concepto ámbito de posibilidad categorial busca definir no sólo al fenómeno mundo, sino la mundanización de él en tanto formas y prácticas culturales. Éstas parcelas, huertas o sementeras del existir son las que conforman el ahí donde ocurre el existir humano, gestándose, creándose y reproduciéndose la cultura y el mundo.

El uso de estas metáforas conlleva riesgos inevitables los cuales se aceptan siempre y cuando se descarte categóricamente que el ámbito de posibilidad categorial sea algo físico, algo material. La cultura misma no es algo, ella misma no es el producto del producir, sino el proceso del producir algo. Ella es el plexo de relaciones y prácticas culturales, que aun cuando suene tautológico, conforman un mundo de todos y ninguno. El ámbito de posibilidad categorial como objeto de la investigación es propiamente el trasmundo donde se hace posible aparezca tanto lo que aparece como el ahí donde aparece. Si se prefiere ver así, el ámbito de posibilidad categorial no sólo es un eufemismo para el fenómeno mundo o para la cultura del mundo, sino que es un eufemismo para estudiar la metafísica de una cultura. Por ello, el ámbito de posibilidad categorial, a pesar de no ser algo, es aquello que habilita la aparición de todo algo. Aparición es siempre significación con sentido del algo emergente en la representación, y esto es lo que significa el concepto fenomenológico de fenómeno. El sentido ocurre en el consumo de la representación, o si se prefiere, en la recepción. Así, el ámbito tiene una facticidad que se factualiza de cierto modo en un género específico de práctica cultural, que al caso de esta investigación, se trata de ciertos géneros de prácticas representacionales que involucran literatura, pintura, filosofía, física teórica, teoría biológica y teoría psicoanalítica.

Deslindando y puntualizando conceptos, “episteme”, “espacio de la representación” o “campo enunciativo” con sus salvedades y diferencias, son conceptos que describen al lugar “físico” que hace posible la relación efectiva de denominación de algo, es decir, la representación, el lugar donde aparecen los fenómenos.

La diferencia entre el espacio de la representación y la representación es la misma que existe entre el terreno y el algo arquitectónico producido y ocupando el terreno. En ello, no debe escapar de vista que sucesivamente, el algo arquitectónico producido en el terreno, puede sucesivamente tornarse en un nuevo terrero dispuesto para la producción, siendo por ejemplo sus paredes para ser decoradas o incluso para colgar pinturas en el caso de una galería o un museo. El ser-construido, el ser-habitado o el ser-espectador de lo producido constituyen propiamente aquello que cabe nombrar como fenómeno, pues repitiendo, el fenómeno es como tal la aparición del ser de algo. Una pintura es una representación, pero también lo son una teoría científica, un teorema, un tratado filosófico y toda actividad práctica en que las personas utilicen formas, técnicas y materiales para referirse a algo que no está forzosamente presente, cuestión por la cual es re-presentación la representación.

Después de explicar al ahí del ser-ahí, es indispensable explicar cómo se esencia o acontece el ser del ser-ahí. El ser es en lo representado, es el retrotraimiento o la anticipación del ahí existente reinaugurado por la representación. Esta reinauguración del ahí existente es como tal el ahora al ser fundado en tanto re-presentado en el representar. Pero el ahora re-representado, al ser retrotaimiento, debe provenir de algún lado, y esto no es otro más que el advenir de la representación, que como posibilidad ya presupuesta – recuérdese la lectura– es lo que finalmente permite que al ser advenido por sobre lo retrotraido, acontezca con un presente con sus presencias. Así, de súbito, uno se encuentra en la presencia de una obra pictórica al entrar a una galería, o se encuentra también uno en el presente del ahora, cuando fastidiado por las clases o esta lectura, mira el reloj y dice “¡Puta, cuánto falta, falta mucho!”, extendiéndose así el presente ante la expectación de aquel que desespera por lo que viene ocurriendo.

Sólo por ello es el presente lo definible, y la definición misma de todo aquello que es simultáneo al definir y a lo definido por el definir. La relación de la acción definir, el ser-definido del algo, junto con la definición del algo, es por tanto la fundación y refundación del sentido.

Por ello, en tanto estructuras del sentido, el presente se extiende hasta donde sea posible ser extendido, hasta donde lo fundamental sigua conservando el fundamento y no caiga en lo infundado, en lo absurdo. Las estructuras del sentido imponen una frontera que rodea al ser frente a la nada. Por tanto, el ámbito de lo fundamental es el resultado de la relación de significación donde se utilizan formas y técnicas que son a su vez el resultado de relaciones de significación precedentes. Pero no debe confundirse el proceso de pertinencia de las relaciones de significación con un proceso lineal y cronológico – sistema causal aristotélico– como esperamos se pueda inferir de la especificidades del retrotraimiento, del advenir sobre este y del presentarse la representación. Si se quisiera ver gráficamente tal proceso, constituiría antes bien un eterno retorno de lo mismo en tanto la efectividad de las prácticas y el proceso de las mismas generan nuevas formas y nuevas técnicas que se convierten oscilantemente en prácticas efectivas y procesos de significación. Pero aun con esto, se pide encarecidamente no se busque representar geométricamente tal hecho mediante un circulo u espiral, pues las posibilidades categoriales del espacio de la representación de la geometría euclidiana no satisfacirán nunca las exigencias que siquiera la expresión eterno retorno de lo mismo logra capturar. No es para nada gratuito que contemporáneo al desarrollo del núcleo filosófico que nutre a nuestra investigación, se hayan generado las primeras geometrías no-euclidianas, como de hecho lo son la teoría de la relatividad general y especial de Einstein o la teoría del campo unificado del propio Enstein y Podolsky.[27] La temporalidad no se puede graficar porque de facto toda graficación es posibilita desde un ámbito categorial específico que llamamos de común geometría euclidiana.

Nuestro entendimiento, nuestro pensar, no se ha transformado aun lo suficiente como para concebir de un modo “natural” las figuras topológicas de las geometrías no-euclidianas. En este mismo sentido, cabe preguntar y reflexionar por la extrañeza y perplejidad que producen y durante décadas aun producirán las metáforas bizarramente vivas para entender fenómenos tales como la curvatura del espacio, los saltos cuánticos o los famosos hoyos negros, frente a metáforas tan bellas pero tan muertas como la de una manzana podrida que cae desde el árbol al suelo por efecto de su propio peso – o hedor.



* * *

Es finalmente, en problemas propios de la historia de las ideas, donde se finca esta investigación. El cómo es posible pensar no puede seguir siendo pensado en tanto cuestión desde el naturalismo, el evolucionismo, el materialismo, el marxismo, el historicismo, el existencialismo o cualquier ismo que afortunadamente van siendo menos cada vez –y más ridículos y por ello más descartables prontamente, más no así sus efectos devastadores, lamentablemente. El cómo es posible el pensar necesita ser comprendido de principio desde el para qué preguntar tal cuestión, a la par que debe interrogarse por cómo se puede formular dicha cuestión. En las consideraciones precedentes, es el responder cómo se puede representar un problema y cómo aparece algo en tanto problema a un ámbito práctico determinado, lo que nos da la pauta para imaginar nuevas disciplinas historiográficas, nuevos modos de imaginar y representar lo temporal y no así al tiempo. Pero para imaginar nuevos mundos posibles, nuevas realidades, nuevos futuros, para tener de nuevo esperanzas, es también necesario e indispensable hacer teoría. Si preguntamos para qué se puede pensar, el qué y el cómo del pensar deben ser contemplados y dirigidos como elementos esenciales, que sin dejar de formar parte de fenómenos existentes, aparecerán en un futuro no muy distante y justo en relación de la relación misma que logremos esbozar. Como siempre, en esto la poesía será nuestra mejor amiga.

