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miércoles, 17 de julio de 2013

Conciencia, tiempo y representación | Dos | 7.- Lenguaje, modelo e interpretación



7.- Lenguaje, modelo e interpretación

No debemos olvidar que partimos de la historia del pensamiento histórico decimonónico, así como de la teoría de los tropos en ella implicada, que llevó a cabo el lingüista Hayden White en Metahistoria. Tampoco debemos pasar por alto que fue mediante su crítica a Michel Foucault, que revisamos la propuesta metodológica del filósofo francés respecto al enunciado.

En Las palabras y las cosas Foucault había estudiado las constituciones y transformaciones de aquello que denominó episteme, entendiendo a ésta como la disposición del lenguaje para la adjudicación de identidades y diferencias a las cosas.

En tanto que la comprensión de esa disposición epistémica no podía coincidir sin más con nociones básicas como las del documento, el libro o la obra, es que a Foucault le resultó inevitable descender hasta las honduras de las relaciones de significación. De tal manera que las proporciones de la relatividad entre los signos, relaciones donde son las referencias y los anuncios de las cosas, acontecen bajo las operaciones o estrategias de la convenientia, la aemulatio, la analogía y la simpatía.

La arqueología del saber –formula con la que también Foucault comprende la disposición de la episteme –, se trata de un estudio de carácter tal que implicaba la puntualización metodológica, así como la observación empírica de la relaciones operativas entre una semiótica y una hermenéutica.

Finalmente resultó que fueron estas estrategias las que White señaló como meras formalizaciones de los tropos. Pero como a su momento dijimos la razón no alcanza a observar que tales formalizaciones no son realizadas en primera instancia por Foucault, sino que la constitución de la episteme clásica determinó las trasformaciones formales y de planteamiento de la gramática y de la lógica proposicional, ámbito donde Foucault sustenta su propio estudio. Si efectivamente Foucault llevó a cabo formalizaciones es porque éstas se encuentran en plena operación práctica.

Fue esta operatividad efectual de lo formal lo que nos terminó por seducir. A tal respecto, en tanto no somos dueños de nuestras obsesiones ni de nuestras ilusiones, es que nuestro estudio de una u otra manera se ha concentrado en la existencia de los signos como modelo de estructuración de lo temporal.

Así fue como el tema de la presencia y maniobrabilidad de los signos dejó de sernos una relación evidente en tanto nuestro interés no iba encaminado al presentarse fáctico o técnico-analítico de ellos, sino a la producción misma de la significatividad. Es este punto el lugar desde el cual hemos intentado escapar para buscar la hermenéuticidad historiográfica que acontece entre el ser y el tiempo, vórtice en el cual la comprensión de la palabra no podía simplemente circunscribirse al signo que la materializa o siquiera a la enunciación que la profiere. Y es que dicho vórtice es el lugar en que se puede pensar la historia de una manera histórica. Fue entonces cuando recurrimos a Jameson, pues él termina por unir la alegoría (un tropo) al signo en tanto dos instantes no de la metáfora, sino de la narración. En el apartado B) revisaremos qué implica esta reunificación con respecto al tropo de la ironía que ya señalaba White como el predominante para la última etapa del pensamiento histórico decimonónico.

Sin embargo en tanto buscamos una dilucidación metodológica de aquello que referimos como hermenéutica historiográfica, nuestra primera cuestión estriba en si es posible establecer una jerarquización entre ambos momentos. Para ello requeriríamos contemplar el ámbito o disciplina al que tradicionalmente corresponden cada uno, pues acaso la relación signo-tropo como núcleo de la constitución de la comprensión de lo temporal, en tanto narrativa, habite un sitio intermedio la tradicional disposición poética-retórica aristotélica.

Así, al final de este apartado, revisaremos la relación símbolo-tropo con respecto a su relación o determinación desde la lógica. Pues en tanto nos preguntamos qué los diferencia, requerimos también cuestionarnos qué, cómo o para qué el tiempo con respecto a ambos, pues respecto a la tradición, necesitamos responder cómo podremos rodear la cuestión del conocimiento histórico, es decir lo temporal, desde la significación como momento de pertinencia, permanencia, despeje y proyecto del sentido en la confluencia tropo y signo.


a) Poética, retórica y la crisis de la representación.

El problema con todo modelo que trate de explicar lo histórico, aun cuando sólo se trate del lenguaje, equivoca continuamente el paso en tanto lo que comprende no es el plexo de acontecimientos, sino el perfeccionamiento técnico de sí mismo, el propio modelo. Aun cuando sólo se trate del lenguaje, el modelo es completamente despistado en tanto no logre concebir al lenguaje como algo vivo, como algo histórico.

Por otro lado al comprender al lenguaje como algo vivo, no tratamos de retornar a los viejos vitalismos del tránsito del siglo xix al xx,[142] como de hecho y erróneamente se podría llegar a inferir de un título como La metáfora viva de Paul Ricœur.

A la hermenéutica de cuño heideggeriano –Gadamer y el propio Ricœur –, fácilmente se le pueden achacar muchas “inconsistencias” en el plano filosófico. Pero al igual que con el supuesto núcleo duro de realidad contenido referencialmente por una representación –de leerla ésta desde cualquier empirismo o realismo ingenuo –, siempre se podría volver a preguntar en términos de realidad ¿qué es o qué debería ser la filosofía?[143]

Frente a esta supuesta inadecuación de la hermenéutica, e inclusive en su incapacidad para erigir y formar conceptos, antes se tendría que señalar la pertinencia del concepto una vez se han derrumbado no los meta-relatos, sino los meta-modelos que resguardaban en su pretensión de verdad a la misma realidad que desplegaba la lógica en su vocación de voluntad de verdad. Pues resulta que la pregunta por la lógica carece de sentido cuando desde el tiempo, se coloca en entredicho la legalidad del decir acorde a principios. Como hemos dicho, esto como tal es el logos reinterpretado por el mythos.

El error deviene de confundir lo histórico con lo verdadero, y después, entender a la verdad justo como la posesión de certeza en términos de la adecuación de la representación con un núcleo duro de realidad que permanece idéntico consigo mismo. Jameson al entender a la modernidad como una categoría narrativa da un paso más allá del bien y del mal, sin embargo tal paso no implica que transponga el umbral de la filosofía moderna. La “conciencia” de la presunción del núcleo de realidad muy bien podría antes presentarse como una mala-conciencia de la presunción de verdad en términos de adecuación modélica.

Jameson, al igual que White, al enfrentar sus dispositivos analíticos al existir humano, descubre que estos encallan, final y paradójicamente, en eso que el propio Jameson señala en términos de la inconsistencia filosófica de la semántica de Reinhart Koselleck.[144] De hecho, esta misma crítica a los modelos empleados para explicar lo histórico es una crítica que se podría prolongar hasta la arqueología del saber de Foucault salvo por una cuestión, la ausencia de rechazo a la ironía en Foucult, es decir, el estar dispuesto junto con Nietzsche o Hölderlin, a arrojarse a las antinomias de la temporalidad, incluso en la voluntad de zozobra para así desgarrar no lo real, sino lo axiomático del modelo mismo, ergo, su pretensión de certeza. Por ello cabría antes preguntar si la presunción de la inconsistencia no será ya un juicio desde la posición lógica-trascendental de la filosofía platónico-aristotélica.

Como tal, hemos de poder concebir que nuestra posibilidad, la de una hermenéutica historiográfica no trata de erradicar las contradicciones, sino, una vez evidenciadas, intenta soportarlas aun cuando esto impliqué cierto estoicismo también presente en la filosofía hermenéutica.[145]

De cualquier forma, más allá de está apuesta estoica, al encontrarse su pertinencia apuntada en dirección a la apertura de mundo, es tal apertura de mundo lo que finalmente nos interesa en términos hermenéuticos. En tal sentido, la forma sería un simple medio en la consecución de nuestro objetivo: no tanto el descubrimiento del juego del sentido, sino nuestra participación en él. Pues resulta que sobre el pensamiento histórico del ser, originalmente es el sentido en tanto apertura del mundo lo que determina nuestro conocimiento y nuestra tecnificación de los tropos, y no como ingenuamente se podría pensar, que sea el sentido una adecuación o formación desde el tropo.

Estas antinomias en su conformación y despliegue de mundo se tendrían que observar en una lectura puntual del camino emprendido por Gadamer desde un titulo en apariencia tan poco sugerente como Verdad y método, pero tan rico en despliegue de sentido una vez se entiende que la relación entre el despliegue de mundo y el dispositivo o plataforma para captarlo o descubrirlo, ha de ser antes bien el propio despliegue de la palabra –el método – para abrir el mundo en tanto verdad, es decir, la poetización. En tal sendito, Verdad y método es la cueva de Platón pletórica de resonancias al poema de R.M. Rilke que Gadamer emplea de epígrafe en su estudio.[146]

Bajo tal perspectiva el problema de Jameson es la tentación de la conceptualidad, o como él mismo lo señala, los conceptos que aplicados a los modernismos “queremos que signifiquen algo, de preferencia algo ahistórico y relativamente transcultural”.[147] Ahora bien con respecto al modelo de Jameson y en relación a lo que su caracterización del modernismo nos reporta, dicho reporte nos señala el carácter transicional de su propio estudio, ubicado éste a medio camino entre la antiquísima tradición de la filosofía del concepto y la filosofía de cuño nietzschiano –incluida la filosófica hermenéutica– que intenta reunir de nuevo al pensamiento filosófico con sus otros pares escindidos, la poesía y la historia.[148]

Esta frontera que Jameson reconoce “entre filosofía e historia, sistema y existencia”, y, que como él mismo declara, donde “no sería difícil poner algún orden en todas estas palabras o, mejor aún, mostrar por lo pronto que siempre hubo en ellas un orden y una lógíca más profundos”[149], cierto es que fácilmente sería transpuesta o superada de ser interpretada en la buena conciencia de ignorar una vez más el acontecimiento de la palabra poética.

Pero como a su momento se señaló, en poesía no se interpreta, se recibe. En tanto toda interpretación, sea filosófica o histórica, presupone un ámbito de verdad que legitima aquello susceptible de ser interpretado, la poesía no requiere de tal ámbito de referencialidad, sino que sencillamente se recibe por ser ella, como manifestación procreadora del discurso mismo, quien lleva consigo la esencia de su existencia, su propia enunciación.[150]

Esta peculiaridad de la poesía, que torpemente podríamos marcar bajo el nombre de autointerpretación poética, no tendría porqué ser confundida de facto con la opinión de que toda poesía o todo lo poético es bueno o adecuado de suyo. Ya Nietzsche nos advertía que la asimilación de la belleza en las formas del arte apolíneo es algo de suyo poco común, pues inclusive, tampoco lo apolíneo aun en su existencia, implica un carácter extraordinario. De tal modo que lo poético también reside en lo desagradable, en lo terrorífico, en lo poco grato al buen gusto. Por ello podemos decir que la exploración de los límites de la interpretación es al tiempo la indagación por su fundamento, su origen y su esencia. En tal sentido, la hermenéutica es la indigencia en el acontecer de este intento.

El lamento –y nótese que el lamento es poesis del discurso profético[151]– de Jameson es que “[e]n rigor, buscar las condiciones previas de fenómenos culturales y artísticos como el modernismo es tropezar con sorpresas y paradojas para las cuales el viejo modelo de reflexión de la base y la superestructura (¡si es que alguna vez existió!) nunca nos preparó.”.[152]

Así, la disyuntiva que se le presenta a Jameson estriba en proseguir en un análisis sustancial una vez acepta la proposición del modernismo como un subproducto de la situación histórica de la modernidad incompleta, en tanto que al análisis efectivo le acontece una inconsistencia con respecto a la perspectiva formal original de su obra, cuando de antemano el análisis ideológico está formalmente fincado en la distinción estructura-superestructura, y que como refiere “no admite ese tipo de proposiciones sustantivas”. De pronto el análisis se queda sin fondo, pues de admitir la productividad de la ideología en términos no meramente negativos, estaría encontrando un sustrato de afirmación en lo ideológico.

El abismo que se abre es esa performatividad poética que contiene toda proposición, aun una de corte ideológico en el sentido marxista del concepto, y que por ende, quiebra el modelo mismo.

Pero Jameson, al referir esta inconsistencia, lo que está haciendo es mostrar el mismo vaciamiento de referencialidad objetual que supuestamente contenía el modelo de la base y la estructura, modelo que como tal, forma parte de la misma crisis de la representación que aconteció durante el modernismo. Por ello dice que el hecho[153] de la inconsistencia del modelo “Lo tomo como un ejemplo de la crisis filosófica más general que Foucault denominó duplicación empírico trascendental, que convierte cualquier discusión sobre el modernismo de Wolf o Joyce, digamos, en una operación alegórica fácil de desacreditar.”[154]

De tal modo Jameson, en la imposibilidad de conmensurar lo poético con relación a lo filosófico o lo histórico, ha de jugárselas a ciegas en la confianza a Foucault, pues dice:

La ‘duplicación’ de Foucault sería una crisis de muy poca monta si pudiéramos resolverla con tanta sencillez cortando el nudo y optando por algún empirismo (o positivismo) cabal, a la luz de la cual el texto de Joyce no significara nada más allá de sí mismo. La crisis, entonces, estriba precisamente en una situación en la que Joyce no puede no significar alguna otra cosa –ser el mero ejemplo de otra cosa, en cierto modo como su ‘metáfora’ o su ‘alegoría’ –, por melindrosos que nos mostremos con respecto al despliegue descarado de ese concepto general más amplio.[155]

En tal sentido, en nota al pie, señala que “Foucault pretende designar la contradicción fundamental que constituye en las ‘ciencias humanas’ la distinción entre el valor y el acto o el significado y la contingencia”[156]. Por tanto para Jameson, la crisis marca también la frontera existente entre sistema y existencia, o para nosotros, eso mismo que tratamos de hacer evidente al señalar el límite que separa no sólo a la filosofía con respecto la historia, sino ya a ambas de la poesía, al haberse enseñoreado la filosofía platónico-aristotélica de las cuestiones relativas a la palabra y al existir bajo su tratamiento lógico-temporal en la distinción forma-contenido. Hemos de suponer que la distancia que separa a la palabra del existir se habilita desde las interpretaciones de cuño aristotélico de acto-potencia y agente-acción.

Cabría decir entonces que la llamada duplicación empírico trascendental de Foucault no haría sino referir la apuesta de la lógica de Occidente a preferir la progresiva reificación de palabras, conceptos y definiciones, que representados en una sucesión de momentos e instancias causales, proporcionan estabilidad y continuidad a los supuestos objetos que en términos de identidad y diferencia, se prefiere presuponer subyacen al acto del enunciado. En tal sentido, Foucault, al abordar la cultura desde la doctrina del acto de habla, antes de presuponer tópicos idílicos como la comunicación y los modos adecuados de ella, prefiere enfrentar las antinomias de la temporalidad desde la disposición vertical que el enunciado conserva con respecto a la totalidad epistémica que la habilita, es decir, las condiciones de posibilidad horizontales del pensar, que inscritas con el trasforndo de la cultura, incluso se mostrarían fecundas ya desde las categorías lógicas del error o la falacia.