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1.1- Más allá del vitalismo: El pensar de la vida de Charles Darwin y Friedrich Nietzsche

Capítulo I La cuestión de la vida y la muerte de Dios

1.1- Más allá del vitalismo: El pensar de la vida de Charles Darwin y Friedrich Nietzsche


Donde hallé lo viviente, hallé voluntad de poder; y aun en la voluntad del sirviente hallé la voluntad de ser dueño
Friedrich Nietzsche, Así habló Zarathustra.



English:
English: "A Venerable Orang-outang", a caricature of Charles Darwin as an ape published in The Hornet, a satirical magazine Deutsch: Man sieht Darwin als Affen dargestellt, was eine Anspielung auf seine Evolutionstheorie sein soll. Seiner Meinung nach entwickelten sich die Menschen aus den Affen, was damals eine völlig neue Vorstellung war. (Photo credit: Wikipedia)

Para rendir homenaje a un pensador, el único acercamiento digno es aquél que toma al pensar no desde las sentencias particular
es como tal, sino que intentando pensar el pensamiento, busca tomar las sentencias en serio, es decir, en dirección hacía su tratamiento de lo esencial. Si atendemos a esto, lo esencial es finalmente lo importante, lo que interesa, incluso lo que llama y exige ser pensado, por ello, lo esencial no es sino el tiempo. La temporalidad del propio acontecer de lo dicho en una sentencia. Cómo el título anuncia, esto pretende ser una confrontación entre dos pensadores, Darwin y Nietzsche –meditación que debe abrir el claro desde donde tendrá sentido el resto de esta investigación. En esta confrontación, y en consonancia al problema estructural que la presente investigación plantea, nos preguntamos cómo fue posible pensar la teoría de la evolución o la metafísica de la voluntad, cuestión que depende en última instancia de dos aspectos, cuáles fueron los herramientas empleadas en tales pensares, y bajó que método o técnica se emplearon estás, es decir, qué mundo[28] hizo posible la producción de la teoría de la evolución de las especies así como la metafísica de la voluntad de poder. Partimos de que ambos pensares fueron desde el principio pensados al interior de proyectos nacionales que buscaban imponerse los unos sobre los otros en la carrera por el continente africano y el suroeste asiático, esto a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Tal proposición no conlleva de ninguna manera una posible alusión a que la producción intelectual de Charles Darwin o de Friedrich Nietzsche fueran como tal, productos ideológicos elaborados con un fin político nacionalista específico. Sin embargo, en un posible estudio sobre la efectivamente acaecida recepción de tales trabajos, la cuestión que pretendemos abordar en esta sección no podría ser simplemente obviada. Por el momento nuestro análisis busca comprender el surgimiento y la representación de algunas cuestiones problemáticas al ámbito de lo común del imaginar, del comprender y del explicar en el mundo decimonónico por parte de sus contemporáneos. Nos inclinamos a pensar que de la comprensión histórica de estas cuestiones depende en última instancia la explicación del cómo se produce una divulgación –vulgarización– del pensar especializado, ya sea científico, filosófico o artístico en el tránsito del siglo XIX al XX.[29]

Entre una nota extraída de El origen de las especies de Charles Darwin y el inicio del aforismo 58 de La gaya ciencia de Friedrich Nietzsche, titulado “¡Sólo en cuanto creadores!” cabe iniciar una aproximación arqueológica que intente nombrar el horizonte común que habilitó el pensar de ambos. La nota de Darwin, que extraemos del segundo capítulo de la obra en cuestión, titulado “La variación en la naturaleza” reza como sigue:

A veces, los autores razonan en un círculo vicioso cuando afirman que los órganos importantes no varían nunca; pues, como han confesado honradamente algunos naturalistas, estos mismos autores clasifican prácticamente como importantes aquellas partes que no varían, y, desde este punto de vista, jamás se hallará ningún ejemplo de una parte importante que varíe; pero desde cualquier otro punto de vista, seguramente se pueden presentar muchos ejemplos.[30]

Por otro lado, el aforismo 58 de La gaya ciencia de Nietzsche inicia así:

¡Sólo en cuanto creadores!.- Hay algo que me cuesta y que no deja de costarme siempre los mayores esfuerzos: comprender que es muchísimo más importante saber cómo se llaman las cosas que lo que son. La creencia en la reputación, el nombre, la apariencia, el valor, el peso y la medida habituales de una cosa – que en principio fueron algo erróneo y arbitrario que cubrió a la cosa como un revestimiento totalmente extraño a su naturaleza e incluso a su epidermis– , la creencia en todo eso, digo, transmitida de generación en generación, se fue convirtiendo en el cuerpo de esa cosa en solidaridad de algún modo con su crecimiento más íntimo: ¡la apariencia primitiva acaba siempre convirtiéndose en la esencia y actuando como tal! ¡Qué locura supone pretender que bastaría denunciar ese origen, ese velo nebuloso de la ilusión para aniquilar ese mundo que consideramos esencial y al que llamamos “realidad”! ¡Sólo podemos aniquilar siendo creadores! – Pero no olvidemos tampoco esto: que basta crear nuevos nombres, nuevas valoraciones y verosimilitudes para crear a la larga “cosas” nuevas [31]


Si bien a ambos planteos cabría leerlos desde aquello que tan impunemente llamamos vitalismo, el rendir homenaje a uno como a otro autor debe abandonar tal horizonte como también cualquier otro ismo, pues pensar lo esencial implica tener la imprudencia y el coraje de dar un salto en dirección a la cuestión del ser.

Para iniciar con Darwin, es prudente señalar que en las ediciones más recientes a El origen de las especies se tiende a omitir que ésta obra posee un título más largo, El origen de las especies por medio de la selección natural o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida. Con tal título, no haría falta saber nada más sobre dicha obra en tanto se pueda entender que la selección natural es la que origina a las especies, y que la proposición “origen de las especies por medio de la selección natural” es una formulación equivalente a la de “conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida”. Sin embargo, tal evaluación tendría antes que preguntar qué es “especie” y si tal concepto junto al objeto que señala, es como tal equivalente al de “raza”, allende de preguntar para complementar el estudio hermenéutico, qué señala y cómo lo señala el concepto “selección natural”, ya que “selección natural” en tanto evento original de las especies, es como tal la esencia de la vida[32]. Esto mismo se deja ver en que el mecanismo descrito por Darwin para comprender la selección natural se denomina “lucha por la vida”, fórmula que señala el propio vivir de la vida. Por ello y a pesar de parecer tautológico y contrario al propio círculo vicioso del pensar denunciado por Darwin, el fenómeno “vida” acontece en y mediante la “lucha por la vida”, definición que por demás es formalmente la misma expuesta por Hegel en la Fenomenología del espíritu de 1807, a saber, que la vida es “ el todo que se desarrolla, disuelve su desarrollo y se mantiene simplemente en este movimiento”.[33]

Pero este mismo principio, la vida como el todo a la par de lo originario del todo y por tanto motor de ella misma, también en la filosofía de Nietzsche tiene un papel fundamental, pues incluso los conceptos “vida” “devenir” o “voluntad de poder” son términos equivalentes. Dice Nietzsche en Así hablo Zarathustra sobre la vida y su esencia: “Este secreto me ha develado la vida: ‘Mira – me vino a decir –, yo soy lo que siempre debe superarse a sí mismo.”[34] Adelantándonos un poco en el análisis, Nietzsche continúa este mismo pasaje en una alusión y oposición a los principios explicativos derivados del darwinismo:

Vosotros llamáis a eso voluntad de engendrar, o instinto de los fines, de algo más alto, más alejado, más diverso: pero todo eso es una sola y la misma realidad, un único misterio.