Estas mismas antinomias, en la pista de la cuestión del ser, su sentido, y por tanto el surgimiento de la hermenéutica filosófica, son a su vez las que la hermenéutica heideggeriana opta por enfrentar una vez acepta el carácter tautológico del pensamiento, y por tanto, el carácter esencialmente hermenéutico de la lógica, siendo tal carácter tautológico no otra cosa que aquello signado bajo el concepto positivo de “circulo hermenéutico”.[157]

Pero bien, retornemos a la periodización de Jameson, a la caracterización del periodo que es el modernismo, y por ende, al modelo analítico implicado para tal caracterización. Pues Jameson una vez se sirve de Foucault para dar con esta crisis de la representación en sus dos instancias, la empírica, y la trascendental, encuentra como manifestaciones de tales caracteres dos aspectos mediante los cuales prosigue en la definición de las obras del modernismo. De tal modo, después de preguntar por el contenido y la lógica del proceso que la crisis conlleva, sirviéndose ahora del trabajo de Paul De man, declara que “[l]a proposición de que, en la poesía lírica, la modernidad está constituida por ‘una pérdida de la función representacional de la poesía que es paralela a la pérdida de un sentido de la invididualidad’”.[158]

Hemos de proceder con precaución pues tal planteamiento demaniano una vez se emplea para el estudio histórico del modernismo, implica algo más que una somera enumeración empírica de caracteres, rasgos, técnicas o propiedades como aclara el propio Jameson. Y es que de principio el proceso de pérdida de función referencial no atañe a la supuesta cosa en sí, una supuesta realidad que se someta tal cual a observación. Entonces escribe Jameson en torno a los procesos pertinentes de interpretación de, pero también en, la obra modernista:

Así, la “primera” o mala lectura de Stierle, a saber, que los objetos poéticos de Mallarmé, tomados uno por uno, son representacionales y bastante realistas, es seguida por un segundo momento en el cual cada uno de ellos “ingresa en la irrealidad por obra de un movimiento que no puede representarse”. Pero la conclusión De Man es sorprendente: “este proceso polisémico sólo puede ser advertido por un lector dispuesto a mantenerse dentro de una lógica natural de la representación”. Y remacha el clavo: “para nuestro argumento es importante que estos temas solo sean susceptibles de alcanzarse si uno admite, en la poesía, la presencia persistente de niveles de significado que siguen siendo representacionales”[159]

Dicho proceso polisémico, que constituiría algo así como la esencia de la poesía –lírica ésta de principio –, es he hecho, lo que ya a su tiempo señalábamos con respecto a la conciencia irónica. Si como apuntaba White la conciencia irónica operó de regreso desde 1870, y además tal como encontramos inmediatamente “expuesta” y “aplicada” por el Nietzsche de 1871, la ironía conllevaría la consideración de que la primera lectura como mala lectura antirrepresentacional – ¿por qué no decir simplemente “literal”? – que requiere ser incluida en su subsecuente supresión correctiva al momento de la segunda lectura. Entre las conclusiones de esto, se encuentra el que la comprensión a que la poesía misma da cabida, tendría que ser ella misma representacional y de un grado más exacto incluso en términos de despliegue de sentido.

Tal comprensión, que reporta una primaria y errónea, pero necesaria lectura, así como una segunda, alegórica y de efecto retroactivo, estaría emprendida desde dos momentos que comprenden las dos temporalidades que también en su momento glosamos.[160] Jameson siguiendo aun a De Man, llama a la primera lectura simbólica, mientras que a la segunda, en tanto despliega una perspectiva global que encierra todo el proceso de reelaboración de la lectura primaria, y por tanto de producción de sentido, la llama metáfora. Por tanto apunta en este momento, y hasta cierto punto contrario a los intereses de nuestro estudio:

Es muy poco sorprendente, por tanto, que la compleja y desconcertante temporalidad de los dos momentos (que es también la temporalidad de una suerte de repetición y, en última instancia, cuando observábamos con mayor detenimiento, la del propio tiempo, la sucesión temporal como tal) se dilucide a través de una explicación retórica.[161]

Sin embargo, si ahora contrastamos esta última declaración de Jameson con aquella otra donde declaraba la insuficiencia del apuntalamiento tropológico que sirve de base a todo texto –pues en éste señalaba, se esconde un relato más profundo y más denso –, ¿qué hemos de inferir?[162] Conciente de los dificultades a las que se enfrenta una vez pretende mantener el carácter de análisis formal de la ideología para su estudio, Jameson reescritura sus proposiciones cuando reconduce la postura de De Man bajo el tópico de teoría demaniana de la ideología, siendo que dicha teoría descubre

[...] el funcionamiento de una verdadera ‘mala fe’ o autoengaño literario o retórico [...] cuyo contenido adoptará diferentes formas y tematizaciones según el contexto literario e histórico, pero acaso pueda caracterizarse de manera más general, en términos contemporaneos conocidos, como una ideología de la representación y de la posibilidad de una encarnación y un significado simbólicos plenos (una lógica ‘natural’).[163]

Jameson, la dificultad de mantener el enfoque de crítica ideológica en tanto esta opera como falsa conciencia, y el descubrimiento de una segunda instancia performática donde lo ideológico posee una estructura positiva. A tal sentido la operación retórica de reconstitución del sentido de la cosa representada es o aparece sólo como un instante preelimiar en la consecución e interioridad de un relato.


b) La imposibilidad trascendental y el ser de la representación.

En tal mediada, el método retórico aplicado tendría que desmitificar aquello que involucrado en términos de reelaboración ideológica se encuentra como el contenido de la forma en la obra del modernismo. En tal sentido, tal desmitificación habría de involucrar un retorno, dice Jameson “a la literatura o bien a un ámbito filosófico postestructural más general”.

De tal forma Jameson cree poder encontrar la “luz” que sobre los presupuestos narrativos, “sirven de base a su estudio”. Así en este punto, procede a sustituir el término de metaforización demaniano por el de narrativización:

[...] de hecho, la unificación de los dos momentos no logra tanto una metáfora de la alegoría como, antes bien, una nueva narración en la cual los momentos del símbolo y la alegoría están vinculados en virtud de instrumentos o mecanismos implícitos en la segunda designación; así todo el proceso llega a ser alegórico no solo de la lectura sino de la propia alegoría. Pero lo mejor, sostengo ahora, es considerar que la operación es narrativa.[164]

El carácter de tal narrativización implica no sólo el despliegue que fundamenta la tercera máxima en términos de su positividad, que “solo pueden contarse las situaciones de la modernidad”[165], sino que también nos da la pauta a la comprensión del hecho mismo de que Jameson caracterice al modernismo artístico o estético como correspondiente en esencia “a una situación de modernidad incompleta”. Y es que para Paul de Man, la metaforización que Jameson llama narrativización, logra la “tematización metafórica de la situación”, siendo propiamente la situación el intersticio que se abriría entre “los dos momentos separados de la lectura (los momentos de un error preliminar y una verdad más concluyente) en un sistema y un único movimiento, y al hacerlo parece transformar su oposición en algo que se asemeja a la temporalidad más continua”.[166]

De hecho y en tal sentido, la situación sería el propio despliegue de la historicidad, que en términos de “modernidad” no es sólo el tropo que permite el relato de la modernidad, sino el acontecimiento mismo que bajo el concepto narrativo de modernidad, estamos en capacidad de aprehender. En tal momento la cuarta y última máxima de su estudio cobra ahora sentido, una vez ésta sintetiza las estas cuestiones que preocupan a Jameson:

“Ninguna ‘teoría’ de la modernidad tiene hoy sentido a menos que pueda aceptar la hipótesis de una ruptura posmoderna con lo moderno”,[167] siendo en tal sentido lo posmoderno el siguiente momento histórico de lectura a la situación que es la modernidad, y por tanto, siendo así mismo toda lectura del modernismo, una lectura que aun debe superarse dialécticamente con respecto a la ulterior lectura del posmodernismo.