Prefiero hundirme en mi ocaso y renunciar a esa única cosa; en verdad, donde haya ocaso y otoño, allí la vida se inmola a sí misma – ¡por el poder!

¡Yo tengo que ser combate y devenir, y finalidad, y contradicción de los fines! ¡Ay, quien comprenda mi voluntad comprenderá también las sendas tortuosas por las que tengo que caminar![35]

Claro que aquí comienza a percibirse una diferencia estructural que para poder comprender y señalarse requiere aun de una inmersión mayor a las proposiciones de ambos autores. Pero antes de continuar se impone la necesidad de resaltar los problemas que entre la ciencia de la biología y la gaya ciencia resaltan en relación a esta investigación.

Como última puntualización antes de proseguir y aun cuando no sea propiamente nuestro tema, cabe plantear que detrás del vitalismo se esconde una colonización intelectual y cultural –una voluntad de poder–, dentro de la cual ambos autores se transformaron en rehenes de sus propias naciones, sin ser ellos mismos voceros y sus obras panfletos del afán imperialista. –Tal cuestión es importante pues permitirá apuntalar una dirección del horizonte histórico-cultural que permitirá dar una posible explicación a un problema de la historia intelectual, a saber, la preocupación del modernismo por el tiempo y la clausura de tal problema en sustitución de la cuestión del espacio, que estará por demás decirlo en este momento, pero forman entre ambas cuestiones un solo problema.

Esto implica que detrás de la gesta de Occidente por el conocimiento y el dominio de la naturaleza en tanto técnica y verdad, se esconden motivos y prácticas políticas de primer orden, prácticas además de las que por no querer ser ingenuo –lo que no implica el efectivo no serlo– no se pretende argumentar que haya o quepa sacar de la ciencia y el conocimiento. Por el contrario, pretendemos señalar algunas de estas políticas “fundadas” en la divulgación – eufemismo de vulgarización – ideológica de obras como El origen de las especies o La voluntad de poder y Así habló Zarathustra..

Las categorías y conceptos darwinianos, si bien hicieron aprensibles epistemológicamente a la ciencia biológica fenómenos como el origen y el devenir de las especies, no debe pasarse por alto que al tiempo son las miasmas que se encuentran predispuestas a la función política de la institución científica decimonónica. El evidenciar una serie de fenómenos disponiéndolos como la entidad del ente vida y no como el ser del vivir, es decir, el ser-viviente de aquello que está-ahí, oculta un consumir determinado de esa “cosa”. Incluso ya el concepto “vida”, al disponer del vivir como si fuera algo en posesión del ser-vivo; y sólo por ello susceptible de ser apropiado, coloca al ser del ser-vivo a la disposición del manejo político y económico de aquél que logre denominar a un ente con tal o cual nombre. Ojo, por que la denominación de la disposición es un acto público, un evento significante que otorga sentido al fundar el algo de eso, es decir ¿quién leyó, para quién eran útiles las teorías evolucionistas? ¿Cómo se hicieron útiles? Responder al “para qué se hicieron útiles esas especies” da la pauta para responder también la cuestión de para qué se hizo útil la teoría evolucionista. Allende se encuentra la pregunta por el cómo la vida se tornó problemática.

Con lo anterior no se pretende decir que Darwin fuera un conquistador o un colonizador, pero sí se trata de evidenciar esa oscura e ingenua objetividad que suele privar en gran parte de los acercamientos a de la historia científica.

Para poder dar una respuesta al problema del devenir de la vida y la necesidad de entenderlo en la institución científica británica, debe antes preguntarse cómo emergieron ambos problemas. En el indagar cómo la vida se volvió problemática no debe perderse de vista que ambas cuestiones, el devenir de la vida y la necesidad de entenderlo, no son disociables a la propuesta darwiniana de la lucha por la existencia de los más aptos. Ella es justo la respuesta al problema en cuestión. Por tanto cabe preguntar ¿qué es la lucha por la existencia dentro de El origen de las especies?

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domingo, 8 de julio de 2012

1.2.- La ciencia biológica de Darwin en El origen de las especies.

Charles Darwin as a young man, probably subseq...
Charles Darwin as a young man, probably subsequent to the Galápagos visit (Photo credit: Wikipedia)

Del responder qué es la ciencia biológica de Darwin en el Origen de las especies pende el responder por el papel de la figura “lucha por la existencia” en tanto dispositivo de la representación [quantum] al entendimiento en sí de lo mentado por "origen de las especies".  Y es que no puede pasarse por alto que el tema de todo el tratado de Darwin es el de la producción de la vida, o en otras palabras la creación de ella. Como tal, el problema de la vida presentaba dos aristas.

La primera, en el plano explicativo, pues para comprender el fenómeno del existir de algo se encontraban dispuestos tres posibles ámbitos de artífice o causa última para toda cosa creada, Dios, la Naturaleza y el Hombre. Este primer problema señalado por Darwin, apuntaba directamente al trasfondo ontológico-metafísico que servía [-servidumbre y dispositivo-] de causalidad trascendente para comprender el fenómeno de la creación, o en otras palabras y usando nuestros conceptos, la posible adjudicación a tres artífices señala la superposición enunciativa en el ámbito de posibilidad categorial, inminencia que tornó problemático la adjudicación del papel de agente productor a una sustancia causante [-el problema de la identidad del motor-].[36] Es aquí y de esta forma como el concepto decimonónico de vida emerge - volviendo sólo en sí de tal emergencia, problemático.

Ya un ejemplo se encuentra de modo claro al final del Bosquejo histórico anexado a la segunda edición de el Origen de las especies, donde Darwin refiriendo la obra del reverendo Baden Powell, Essays onthe Unity of Worlds de 1855, señala que

“No hay nada más extraordinario que la forma en que demuestra que la introducción de nuevas especies ‘es un fenómeno regular, no casual’, o, como lo expresa sir John Herschel, ‘un proceso natural, en contraposición a uno milagroso’”.[37] 

Para Darwin resultó extraordinaria la declaración del reverendo Powell en tanto éste, hombre de Iglesia, aceptase frente al Génesis  -y su postulado relativo a la creación del mundo a un solo momento - la aparición de nuevas especies, es decir, momentos diferidos de creación. 

En segundo lugar la comprensión de Darwin, Powell o Herschel a esta aparición como un acontecimiento regular y no casual, o natural y no milagroso, ya permite atender qué sentido puede manifestar la figura de la selección natural. Si está es principio oculto, ley secreta que gobierna el origen de las especies, tal acontecimiento no respondería al azar, la casualidad o a la contingencia. Al contrario, la aparición de nuevas especies poseía en el pensar darwiniano toda una razón de ser. Libertad. Tras la corrección de su aprehensión cognitiva dicha razón crítica a la atención lógica del fenómeno especie, la especie misma sería en última instancia de sí aparición y correlato interno de variabilidad, permitiendo de ello la cabal descripción móvil-temporal del fenómeno de vida, que sólo vendría a quedar fija de su esencia, es decir, al curso de sí de su origen, evolución.

Completando con ello el saber de la ciencia biológica.


La segunda arista apunta en dirección a la cuestión del método clasificatorio correlativo que en aceptación o amparo de un ámbito de posibilidad categorial, habilitaba al sujeto naturalista a realizar una tabla de clasificación de las especies. Tal cuestión estribaba en la variedad de criterios para diferenciar especies de subespecies, adjudicarle a las primeras el carácter de especie verdadera frente a la cuestión de las razas y las monstruosidades, así como la diferenciación categorial de cantidad, es decir, si la especie constituía un grupo, una comunidad, o cuál era el estatus del individuo con relación a su especie, pues por ejemplo en el caso de los monstruos, estos no podrían, a pesar de todas sus diferencias morfológicas, constituir un especie autónoma como tal. Darwin lo explica así:

Hace muchos años; comparando y viendo comparar a otros las aves de las islas, muy próximas entre sí, del archipiélago de los Galápagos, unas de otras y con las del continente americano, quedé muy sorprendido de lo completamente arbitraria y vaga que es la distinción entre especies y variedades [...] existen muchos insectos que están clasificados como variedades en la admirable obra de Mr. Wollaston, pero que seguramente serían clasificados como especies distintas por muchos entomólogos.[38]



De la primer arista dependía no sólo la cuestión del agente causador de la creación, sino la temporalidad o estatus existencial de la misma. Frente la opción de la creación ex-nihilo y su inmutabilidad, Darwin se inclinó a pensar más bien en términos de la negación a la inmutabilidad. De la segunda arista, la reclasificación de lo viviente una vez ausente el argumento de la creación ex-nihilo, se asumía un origen temporal a lo existente actual, y por tanto una línea de ascendencia a las especies contemporáneas a Darwin, con la salvedad de que en última instancia, lo macro y lo micro se reunían en la dificultad de erigir un criterio para dictaminar qué era y qué no era especie, así como quién sí y quién no pertenecía a ella.


A pesar de abandonar de facto la posibilidad de un acto creador único para todas los seres vivientes, es decir, la posible existencia de una causa final para el fenómeno de la vida, Darwin pensaba desde la existencia positiva de una causa eficiente que diera cuenta de la derivación de lo viviente en diversas especies, y por tanto de su disposición. Lo señala cuando dice que “Cada una de las infinitas variaciones que vemos en el plumaje de nuestras aves de corral debe de haber tenido alguna causa eficiente; y si la misma causa actuase uniformemente durante una larga serie de generaciones sobre muchos individuos, probablemente todos se modificarían de la misma manera.”[39] De hecho, y a pesar de colocar esa necesaria causa eficiente como algo externo al individuo, además de continuar la oposición entre una selección natural y una selección cultural, Darwin mantuvo el sistema causal y la ontología aristotélica, donde la real está fraccionado en dos ámbitos de cosas, las naturales y las producidas artificialmente.[40] Lo natural según Aristóteles, es aquello que tiene en sí mismo el principio de su movimiento, siendo ella misma causa del comenzar a moverse o del detenerse., de modo que una cosa será natural cuando tenga inmanentemente las cuatro causas, eficiente, final, material y formal.


Así, en este sentido, las especies no son naturales sino producidas, pero extrañamente algunas pueden ser producidas por las naturaleza, además claro de las variaciones domesticas que son producidas por formas culturales. Pero, ¿qué es la naturaleza en Darwin? y más extraño aún ¿qué puede ser la selección natural de especies artificiales, es decir devenidas en el medio de un proceso de lucha por la existencia?


Como señalamos, el origen a la introducción de nuevas especies es para Darwin un fenómeno regular y no casual, es decir poseedor de una causalidad susceptible de ser descrita en tanto se pueda captar tal causalidad, cuya causa final es natural y no milagrosa. Pero como también se dijo, Darwin no busca como tal esa causa final, sino las causas eficientes al proceso de la aparición de nuevas especies. Lo que se quiere señalar es que tal causa material no se busca como tal sino justo como principio implicado ya en tanto principio motor de la propia búsqueda de causas eficientes, es decir, la presuposición de la naturaleza determina las características de aquello que aparece como causa eficiente. Así mismo en el plano de la conceptualización, tal aparecer determinaría a su vez las categorías con las cuales se puede observar, concebir y pensar aquello buscado. Por ello el problema del origen de las especies se desplaza a la cuestión del criterio de clasificación, y sólo desde él, retorna a aquello mismo presupuesto, la causa final que finalmente se podría nombrar y describir. Tal naturaleza no es otra cosa que la conservación de las razas en la lucha por la vida. Para contemplar mejor esto, además de proporcionar sustento a nuestra interpretación, es necesario inquirir por el cómo procedió Darwin en esto, es decir preguntar por cómo realizó El origen de las especies.


Darwin, sorprendido por la distribución de los seres orgánicos en América del sur, tras cinco años de permanecer preocupado por ese “misterio de los misterios”[41] y ocupado en la acumulación de datos, así como en la reflexión de los hechos con relación a ese misterio, declaró “me permití discurrir especulativamente sobre el asunto”[42]. Tres cosas son lo que queremos señalar en esta sorprendente e inaugural declaración de El origen de las especies. Primero, la sorpresa de Darwin, segundo, la caracterización como misterio de los misterios a la cuestión del origen de la vida, y por último, el discurrir especulativo que engarza la cuestión del encontrarse sorprendido de Darwin con ese misterio de los misterios.


No se olvide que como sostenemos, nominar no es tanto adjudicar sentido como ya estar en él, o si se quiere, estar en el medio de su claro. Por tanto Darwin, al denominar como sorprendente y maravilloso aquello observado a bordo de su viaje por el Beagle, ya nos estaría mostrando la determinación que la concepción de lo sorprendente tiene de principio al método mismo que pudiera dar cuenta de tal sorpresividad de lo sorprendente y por otro, la representación de lo sorprendente en tanto tal.


Por radical que parezca, sostenemos no es posible estudiar a las especies en tanto tal, sino que lo estudiado es el sentido del ser de eso estudiado, pero lo estudiado ya está siempre determinado por la experiencia misma del ser de los estudiado, es decir y en términos más concretos, esto significa que lo estudiado es ya siempre representación, o donación del ser por el hombre en términos nietzschianos hablando justo de lo natural.[43]


Así, si lo sorprendente, que no sería lo experimentado sino el experimentar de Darwin y de su mundo, esa maravillosa distribución de las especies así como su variabilidad morfológica; cuestiones que unificadas se representan en términos de la correlación existente entre ellas, es decir la adaptación de las especies a sus condiciones de vida. El cómo esta adaptación ya se encuentra de antemano interpretada se devela desde el horizonte de que si bien la creación no es un acontecimiento único y milagroso, y por tanto perfecto e inmutable, sino siendo por el contrario un acontecimiento regular y natural, se presenta aun al naturalista en términos de perfección.