Sin embargo aún cuando tal planteo de Jameson nos podría parecer redondo, todavía nos presenta una inconsistencia, pues acaso ¿estamos comprendiendo correctamente el sentido de lo ideológico? Si solo se pueden representar situaciones de la modernidad en tanto la conciencia o la subjetividad son irrepresentables, ¿realmente el modelo de la situación da cuenta del juego de lo temporal? Recordemos por tanto el juego que lo ideológico presenta en Jameson cuando éste define al sistema de De Man como una teoría ideológica de la representación que buscaría desmitificar la representación, cuando ya desmitificar la representación sería invariablemente reificarla en los términos de una lógica. Para penetrar en esta última cuestión, y ver en ello la pertinencia de esta desmitificación, que finalmente nos conducirá a Heidegger, hemos de interrogar qué entiende Jameson por representación, pues el último “mito” de Jameson es justo esa cronología que “se asemeja a una temporalidad más continua”.


c) El mito de la modernidad

El propio Jameson, en el tránsito a su tercera máxima, la de las condiciones de posibilidad del relato de la modernidad, ya nos advertía que: “mythos en griego significa narración o relato; en consecuencia, preferiría concluir que esta versión del comienzo absoluto de la modernidad es también un relato y no volver a caer en la fórmula escéptica e improductiva de que es simplemente un mito.”[168]

La procedencia de tal juicio encuentra su pertenencia temática una vez aborda la cuestión de la escisión moderna entre sujeto objeto, ruptura que ya se encuentra implicada en la doble caracterización del modernismo como pérdida de realidad representacional y despersonalización del relato. De hecho la ruptura constituye el ámbito en tensión donde la obra modernista encuentra su telos, en tanto tal pérdida y despersonalización instauran la ruptura y el periodo mismo del modernismo con respecto a la modernidad. De hecho este se denomina de común, y en calidad de hilo explicativo del modernismo, como “giro introspectivo”.[169]

Por ello, partiendo de Jameson, podemos decir que si la obra modernista en tal ruptura encuentra su telos, y si tal “perdida” y “despersonalización” instauran la ruptura como momento de transición que es el periodo del modernismo, es por que en ello acontece una transformación metafísica. Pero antes de seguir por este camino tenemos que atenernos primero a Jameson.

De tal manera, que para Jameson, en apariencia, lo que se pierde en el modernismo sería el cogito como representación “y, más precisamente, como una representación de la conciencia o subjetividad.”[170] En tal sentido, recordando nuestro señalamiento en la primera parte de este capitulo, a la imposibilidad de fundamentar trascendentalmente el momento efectivo en el que la representación es capaz de poner algo frente a sí, Jameson concibe a la figura del cogito como un fracaso en su intención de fundamentar las ciencias.[171]De tal modo que cuando refiere la posibilidad de un momento inicial absoluto del mythos de la modernidad, paradójicamente descarta al cogito cartesiano como el actor adjudicado a semejante interpretación.

Jameson en la búsqueda de tal comienzo específico traerá a colación a Heidegger con la esperanza implícita de encontrar sustrato sistemático pero también existencial para el concepto de situación, pues en lo que sigue parecería efectivamente retumbar una resonancia a la propuesta demaniana de las dos temporalidades en la dialéctica de posición-separación –temporalidades que por demás ya habíamos vinculado a la hermenéutica heideggeriana –:

Acaso sea este, sin embargo, el momento de examinar la versión heideggeriana de este comienzo específico, en el cual nos costaría, en verdad, conceder prioridad al sujeto o al objeto; y en el que cada lado produce al otro al producirse a sí mismo en un único y mismo momento: sujeto y objeto resultan de este acto inicial de posicionamiento a través de la separación y de separación a través del posicionamiento.[172]

Jameson explica que Heidegger aplica su hermenéutica a un punto lexical que “[d]e acuerdo con pruebas contextuales, quiere que concordemos en que ‘pensar’ es una lectura demasiado estrecha y restringida de ‘cogitare’ y que ese verbo crucial debe traducirse justamente por ‘representación’”,[173] de tal modo que la palabra alemana para representación, “Vorstellung” transmite el significado de mostrar algo en frente. “Vorstellen, el equivalente del per-cipere cartesiano, designa para Heidegger el proceso de traer una cosa ante uno mismo, y por lo tanto imaginarla[...]”[174] Por tanto, aquello que representación señala, en tanto en ella acontece la operación del imaginar, es propiamente el modo de construir el objeto de una manera específica. Así, y en torno a la caracterización de la modernidad por parte de Heidegger como la era de la metafísica de la subjetividad, Jameson apunta:

Sostener, como a veces hace Heidegger, que la era de la representación es también el reino del subjetivismo metafísico occidental, no significa que el objeto en perspectiva sea una mera ficción, una idea para mí, una proyección o un producto de mi subjetividad. Simplemente propone cierta construcción de lo real entre otras concebibles (y el objeto representacional de la perspectiva en la pintura también es en gran medida para Heidegger el objeto de la experimentación científica moderna.)[175]

En tal sentido, y para caracterizar la propia crisis de la representación que ya señalábamos como tópico de Jameson, una vez hemos arribado a esta noción de representación como conformación del objeto y del sujeto en la separación fundadora de la posición misma que guardan sujeto-objeto con respecto el uno del otro, podemos con Jameson identificar tal crisis como la transformación de las pautas que regían tal despliegue coordinado de posición y separación, es decir, y propiamente, el espacio de la representación: “La construcción del objeto de la representación con un carácter perceptible abre formalmente un lugar desde el cual se supone esa percepción se produce; el sujeto es ese lugar estructural o formal, y no alguna especie de sustancia o esencia.”[176]

Requerimos comprender que la apertura formal del topos, en tanto el tropo es el espacio de la representación en sí, implica justo la posibilidad de existencia de tal cosa como el pensamiento formal en tanto dominio técnico que habilita la retórica, la gramática o la dialéctica.

Pero a su vez esta apertura crítica del espacio de la representación no sólo conlleva un desajuste del despliegue coordinado de separación y posición de lo que ocurre en la representación, sino que al tiempo la proyección de ese mismo representar, en tanto configura un estar arrojado al mundo, despeja aquello misma coordinación respecto a lo cual entra en juego el tropo en tanto artefacto técnico de la retórica, fundamentando por ello el hecho esencial de ser dicha apertura formal del tropo el ámbito de reflexividad temporal del tropo mismo.

De tal manera que en tanto el tropo en sí es el espacio de la representación es el tropo en sí, lo que entra en juego es la representación como pertinencia y permanencia del juego mismo: la conciencia.