Lo que sorprende al naturalista es la perfección, pero esta ya no es presupuesta como un a priori en tanto agente causal, sino como resultado del perfeccionamiento progresivo, es decir, como causa material de aquello que es. Por ello, la perfección se temporaliza como proceso histórico, devenir de las especies, y se entiende como proceso de perfeccionamiento. Así la cuestión del origen las especies se pudo plantear en términos no del entre creador, el ens summun, sino en términos del cómo acontece el paulatino proceso de perfeccionamiento, o en otras palabras, cómo acontece el progreso de las especies. Por ello Darwin puede declararlo del siguiente modo: “...las especies que pueblan este mundo se han modificado hasta adquirir esa perfección de estructura y coadaptación que causa, con justicia nuestra admiración.”[44]


Para terminar por atar cabos es necesario notar e inquirir por lo más importante en esta declaración, pues la cuestión de la perfección, así como su supuesta causa, nos impiden ver el fenómeno esencial que se juega en esta representación del origen de la vida, a saber, la justicia de la sorpresa, y es que el poder comprender de qué depende la correcta proposición, es decir la verdad por Darwin atribuida a su propia investigación, y con ello el plan de su biología, estriba en captar la adecuación de lo percibido con el ser de aquello que justamente produce lo percibido.[45]


Para Darwin, El origen de las especies como explicación al problema del origen y sentido de la vida tendría que dar cuenta de dos fenómenos, 1.- El devenir de las especies, es decir, su movimiento, y 2.- Dar cuenta de la modos en que la perfección es creciente en tal movimiento, es decir, explicar el cambio de las especies, su variación.


Es importante preguntar si en este casó no se habrá adjudicado como causa aquello que es efecto, cuestión expresada por Nietzsche en los términos siguientes del aforismo 205. “Necesidad. Se considera que la necesidad es la causa de lo que se forma: verdaderamente a menudo no es más que el efecto de lo que se ha formado”.[46] No debe escapar que el aforismo 205 se encuentra ubicado en el tercer libro de La gaya Ciencia que comienza desde el inicio con las cuestiones de Dios, la lógica, y además contiene también el famosísimo aforismo 125 donde anuncia la muerte de dios. Contiene tambien sus meditaciones sobre el egoísmo, la vida y el instinto gregario de la especie, es decir el preámbulo a la primera aparición conceptual del tema de la voluntad de poder y el existir de ella como eterno retorno de lo mismo.


La cuestión aquí es cómo y por qué Nietzsche puede observar las cosas así, cómo pudo descartar de principio la necesidad en la formación y en las formas de la vida, y ubicarla al final como efecto de lo que se forma. Pero lo formando en última instancia no como lo opuesto a lo real, es decir, la observación y el experimentar de un fenómeno como lo otro al fenómeno, sino como el aparecer mismo del fenómeno, es decir, el uso de eso que se utiliza, y lo útil como útil desde su uso peculiar. Nótese finalmente que lo que se cuestiona con ello no es la transformación histórica de las especies, sino el prejuicio valorativo de perfección así como la justicia de su representación confundida y solapada, esta justicia como propiedad per se de lo existente. Justicia que además justifica figuras ideológica tales como la lucha por la existencia, los eslabones perdidos de la cadena evolutiva, pero también la propia cadena evolutiva en tanto esta no se quiera entender como representación historiográfica y se postula como realidad en sí, es decir la aprensión de la historia no como conocimiento de ella, sino la Historia en sí.


Regresando a Darwin, el problema “empírico” estriba, en función de la necesidad presupuesta y más allá de la correcta observación, así como de la justa o adecuada descripción morfológica de los diversos especimenes, en el correlato de las especies con respecto a su entorno[47], las condiciones de vida, o si se prefiere y desde la crítica habilitada por la metafísica de la voluntad de poder, en aquello que la voluntad quiere ocultar cuando se habla del evolucionismo o del vitalismo, y es que se quiere ignorar en ello que en términos del existir de lo vivo, son también condiciones de vida el ser observado, clasificado, utilizado, criado, cazado, pero como tambien lo son el ser defendido, protegido, asistido. No hay que perder de vista que tal problema escapa por mucho a la simple preocupación de un naturalista. Pese a esto, en el caso de Darwin –o incluso justo por tal–, en ello radica su grandeza y genialidad, pues al plantear la cuestión de tal modo, eleva el origen de las especies a problema ontológico general. Con su tratamiento de la vida, Darwin tocó un punto nodal de tal arquitectura, el edificio del conocimiento de la ciencia total anglosajona, fincando con ello un nuevo terreno, un nuevo estrato en el registro arqueológico del saber humano.


Una vez que despliega el tema de las condiciones de vida, y aun sin descubrir el olvido del ser, desde el momento que entiende el origen de la vida como correlativo a sus condiciones, entiende desde más allá del olvido del ser el tema de las características del existir de lo vivo. Por ello, cuando se le abren dos problemas “empíricos”, el de la modificación de las especies como movimiento morfológico de los caracteres en la especie, y el de la coadaptación como correlato de la modificación con relación al medio o naturaleza del espécimen, entiende a la naturaleza, sí, como lo opuesto al hombre, pero como algo sagrado, y aquí la perfección lo salvaguarda, al no ser aquella el ámbito de dominio del hombre. En éste terreno Darwin, al observar lo natural desde el ser de lo humano, avanzó desde que para entender la variación o modificación explica que “[...] he hallado invariablemente que nuestro conocimiento, por imperfecto que sea de la variación en estado doméstico, proporciona la pista mejor y más segura. Me aventuro a manifestar mi convicción del alto valor de tales estudios, aunque han sido muy comúnmente descuidados por los naturalistas.” [48]


Claro que en este sentido Darwin no hace sino seguir los pasos del economista británico Robert Malthus[49], entender eventos sociales desde el ámbito discursivo que es capaz de estudiar lo natural. Pero con ello, coadyuva a la elaboración del discurso imperial británico, pues antes de socializar la naturaleza, como de hecho ocurre también en su entendimiento del fenómeno natural. En este sentido de la interpretación y a la inversa, Darwin sirve para naturalizar lo social, y con ello se sostiene, ampara y legitima científicamente la dicotomía y las políticas basadas y amparadas en tal dicotomía, pues de hecho, El origen de las especies, antes de ser cualquier cosa que se quiera entender por democracia, es el resultado más refinado, más último del iusnaturalismo. A la larga se evidenciarían en muchos sentidos, –en muchos otros no– el papel extraordinariamente terrorífico del quehacer humano sobre eso que queremos llamar naturaleza, pero esta es ya muy otra cuestión.


Regresando a la línea interpretativa que nos interesa propiamente, la variación como cambio en el movimiento del existir, es el principio mismo de la vida, es decir su origen







Como de cada especie nacen muchos más individuos de los que pueden sobrevivir, y como, consiguientemente, hay que recurrir con frecuencia a la lucha por la existencia, se deduce que cualquier ser, si varía, aunque sea levemente, de algún modo provechoso para el, bajo las complejas y a veces variables condiciones de vida, tendrá mayor probabilidad de sobrevivir, y de ser así seleccionado naturalmente.[50]


















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[36] En este punto, bibliografía sobre el origen y la determinación conceptual de instancias como “hombre”, “naturaleza” o “Dios” en la modernidad puede ser bastante esclarecedora del punto que tratamos de señalar. Recomendamos, Foucault, Michel, Las palabras y las cosasop. cit., Koselleck, Reinhart, Futuro pasado, para una semántica de los tiempos históricos, Barcelona, Piadós, 1993 y Blumenberg, Hans, Tiempo de la vida y tiempo del mundo, Valencia, Pre-Textos, 2006.
[37] Darwin, El origen de las especiesop.cit. p. 40.
[38] Ibidem, p. 81.
[39] Ididem, p. 50.
[40] En este sentido se impone la necesidad de comparar los postulados implicados en Darwin y su dicotomía naturaleza-cultura frente a la concepción de Nietzsche, que si por un lado coloca al hombre como ser-natural, a la par y por contradictorio que parezca, coloca a la naturaleza como donada de ser por el hombre mismo. Cfr. Aforismo 301 de la Gaya Ciencia, Delirio de los contemplativos donde escribe “Todo lo que tiene algún valor en el mundo actual, no lo tiene en sí, no lo tiene por naturaleza –la naturaleza carece siempre de valor–, sino que le fue dado un día como don, ¡y nosotros fuimos los donantes! ¡Nosotros fuimos los creadores del mundo que le interesa al hombre!” y el aforismo 109,Puesta en guardia, “¿Cuándo dejaremos de atribuir a la naturaleza un carácter divino? ¿Cuándo nos será permitido a los hombres volvernos naturales, reencontrarnos con la naturaleza pura, nuevamente descubierta, nuevamente liberada?”
[41] Ibidem p. 45
[42] Ibidem
[43] Esto implica como se verá más adelante, que lo presencia de lo estudiado, es decir el presentarse o aparecer de la cosa que nos interesa adviene desde un momento “ajeno” a tal presentarse. Tal agente extraño no puede ser otro que el cómo de la observación. En este sentido y para observar la historicidad de tal concepción, confrontar las críticas contemporáneas a la categoría de lo dado y con ello al empirismo británico en las plumas de Friedrich Nietzsche, La Gaya Cienciaop. cit. sobre todo los aforismos 43 y 57 o la primera investigación lógica en Edmund Husserl, Investigaciones Logicas I, trad. de Manuel G. Morente y José Gaos, Madrid, Alianza Editorial, 1999.
[44] Charles Darwin, El origen de las especies, op. cit. p. 46
[45] Sobre la justicia del juicio Gademer hablando de Kant apunta: “Para hacerlo justicia de verdad – aunque no sea más que en un enjuiciamiento puramente técnico o práctico – hay que incluir siempre un momento estético” Verdad y Método I, op.cit. p. 71 El momento estético que como evento significante, es decir criterio, se actualiza en cada instante en el pensar de El origen de las especies se debe apreciar en la escena dispuesta y predispuesta para la creación u origen de las especies en Darwin.
[46] Friedrich Nietzsche, La gaya ciencia, op. cit. p. 154.
[47] El concepto de entorno, “Umwelt” sería desarrollado décadas más tarde, a comienzos del siglo XX por el biólogo alemán Jacob von Uexküll, que interesado en el ciclo funcional de los animales, llamó la atención en sus estudios sobre los agentes operadores y receptores que determinan el mundo de estímulos y acciones, especificando a partir de ello la magnitud y naturaleza del universo del animal, el “Umwelt” o “entorno.de las especies animáles”. Jacob von Uexküll, Umwelt und Innenwelt der Tiere, Berlín, Springer Verlang, 1921, p. 218, loc.cit. J.T. Frasier, Génesis y evolución del tiempo, Pamplona, Pamiela, 1993.
[48] Ibidem, p. 47.
[49] De hecho la noción de lucha por la existencia proviene del “Ensayo sobre el principio de la población” de Robert Malthus, publicado de forma anónima en 1798 y reeditado en 1803 ya con la firma de Malthus y con el título Resúmenes sobre los efectos pasados y presentes relativos a la felicidad de la humanidad.
[50] Ibidem, cursivas del autor. Esto sería esencialmente cierto si aceptáramos que la selección natural es naturalmente humana.





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miércoles, 3 de agosto de 2011

1.3.- La variación y el problema de la causa final en la dirección del ámbito de posiblidad categorial

Mindil beach market, DarwinImage via Wikipedia


Queda preguntar si del hecho de que algo sea observado por el naturalista prueba ello mismo la selección. En relación al problema de la perfección, podría enunciarse que lo perfecto es lo observado bajo el signo de la perfección. ¿Hay algo que impida sea al revés? ¿Cabría imaginar que la admiración del naturalista sea la causa de la perfección del ser de algo? Cabe interrogar por el origen de tal signo, por el origen de la perfección.

La cuestión estriba no tanto en el objeto sometido a estudio, o en el modelo causal erigido para comprobarlo; por el contrario, en lo evidente de los principios que habilitan la comprensión. Darwin a pesar de abandonar causas finales como Dios, preocupado por estudiar y comprender el movimiento, no saldrá de un círculo que de antemano mantiene un ámbito de posibilidad categorial fincado en el afán de lo eterno y lo inamovible.[51] Esto querría decir que estaría valorizando lo temporal en función a lo atemporal.

Para ver mejor esto, de entre los tres conceptos ejes de la obra, variedad, origen y especie, optamos penetrar en el fenómeno de la temporalidad implicada en la hermenéutuca implicada en El origen de las especies, concentrando nuestra indagación en el fenómeno de la variación; ella en tanto causa necesaria dentro de la explicación y del método inductivo que Darwin aplicó, está mucho más allá de la aprehensión conceptual y empírica que el naturalista posee,[52] al estribar finalmente la variación en el ser o no ser seleccionado naturalmente. Su importancia finalmente radica en que como tal, la variación permitiría realizar el brinco cognitivo entre la producción humana de especies en la cría y la 
producción natural de aquellas en su propio entorno.

Vale la pena contemplar que aquello que impide al hombre dar con la causa final no es sino su expulsión o desprendimiento de lo natural, su carácter artificial y su vocación técnica. Ahora, ¿qué permitirá el descubrimiento de la causa necesaria? El dominio de la naturaleza mediante el dominio de la técnica. Pero en ello, y conceptualmente hablando, no se juega la susodicha apertura de la naturaleza entregando todos sus secretos cuando la supresión de todo misterio por parte de lo técnico es el acontecer. Digámoslo así, el dominio de la naturaleza conlleva una sustitución paulatina por una segunda naturaleza, la tecne humana, que constituye por tanto el ámbito de aseguramiento conceptual y metódico con el que Darwin procede.

No debe pasarse por alto el hecho de que como único criterio empírico para observar y cuantificar los cambios morfológicos, Darwin cuenta con una sensibilidad estética clásica, naturalizada y naturalizante. Al preguntarse por la variación como tal, cómo ocurre ésta, su cuestionar aparece desplegado en el trasfondo categorial arriba descrito por la escena de atemporalidad, lo desconocido, lo misterioso, lo perfecto. Para responder por los modos de la variación se le ofrecen ya dos ámbitos, el estado natural y el estado de cautiverio, lugar donde al menos la temporalidad del proceso de crianza es cognitiva y empíricamente aprehensible al investigador. 