En tal sentido, y cuando Jameson refiere la irrepresentabilidad de la conciencia o la subjetividad, ¿se refiere a la conciencia individual o se refiere acaso a este lugar estructural o formal que termina por inferir de Heidegger? Si la ideología es aquello que el sujeto hace sin saber que lo hace, tal desconocimiento ¿traduciría la imposibilidad de la representación a ver o representar sus propias disposiciones?

Jameson remata lo anterior en la consideración de que las ulteriores críticas de la representación –aquellas que ya operan en el postestructuralismo – “denuncian en ese sentido la perspectiva y las estructuras conexas como ideológicas en y por sí, sin la intervención de opiniones subjetivas y las ‘posiciones’ ideológicas de un individuo.”[177] En tal sentido piénsese por ejemplo en la figura de la voluntad de verdad de Foucault, que en función a ciertas proposiciones individuales donde Foucault mienta dicha verdad, podríase terminar pensando que abona en dirección a un idealismo objetivo. Sin embargo esto no es así.

Esta especie de fatalidad que encontramos en Foucaul pero también en Heidegger y ya en Nietzsche, es de hecho la misma que se podría encontrar en la hermenéutica de Paul Ricœur pero como también señalamos, en alguien como Hölderlin.

El quid de la situación se termina por enredar al seguir abonando en tal categoría como ideología. Hemos de entender de un modo original qué es metafísica para Heidegger, pues el juego que lo metafísico opera por sobre el entendimiento, es justo lo que se implica en aquello no pensado con respecto a lo metahistórico por parte del propio Hayden White, a pesar de ser esto como tal, el único asunto que como tal Metahistoria trató en términos de teoría de tropos, y que al parecer Jameson a pesar de contemplarlo, no puede tematizar. El sentido reposa por tanto, en poder entender al tropo no como figura, y no sólo como operación de transposición del significado. Antes cabe poder pensar al tropo en relación a su fenómeno existencial originario, de tal manera que hemos de reconducir el tropo en dirección a la cuestión de la técnica, pero ya alejada de la clasificación retórica. Es decirm lo logrado desde Foucault en términso del empleo de signos y disponibilidad de ellos, en tanto que el sentido como el acontecimiento de sí no es originariamente transposición de significado, cuando ya el significado es un resultado técnico de la apertura temporal del sentido, es decir, interpretaciòn. Por ello la cuestión de los tropos y por ende de la narración no es primero el cómo se hace el sentido, pues en tanto a éste sólo lo podemos ver en retrospectiva, desde nuestra posición requerimos preguntar por lo que presuponemos con respecto a él en términos del para qué de su acontecimiento. Sólo desde ahí es que podemos dar cuenta de cómo se “produce” el sentido desde el tropo y con qué signos se produce.


d) Lo no pensado por la retórica. El camino a la metafísica.

Por ello podemos decir que el juego de lo metafísico que opera por sobre el entendimiento es justo la transposición del acontecimiento del sentido y la apertura a la disponibilidad técnica de signos, métodos y conocimientos en términos de la prioridad otorgada a la presencia. Tal transposición es justo lo no pensado por lo metahistórico. En este sentido el juego de la metafísica es el acto metafísico de Nietzsche cuando se fundamenta una figura esencial mediante la determinación de la interpretación de lo existente.

Por esta razón, para Heidegger desde lo metafísico, se opera el pensar de lo existente en la consideración preliminar de un ámbito de verdad ya de antemano predispuesto. Podríamos pensar que esto es justo el juego de la representación, pero debemos ir mucho más lento.

La metafísica acontece de tal manera cuando se “fundamenta una figura esencial mediante la determinada interpretación de lo existente y mediante una determinada concepción de la verdad.”[178] Por ello, en la pregunta por el origen de las formas cabe volver a hacer el cuestionamiento del Extranjero de Elea, en el diálogo del Sofista,[179] y entender por tanto, que la fundamentacíón de la figura determinada no está originalmente significada en términos de su referencialidad empírica, pues la empiricidad misma de antemano, se encuentra gobernada por nuestra aprehensión al imperio de las formas.

El propio análisis demaniano de Jameson nos ha advertido de tal condición al identificar el pretendido núcleo de realidad que subyace intencionalmente a toda representación. Ya antes también, nuestro acercamiento a Nietzsche nos había advertido que en la necesidad de poder captar lo dionisiaco, y por sobre el propio trabajo de las formas para capturar la belleza, había que arrojarse a los brazos de la imagen para poder ingresar a la voluntad que acontece en calidad de acto metafísico.

De tomar en serio esta consideración, un supuesto ámbito trascendental quedaba también descartado de antemano, pues el acto metafísico, aun cuando fuera un acontecimiento estructural, no por ello deja de ser temporal. Sin embargo el sentido de dicho carácter temporal, así como su relación ya sea en el entendimiento cotidiano del mundo o esté en la comprensión historiográfica del historiador, encuentra su mismo origen en aquello que es el tiempo.

De tal modo que la cuestión del tiempo, en tanto estemos en la capacidad de considerarla seriamente, es decir, soportando sus antinomias en el necesario quebranto de los principios lógicos, es lo que finalmente y más allá de la duplicación empírico-trascendental constituye como tal la instancia que dictamina el conocimiento histórico en sus diversas implicaciones, sea en tanto relato sea como texto o como mundo.

Nuestra primera consideración es que si el tiempo es el entre mediante el cual se entretejen las vivencias del sujeto y la conciencia de sí, la elaboración de la trama es propiamente lo mismo que crear el tiempo. Ahora bien, White nos enseñó que tal entramado acontece mediante el empleo de figuras tropológicas. Lo que no se sostiene de la propuesta matahistórica es el carácter inexplicable de las dichosas figuras, pues de hecho las metáforas están determinadas metafísicamente.

El carácter de la obra, de todo discurso, así como del destino en ella involucrado en calidad de tiempo creado, radica en la elaboración de la trama, y por tanto, en la posibilidad de mediación de ella con respecto al plexo total de referencias. Pues la elaboración de la medición de lo temporal, en tanto del tiempo depende la identidad de objetos y sujetos, es propiamente el trabajo de la narración. La cuestión de la técnica empleada por la narración tiene que ser contestada no en relación a las herramientas empleadas en tal trabajo, los medios de la producción poética.

Antes, tiene que ser respondida la cuestión del tiempo –y por tanto la de la historicidad – en términos de una doble disyuntiva, primero la del empleo de las herramientas en términos propiamente de la técnica, y segundo, para comprender dicha técnica, la de la pertinencia histórica de dicha técnica, es decir, la cuestión de los modos de producción pero entendidos estos no como una carrera o progresión en dirección a lo mejor, lo justo, lo bello o lo verdadero, sino en su propiedad para captar la fealdad, la maldad y todo aquello que cae fuera de los valores considerados, pues antes la poiesis misma cabría entenderla bajo el epítome de “infierno”, es decir, los valores trascendentales que predeterminan el curso de una reflexión y finalmente la obligan a encallar en el ámbito de lo incuestionable.

Esto como tal no es sino la consigna de Nietzsche en torno a los límites de la representación, la historicidad y el método genealógico empleado para su indagación: “¡Creedme a mí, amigo estrépito infernal! Los acontecimientos más grandes no son nuestras horas más ruidosas, sino las más silenciosas.”[180]

Ahora bien, enfrentándonos de lleno al problema por excelencia de lo temporal relativo a la técnica, su cuantificación, la posibilidad de reducción continua de la unidad de medición de lo temporal ¿es causa o consecuencia del “ritmo” de vida, del modo de producción de una cultura? En tal sentido, ¿nuestra cronología, pero también nuestra filosofía de la historia, qué relación tienen con todo esto? ¿En qué medida la certeza empieza justo con la cronología, con la posibilidad de determinar el momento, el espacio temporal, en que acontece un fenómeno? ¿En qué medida las propias pautas lógicas que nos permite estabilizar el discurso y estipular identidades y diferencias dependen ya también del tiempo? En tanto que la modernidad de lo moderno implica una cuestión metafísica fundamental, se involucra en todo esto el estatuto la certeza de la existencia misma. Pues es menester volver sobre nuestro pasos y preguntar si es el cogito el despliegue de la verdad.