Pero entonces cabe señalar que la dicotomía depende no tanto de su originalidad categorial real, sino del brutal carácter evidente de la cuestión, es decir hablamos de la práctica y ejecución de un apriori estético-económico implicado en la analítica darwiniana: la perfección formal de aquello observado. 

En tanto sus investigaciones empíricas permanecen en lo visual, su observación --y por tanto sus apreciaciones-- está ceñidas a determinadas valorizaciones de lo bello y lo monstruoso. [53] El propio Darwin lo explica:

La clave está en el poder del hombre para la selección acumulativa; la naturaleza produce variaciones sucesivas; el hombre las aumenta en determinadas direcciones útiles para él. En este sentido puede decirse que ha hecho por sí mismo razas útiles.
La gran fuerza de este principio de selección no es hipotética.[...] Los ganaderos suelen hablar del organismo de un animal como de algo plástico, que pueden modelar casi como quieren[...], la importancia del principio de selección, por lo que se refiere a la oveja merina, está reconocido tan por completo que los hombres lo ejercen como un oficio: las ovejas se colocan sobre una mesa y son estudiadas como un cuadro por un perito; esto se hace tres veces con intervalos de meses, y las ovejas son marcadas y clasificadas cada vez, de modo que las mejores pueden ser por fin seleccionadas para la cría. [54]

Esa observación determinada por un sentido estético naturalizado será lo que determina el que se adjudique un papel fundamental a la costumbre. Que ahora, dicho papel si bien lo es, no es tal en el sentido que Darwin adjudica; pues ella no es el motor del progreso, sino la práctica misma que quiere enteder al progreso por su propio sentido teleológico. Si la variación es transformación de los caracteres de una especie, la clasificación, su catalogación y categorización, más allá de la observación, dependede aquello que demanda y necesita la visualidad del fenómeno en cuestión, su acumulación. Al final no es sino la poiesis humana, la misma que sustenta y es sostenida a su vez por un ámbito de posibilidad categorial. Darwin por ello, para comprender la selección natural, se detiene en la selección humana, una selección naturalista.

[...]la importancia del principio de selección, por lo que se refiere a la oveja merina, está reconocido tan por completo que los hombres lo ejercen como un oficio: las ovejas se colocan sobre una mesa y son estudiadas como un cuadro por un perito; esto se hace tres veces con intervalos de meses, y las ovejas son marcadas y clasificadas cada vez, de modo que las mejores pueden ser por fin seleccionadas para la cría.[55]

La variación acontece en la interferencia del devenir de la especie por un agente determinado, el hombre, que opera en función de intencionalidades estéticas y morales, pero por ello mismo intencionalidades económicas y políticas. El naturalista sólo puede inferir el movimiento natural dentro de la variación artificial siguiendo ya la determinación categorial de los criterios humanos practicados por los propios criadores.

A Darwin, que no ve en esto una paradoja epistemológica, explica en estos términos la selección practicada por el hombre: “[...] si el hombre continúa seleccionando y por consiguiente aumentando, cualquier peculiaridad casi sin duda, se modificaran involuntariamente otras partes de la estructura, debido a las misteriosas leyes de la correlación.”[56] Este principio económico-estético descrito por Darwin es el núcleo epistémico de su aproximación a la naturaleza, preguntar entonces por la capacidad que tenía Darwin para captar esas misteriosas leyes, la causa final de la selección natural, estriba en los guiones narrativos y en el escenario con que contaba para desplegar una historia genial, la del origen de las especies, la propia variación, en la gratuidad gratitud de de la propia variación despreciando de principio el índice de acumulación, el movimiento puro sin tomar en cuenta sus tiempos peculiares.

Por ello, el índice para captar lo natural subyacente incluso en la selección humana, radica en la paciencia y oportunidad de la observación. Pero como ello no ocurre si no en el marco de los siglos y los milenios, la formación situacional general de la crianza, es decir tomar a la selección humana como un cuadro, una labor artificial y ordenada por principios muy claros y ya descritos por la economía política, es de lo que sí dispone para poder captar la naturaleza aun subyacente en la crianza. La naturaleza aun presente no es más que la desviación de la estructura, que más allá de la manipulación humana, mostraría mediante sus gestos más extremos, la acción de la naturaleza en plena operación humana. Tal índice no es sino la mostruosidad. ¿Qué es por tanto lo monstruoso en Darwin y por qué es lo que le aparece a consideración? Lo escribe en estos términos:

Todos hemos oído hablar de casos de albinismo, de piel con púas, de cuerpos peludos, etc., que aparecen en varios miembros de la misma familia. Si las variaciones de estructura raras y extrañas se heredan realmente, puede admitirse sin reserva que las desviaciones menos extrañas y más comunes son heredables. Quizá la manera correcta de ver todo este asunto seria considerar la herencia de todo carácter, cualquiera que sea, como la regla, y lo no herencia, como la anomalía.[57]

Y si de principio parece razonable el criterio adoptado por Darwin, cómo o por qué descartar la posibilidad de que justo los especimenes contemporáneos no sean descendientes de un individuo en su momento monstruoso, extraño o anómalo y poco común. Resulta curioso verlo así, ya en la consideración de lo posterior, pero con este argumento Darwin apuntó, salvo que descartándolo de principio, en la dirección de la interpretación aportada por el monje austriaco Gregor Mendel para explicar la deriva genética. Mendel, más allá del geometrismo en la aparición de caracteres familiares, explicó que las nuevas peculiaridades y la formación de variaciones perdurables en una especie depende de errores en la duplicación de la información genética, contenida esta dentro de aquello que para Mendel, supondría una vaina de chícharo, que cual cofre del tesoro, guardaría la información que permite la reproducción y por tanto la heredad. Darwin por el contrario, ceñido a lo superficial –por llamarlo de algún modo, pues en la cuestión del código genético y su decodificación, operan, aun cuando se prefiera ignorar, también criterios estéticos –, pero radicalizando los criterios estéticos dispuestos para la crianza, conduce su explicación al punto limítrofe del pensar anglosajón de la época. Toma por punto crítico lo común a la mayoría y de ahí descarta lo aberrante, como sí de hecho la democracia parlamentaria británica fuera un fenómeno netamente natural. Lo extraño deviene por tanto en minoría frente al carecer de suficiencia del poder para imponerse, debiendo ceder la monstruoso frente a los más fuertes en la delegación por la sobrevivencia, la lucha por la existencia.

Esto, que tiene el mismo misticismo que aquel principio que otorga el poder a los reyes o legitima en el misterio a las elites políticas, es a la par, lo que dictamina y prescribe quién o qué es lo bueno, lo justo y lo bello, es expresado como sigue:

Las leyes que rigen la herencia, son, en su mayor parte, desconocidas. Nadie puede decir por qué la misma peculiaridad en individuos diferentes de la misma especie, o en especies diferentes, es unas veces heredada y otras no; por que el niño, a menudo, en ciertos caracteres, vuelve a su abuelo o abuela, o a un antepasado más remoto; por que muchas veces una particularidad es transmitida de un sexo a los dos sexos, o a un sexo sólo, más comúnmente, aunque no exclusivamente, al sexo similar.[58]

Es en función de esto, que se nos hace inevitable postular que la selección de principios interpretativos, los observado como tal, y las inferencias lógicas ante lo “observado” en relación a los principios interpretativos, opera ya siempre en el claro predispuesto por el espacio de la representación estética, es decir, que ya todo un concepto de tiempo se juega en la investigación darwiniana, la cual, si bien parecería descarta completamente el accionar de un agente trascendente, no por ello abandona la variación al simple azar, y quiere por ello entender un universo y un mundo adecuado en la razón expectante del entregar sus secretos al intrépido investigador.