Dicha elaboración cronológica, ¿en qué medida parte de abrupto desde un dictado político que impone una trama subyacente al todo de la cultura, pasado-presente- futuro, un calendario que gobierna y pretende dominar sobre todo lo anterior y todo lo porvenir? De ser así, ¿cuál es la naturaleza de tal pretensión? ¿En qué medida se puede hablar de un primado de la narración por sobre la certeza del existir humano cuando ésta ya posee a priori una trama temporal, un sistema de valores temporales? Tal vez esto indicaría algo que la cotidianeidad nos señala continuamente al paso, el que la narratividad es una dimensión esencialmente inherente e inalienable del existir humano. ¿Pero, esto no constituye simplemente la naturalización política de la mimesis aristotélica que se estipula desde la Poética? ¿No significaría esto que los modos de la trama han llegado a constituir algo así como una estructura típico-ideal con la que ya siempre desarrollamos nuestro existir? O pensando estas cuestiones relativas a la comprensión de las narraciones por parte de un historiador ¿por qué la insistencia en la objetividad y en la estipulación de verdad en las fuentes a las recurre?, ¿existirá efectivamente un fuera-de donde la poeticidad del existir humano pueda dejar de depender del movimiento mismo de la sensibilidad humana? ¿Qué acaso lo descrito o consignado en un documento, no formaría ya parte de un relato en el que tal documento no es más que un emisario? ¿No sería esta la primaría indicación de la hermenéutica?

Es innegable que tal sistema de valores temporales resulta un producto histórico, pero ¿cómo se modifica?, ¿cómo la narración, la innovación en técnicas, genera nuevas pautas, nuevos horizontes de comprensión de lo humano? Por ello es que en el cuestionamiento al cogito aparece la apertura hacia una transvaloración de la cronología como la pauta para responder a la pregunta por la gestación de la cultura.

Por ello, dentro del problema histórico de la tecnología, al contemplar las innovación técnicas en las ciencias, ¿por qué se leen disociadas las innovaciones técnicas de las artes?, ¿por qué de facto se les asigna más realidad, más efectividad a las innovaciones técnicas de la ciencia que a las innovaciones técnicas del arte o incluso de las ciencias sociales, la historia y la filosofía?

Tal vez en esto se esconda el poder de la pretensión de dominio por parte de un régimen temporal. Y tal vez en esto reside también el problema de la productividad, de la necesidad de inmediatez en el rédito aportado por una tecnología como transformación de la cotidianeidad, pues el carácter mediado y mediador del arte involucra procesos de más largo plazo, y por tanto, de mayor amplitud en su dominio y determinación.

Bien podría objetársenos el porqué del emplear categorías economicistas al arte. Sin embargo, la economización del arte no es sino parte de la economización general de la existencia humana. El susodicho proceso de “autonomía” del arte se realizó sólo como un tránsito de adscripción de dominio desde principios del siglo XIX a principios del siglo XX: del estar bajo la tutela de la aristocracia y el Estado mediante la figura de la Academia, las artes, ya desde finales del siglo XIX, pasaron a regirse por los “auspicios” del mercado y la empresa privada. Tal vez ahora, la ciencias o las humanidades en nuestro país padezcan un destino similar, una autonomía mayor, en tanto la iniciativa privada esté en capacidad de financiar más investigaciones, o de servirse de las instalaciones y de las técnicas académicas para sus propios fines, sean estos mercantiles o altruistas.

Pero regresando a los procesos de autonomización ¿cómo afectaron, o cómo cambio ésta circunstancia los temas y las técnicas del arte en la ejecución plástica de las mismas? Pero ¿y en la literatura?, ¿cómo se transformaron los temas pertinentes a la narración así como las propios técnicas narrativas? De proseguir la investigación por tales instancias, cabría preguntar si acaso tal causalidad, tal seriación atribuida desde el ámbito de domino político del arte en dirección a los temas y técnicas es pertinente, pues además de haber excepciones en tal tránsito, la explosión temática y el propio crack de la representación podrían haber encontrado sus propios motivos en causas idénticas a las de las diversas revoluciones burguesas que del siglo XVIII al XIX produjeron las diversas transformaciónes político-económicas de las sociedades europeas en su transito del Ancient al Nouve regimen.

En esta consideración, y desde el enfoque que privilegia la pertenencia institucional de una práctica para el estudio de la misma, la literatura es cuestión aparte. Ella nunca estuvo vinculada como tal a un ámbito académico en la formación de profesionales de la escritura, aprobación de técnicas y determinación de temas de la representación. Pues a pesar de existir para el habla hispana una figura como la Real Academia de la Lengua, otra institución como la figura de la Prensa Libre desde finales del siglo XVIII liberalizó la propia representación narrativa.

Pero, ¿no acaso la prensa libre representaría una instancia institucional hacia donde las prácticas escriturales se plegaron para encontrar no sólo patrocinio, sino adecuación temática de la representación acorde a las condiciones políticas decimonónicas? (Mencionadme un solo escritor desvinculado al periodismo durante el siglo XIX )

Cierto es que de seguir esta vía, pronto tenderíamos todo un mapa de instituciones, currículas disciplinares, ámbitos de poder fáctico, ideologías políticas e intereses económicos que atraviesan en general al ámbito de la representación. Pero ¿qué acaso las prácticas representacionales están fuera y más allá de las prácticas mismas que se dan al interior de cada espacio institucional referido? Retornando al plexo de valoración temporal, es decir, a las pautas para la adjudicación de identidades y alteridades, igualdades y diferencias diría Foucault, no hemos de olvidar que la institución que de lleno nos incumbe una vez preguntamos por el tiempo es esencialmente sólo una: la institución metafísica Por ello, en la pregunta por la institución metafísica y en tanto que para Heidegger la perspectiva técnica de la pintura moderna es en gran medida el objetivo de la experiencia científica moderna, resulta que las propias transformaciones de la institución científica europea, como son la electrodinámica, la teoría óptica, el electromagnetismo, la mecánica cuántica y la propia teoría de la relatividad de Enstein, tendrían que aparecer involucradas en el mismo proceso de tranformación de la representación donde suceden las vanguardias estéticas y donde resultó pertinente pensar el ser en dirección al tiempo, es decir, el filosofar que desde Nietzsche, Bergson, Husserl, y el propio Einstein, llegó hasta Heidegger.

De tal manera que en tanto el plexo de valores temporales no parte, sino que subyace de facto a la separación de los órdenes del ente en tanto horizonte de comprensión del ser del ente, la escisión disciplinar de las artes, la oposición de éstas con las ciencias, la transformación radical de ambas, así como la pertinencia o justicia con que instituciones legislativas y judiciales disponen y controlan y proponen temas problemas o adjudicaciones a las artes y a las ciencias, parte de la separación o transposición de los entes, es decir, del propio crack de la representación.