En la diferenciación de especie verdadera y raza doméstica, el punto común sigue siendo la monstruosidad. Metodológicamente, en la observación y comparación de los sujetos concretos, se descarta aquello que marca la radical diferenciación de un individuo con respecto a su especie, y es con tal descarte de lo monstruoso que emerge, en la determinación de las características comunes, la especie verdadera como tal. Lográndose en ello, desde la perspectiva del naturalista, la comprobación de la perfección acaeciente en lo natural en términos de adaptación o correlación entre las características de una especie y sus condiciones de existencia.

El problema es que la especie como tal nunca aparece, sino que de facto se presupone, luego infiriendo al tomarse individuos al azar, se pretende comprobar y demostrar necesidad donde sólo aparece, en términos puntuales, movimiento carente de sentido. No hace falta ser tan radical, sólo tiene que poderse concebir que esa necesidad, el sentido del ser, adviene como donación final al fenómeno de la mano del propio sistema de observación, el ámbito de posibilidad categorial que elabora una explicación historiográfica. Al presuponerse la especie, buscando la determinación de ella –es decir que historiográficamente hablando, en la “selección” de muestras empíricas es donde termina por operar la famosa lucha que dictamina de antemano quienes son los ganadores–, la demostración de la especie verdadera sólo depende de la definición de aquello que definidoa priori, se busca demostrar, la perfección de lo perfecto. No queremos abonar en el sentido de que al final y erradicando nuestros prejuicios, sea posible arribar a la verdad, pues está depende del uso humano de aquello que elegido por conveniencia política, se prefiere ignorar y legitimar en términos de naturaleza o necesidad. Reclamamos por el contrario el reconocimiento al carácter realizador de lo ficcional, pues lo desarrollado por Darwin aun cuando presuponga la perfección para después hallarla en las características de la especie, no es erróneo en términos históricos.

Como se verá adelante ésta es la preocupación del modernismo junto con la cuestión de lo temporal, y es que tal problema, la evidencia del carácter tautológico de la representación en términos de la verdad, ergo, la imposibilidad por mantener el carácter necesario y evidente de la necesidad, es expresado por Nietzsche bajo la fórmula de la muerte de Dios. Ahora bien, Nietzsche al fenómeno de verificación que se gestan desde el carácter ficcional de la necesidad de lo necesario, colocando en ello a lo tautológico como única necesidad, lo expresa en los términos complementarios que en tanto ser y ente, esencia y existencia, se nombra con el par de voluntad de poder y eterno retorno de lo mismo. Lo tautológico, más allá de Nietzsche y justo cuando se coloca en la dirección de la filosofía hermenéutica, deja de ser tautológico y se transforma en la posibilidad efectual. ¿Cuál será a partir de este momento la posición que en el pensar tendrá la ficción?

Recogiendo lo anterior, y en el horizonte interpretativo del ámbito de posibilidad categorial, esto quiere decir que a pesar de todas sus diferencias, que tanto el pensar de Nietzsche como el pensar de Darwin, son posibles desde el mismo ámbito. Un pensar que prefiere conservarse en el olvido y en la ignorancia de tal olvido, el esencial carácter tautológico de las proposiciones que buscan ceñir una temporalidad lineal y ascendente en un continuo progreso. Ahora bien, si esta inferencia es válida, aun se tiene que saltar la cuestión del saber que Nietzsche descubre y que como tal, es no sólo el descubrimiento del asesinato de Dios, sino también el descubrimiento de un posible nuevo ámbito de posibilidad categorial. A partir de este momento dos posiciones alternas y a pesar de las distancias inconmensurables, hermanadas irremediablemente la una a la otra, se encontrarán disponibles en el mismo ámbito de posibilidad categorial junto a una tercera plataforma sólo emergente para estos momentos, a saber entre por lo menos los años 1860-1880. Por un lado está el pensamiento clásico o tradicional que insiste en colocar a lo ficcional como lo opuesto a la realidad, entendiendo en ello a lo posible como el acto en potencia, y a lo real como lo necesario acaeciente. Lo otro, pero empujando fuertemente al tercero emergente, lo tenemos representado en la voluntad de poder de Nietzsche, para el cuál en términos de la propia voluntad y la vida, todo se justifica incluso la ficción, pero que a pesar de ser justificada aun como mentira pues es una mentira existente, sigue siendo mentira y por tanto opuesto a lo real. Si lo falso, lo ficcional y la mentira cambian su valencia, ello cambiara también irremediablemente la faz de lo real como en el próximo apartado se observará.

Así la situación, la metafísica de la mano de Nietzche llega a su solución final en el afán de diferenciar lo verdadero de lo falso, radicalizando sus posibilidades de categorización e identificando finalmente a la ficción con la realidad – y viceversa – y siempre en aras de la voluntad de poder. A partir de este momento, lo esencial, lo necesario, que en Nietzsche es la voluntad de poder –es decir la tautología de que lo que la voluntad quiere es su propio querer–, observará una radical transformación colocándose como el problema fundamental, a saber, no ya la perfección inmutable, sino el tiempo mismo. En medio, una vez modificadas las cuestiones de lo esencial o lo necesario, la cuestión de la existencia también se transformará, pasando de la cuestión del eterno retorno de lo mismo en Nietzsche, el fenómeno de la vida, a ser el origen mismo pero no en tanto realidad necesaria, sino como posibilidad eventual y original de lo histórico, el existir. La historia como gesta gestiva–gestadora se entenderá más adelante como el evento dotado de sentido desde lo ficcional, es decir, su representación historiográfica, llamada esta por nosotros evento significante. Con ello, al advenir la representación sobre el evento significativo, siembra el porvenir de promisión, de héroes, antihéroes, tierras de promesa y de esperanza o de terror, señalando en ello –y el señalar lo es todo– el destino a un pueblo, a una nación, a una cultura, pues de hecho la poesía no es sino profetizar, y profetizar es por mor el historiarse de la historia.

Pero para continuar en esta senda es fundamental antes que nada, interpretar propiamente la muerte de Dios, pues de tal ejercicio pende el explicar la eclosión de temas e inquietudes que desde los ámbitos de la subjetividad y lo absurdo pretenden reconstruir el paraíso perdido. Esto es lo que denominamos crack de la representación.

[51] ¿Es el círculo del pensar, él mismo, el ámbito de posibilidad categorial?
[52] Cfr. La prueba de la existencia de Dios y la inmortalidad del alma de Descartes.
[53] Nunca serán suficientes la amonestaciones que traten de distinguir el que lo observable y lo visible no son para nada sinónimos.
[54] Charles Darwin, El origen de las especies, op. cit. p. 66.
[55] Charles Darwin, El origen de las especies, op. cit. p. 67.
[56] Ibidem, p. 53.
[57] Ibidem, p. 54
[58] Ibidem,
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