Pero esto como tal no es otra cosa sino el concepto del ser, pues el ser permite comprender y entender al ente de tal o cual modo. De hecho, más bien, permite comprender al ser del ente de tal o cual modo. De tal modo esto ocurre, que la “posibilidad” de comprender al ente en tanto ente despliega la posibilidad de la metafísica occidental en términos efectivos de cosificación del ser del ente y fetichización del ente en tanto lo ente del ente.

De momento cabe preguntar si efectivamente la fetichización acontece sobre el ser cosificado. Debe ser de esta manera, puesto que no se puede fetichizar al ente como tal, al no existir tal cosa como la “cosa en sí”. Por ello, hemos de presuponer que en tal proceso opera bajo una “apariencia”.

La figura del olvido del ser de Heidegger, opera descriptivamente ya en la comprensión de lo ente en tanto ente como posición límite de la historia de la metafísica, Dicha posición, al desplegar la interpretación del ente en el horizonte de lo absoluto, lo atemporal o lo eterno, norma el concepto común de esencia y nuestro horizonte de lo existente. Y por tanto toda comprensión de la cultura o de lo cultural como ámbito de producción del hombre. De tal modo que en tanto que de lo esencial se trata, la idea e incluso los modelos de la crítica de la representación como todo aquello que se nos ofrece inmediatamente a la contemplación, constituyen lo empírico inmediato que nos sale al paso, paradójicamente la realidad prístina que le atribuimos a White como supuesto, y que desde el principio de la historia de la metafísica, constituyó el proyecto de la filosofía platónico-aristotélica.

Por tanto, nuestro primero y último horizonte de reflexividad es la hermenéutica heideggeriana. Hemos de intentar mantenernos en su amparo, máxime cuando nuestra cuestión interroga por el sentido de la época y la cultura que permitió pensar el planteo de lo temporal de Heidegger. Por ello, si preguntamos cómo fue posible que Heidegger, en el periodo 1924-1927, al final de modernismo y justo antes de que los regimenes totalitarios de la Alemania fascista o la Rusia soviética suprimieran a las vanguardias modernistas, replanteara la cuestión del tiempo al interrogar por el sentido del ser del ente, la respuesta en el sentido de la historicidad de la cuestión, debe intentarse responder en términos de la desestabilidad de las disposiciones metafísicas que se jugaban en la representación, es decir, la espaciotemporalidad como acto metafísico.

La crisis de la representación que Jameson refiere para con el modernismo, es por tanto el ámbito de pertinencia a nuestra propia interrogación. El problema, máxime cuando éste deviene de la denominada duplicación empírico-trascendental señalada por Foucault, estriba en que de concebir a la crisis como tal, determinaríamos nuestra interpretación en términos de comprender una historia de decadencia y descomposición de la cultura decimonónica, que justo en el rechazo y execración a la ironía reactivada para 1870, sería imperativo denunciar una vez empezáramos a comprender todo lo acontecido en el proceso que corre aproximadamente de 1870 a 1930 como una senda de lenta disgregación bajo las fuerzas esencialmente negativas de la diferenciación y la separación.

Por ello, para no caer en esta tragedia pesimista que constriñe al nihilismo como una mera ideología de la desesperación, requerimos contemplar que en la pregunta por cómo se determina el sentido de lo representado desde lo epocal de la época en tanto adjudicación a un fenómeno o acontecimiento de sentido, dicho sentido antes bien sería siempre re-conocimiento, anamnesis. Por ello lo epocal de la epoca es la disposición metafísica que en su quiebre permite la fusión horizontal gadameriana como tal reencuentro, lugar donde se evidencia que lo único nihilizado es la propia disposición metafísica.

No queremos decir que la disgregación en tanto diferenciación y separación no haya ocurrido, pero no es así como se significa el proceso de contemplarse desde la prácticas creativas fundamentales, pues una vez nos aproximemos a algunos ejemplos de ellas, encontraremos posibilidades de imaginación que difícilmente podríamos comprender de encerrar nuestro entendimiento en la pauperización de los cánones clásicos para representar o disponer lo cultural. Por ello esta hipótesis intenta responder o señalar las condiciones de posibilidad que de hecho deben ser las misma que habilitan un pensamiento como el de la metahistoria de White.

De tal manera es que proponemos la figura del crack de la representación para comenzar a comprender este proceso, que si bien encuentra sus orígenes en momentos tan distantes uno de otro como podrían ser el temprano romanticismo decimonónico, o el propio fracaso del cogito cartesiano propuesto desde el siglo XVII y artífice de la Ilustración, antes ya se nos presenta, y en función de lo logrado desde las caracterizaciones de White y Jameson, propiamente a partir de las décadas de 1860 y 1870. Y es que en este periodo nuevas posibilidades positivas a la creación se habilitaron desde la descomposición de las llamadas formas puras, que bajo las encarnaciones de Dios o de la subjetividad, dejaron escuchar sus truenos al momento de su quiebre. Independientemente a la posición desde la que se quisieran contar los acontecimientos, la trágica muerte de Dios, la comedia de ésta misma, la epopeya o el romance de los nuevos héroes modernistas al estilo bohemio de Toulouse Lautrec o Vincent van Gogh, lo cierto es que nadie podría permanecer sordo a la onomatopeya que obliga a volver las espaldas para preguntar qué pasó.

Para poder entrar de lleno a lo que en materia de hermenéutica historiográfica nos atañe, y en relación a los problemas teóricos y metodológicos que hemos abordado con nuestras exposiciones preparatorias de los modelos histórico-explicativos de White o Jameson, es momento de poder enunciar las pautas hermenéuticas que orientarán nuestras consideraciones en la aproximación a las obras de la época del modernismo.

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[142] Cuál es la opinión de Heidegger respecto a los vitalismos, vid, Meditación §15.


[143] La diferencia entre ser como deber y ser como tener, ergo poder, voluntad, etc. La deuda y el crédito asignado que implica vs. la fe y la posesión de la certeza.


[144] Dice Jameson: “Podemos entonces, con Reinhart Koselleck, generar una historia de las ideas en la cual el surgimiento de nuevas palabras temporales se utiliza como prueba para una narración sobre la evolución de la conciencia histórica. Desde el punto de vista filosófico, sin embargo, este enfoque zozobra en las antinomias de la propia temporalidad, sobre la cual se ha dicho con autoridad que ‘siempre es demasiado tarde para hablar del tiempo’. Ibidem, p. 26.


[145] Ejemplos de esto sería la doctrina del amor fatti explicada por el propio Nietzsche en el aforismo 276 de La gaya ciencia: “Para el año nuevo”, sería un precedente: “Quiero aprender a considerar cada vez más la necesidad en las cosas como lo bello en sí: —así seré uno de los que embellecen las cosas. Amor fatti (amor al destino): ¡que sea éste mi amor en adelante! No haré la guerra a la fealdad; no acusaré a nadie, no acusaré ni siquiera a los acusadores”. Así mismo la invocación de Hölderlin a la tierra en La muerte de Empédocles: “Y abiertamente consagré mi corazón a la tierra grave y doliente, y con frecuencia, en la noche sagrada, le prometí que la amaría fielmente hasta la muerte, sin temor, con su pesada carga de fatalidad, y que no despreciaría ninguno de sus enigmas. Así me ligué a ella con un lazo mortal.” Friedrich Hölderlin, La muerte de Empédocles, Barcelona, El Acantilado, 2007.



[146] “En tanto no recojas sino lo que tú mismo arrojaste, todo será no más que destreza y botín sin importancia; sólo cuando de pronto te vuelvas cazador del balón que te lanzó una compañera eterna, a tu mitad, en impulso exactamente conocido, en uno de esos arcos de la gran arquitectura del puente de Dios: sólo entonces será el saber-coger un poder, no tuyo, de un mundo.”, Hans-George Gadamer,Verdad y Método, trad. Ana Agud Aparicio y Rafael Agapito, Salamanca, Ediciones Sígueme, 1993.


[147] Jameson, Una modernidad singular, op.cit. p. 89.


[148] Sócrates.


[149] Jameson, Una modernidad singular, op.cit. p. 89


[150] ¿En qué medida el manifiesto como manifestación de lo puesto en juego por parte de la obra modernista ejecuta justo esta esencia poética de toda creación, de toda determinación original, de todo producto o producción cultural?


[151] Cfr. Jeremías del Antiguo testamento.


[152] Jameson, Una modernidad singular, op.cit. p. 91. A su momento veremos que esta antinomia en Jameson muy bien podría entenderse desde el recursamiento del propio Marx una vez se enfrentó al problema de la representación frente a la propiedad o cientificidad de sus categorías analíticas en el estudio del capital. Vid. infra.


[153] Bajo la categoría del “hecho” se esconde el infinitivo verbal que refiere el carácter esencialmente procesual de todo sustantivo, ergo de todo nombre, es decir, el verbo como temporalidad ya oculta de todo nombre.


[154] Ibidem, p.93.


[155] Ibidem


[156] Jameson, Una modernidad singular, op. cit. p. 189.


[157] Cfr. Ser y tiempo. Parecería de principio que en Heidegger, dicho carácter hermenéutico subyacente a la lógica, bien podría entrar en contradicción una vez la propia hermenéutica de la facticidad opta preguntar por el sentido del ser, es decir, el tiempo. Sin embargo tal contradicción, no señala sino el propio circulo del pensar de Heidegger, donde de hecho los dos momentos, el lógico y el hermenéutico, referirían antes, dos épocas distintas de la historia del ser.


[158] Jameson, Una modernidad singular, op. cit. p. 97.


[159] Ibidem, p.98.


[160] Vid. Supra. p. 9. checar página


[161] Ibidem, 101.


[162] Vid, supra, n.30. (Jameson. p.44.)


[163] Ibidem, p. 103.


[164] Ibidem,


[165] Vid. supra n.34. (Jameson p. 56.)


[166] Ibidem, p. 102.


[167] Ibidem, p. 86.


[168] Ibidem, p. 47.


[169] Ibidem, p. 115. En torno a este giro, Jameson continua así: “Es irónico y paradójico, entonces, que también deba ponernos en la senda de algún uso más productivo de esa temática. En efecto, su tema fundamental —la pérdida de la realidad representacional (la traducción demaniana de Entrealisierung) que acompaña una Entpersonalisierung (que yo prefiero traducir por despersonalización)— sugiere que, como en el caso de la narrativa del modernismo, en el ámbito del arte moderno puede reconocerse que el tabú referido a la representación de la subjetividad ha sido interiorizado en la obra de arte, para ofrecer una nueva versión de su telos.” Ibidem.


[170] Ibidem, p. 45-46.


[171] En su momento dijimos que Jameson buscaba fundamentar la filosofía, esto por su esencial vocación crítica, pero de tal modo lo mencionamos que no hicimos referencia explicita a dicha intención. En tal sentido después de describir el derrumbamiento sucesivo del cogito y de descubrir a la individualidad burguesa de la modernidad como “una representación ilegítima de la conciencia como tal”, Jameson cree colocarse en la pista de una tercera alternativa en la figura de la autoconciencia o reflexividad: “aquí, entonces, hemos alcanzado de improviso, al parecer, un concepto filosóficamente más viable sobre cuya base pueden sostenerse los atributos de la libertad y la individualidad.”Ibidem, p. 54. En la desesperación de este mismo absurdo, es que finalmente enuncia la tercera máxima de su estudio y descubre finalmente la situación.


[172] Ibidem, p. 47


[173] Ibidem, p. 48.


[174] Ibidem.


[175] Ibidem, p. 49.


[176] Ibidem, p. 49.


[177] Ibidem, p. 47.


[178] Martin Heidegger, “La época de la imagen del mundo.”, en Sendas perdidas: Holzwage, trad. José Rovira Armengol, Buenos Aires, Losada, 1969. p.67.


[179] Plátón, Sofista, 242 d y ss. Le dice el extranjero de Elea al joven Teetero, “Me parece que, tanto Parménides como aquellos que alguna vez se propusieron definir cuántos y cuales son los entes, se dirigieron a nosotros con ligereza.” Teeteto le pregunta qué quiere decir, y el extranjero prosigue: “ Me da la impresión de que cada uno de ellos nos narra una especie de mito, como si fuesemos niños”, después ya presa del paroxismo, termina su cuestionamiento a los principios lógicos en estos términos: “¿comprendes, Teeteto, ¡por los dioses!, qué se quiere decir en cada caso? Pues, cuando yo era joven, creía comprender claramente cuando se hablaba de esto que ahora nos tiene a mal traer, el no-ser”


[180] Friedrich Nietzsche, Así habló Zarathustra, trad. Juan Carlos García Borrón, Madrid, Sarpe, 1983, p. 154.



[181] Lo que intentaremos será la articulación del denominado Ereignis –evento apropiador que funda el ahí del ser-ahí –, y el Dasein con sus posibles aplicaciones prácticas en términos de la filosofía de la historia. Es necesario asumir que nosotros ya elaboramos este ejercicio desde la experiencia y en la dirección de las hermenéuticas de Gadamer y Ricoeur, pero también con la de la arqueología del saber de Foucault.


Así mismo, nuestra noción de posibilidad categorial, por la dirección que intentamos imprimirle con relación al devenir histórico, trata de recoger la distancia y la tensión, pero también y más importante, la movilidad existente entre aquello señalado con los términos “espacio de experiencia” y “horizonte de expectativa” de Reinhart Koselleck, mismos que elevó a universales antropológicos, es decir, fundamentados en el existir del Dasein.[181]Cfr. Martin Heidegger, Aportes a la filosofía: acerca del evento, Buenos Aires, Biblioteca internacional Martin Heidegger, 2003.


[182] No es este el sentido como tal que quiere imprimir Foucault a la figura de oposición que constituye el título de su obra capital, Las palabras y las cosas, donde señala justo la estrecha relación entre el algo aparecido y el algo del nombrar que hace aparecer, donde para ser posible como relación lo que aparece en el enunciar, se despliega por encima de aquello que llamó Foucault, episteme, siendo posible así el saber.


Cfr. Foucault, Michel, Las palabras y las cosas, México, Siglo XXI, 1978.


[183] Cfr. La noción de abrigo empleada por Heidegger a propósito de los zapatos de la labriega pintado por Vincent Van Gogh en“El origen de la obra de arte” en Arte y poesía, trad. de Samuel Ramos, México, fce, 2005, p. 59-64. Así mismo revisar la dicotomía fundamental del lenguaje en términos de significación y temporalidad, señalada ésta por Paul Ricœur, La metáfora viva, Madrid, Ediciones Cristiandad, 2002. La unidad mínima de significación atemporal es el nombre, en tanto la unidad mínima de significación temporal es el verbo. Lo que queremos señalar y en la precaución de que no somos lingüistas o gramáticos, sino historiadores y filósofos, es que tal dicotomía entre nombre y verbo ya se despliega por sobre el ámbito de posibilidad categorial que ubica a lo temporal existente sólo como aprehensible en relación a lo atemporal esencial e inmutable. Pero como se vera, tal separación entre nombre y verbo no es posible ni válida o siquiera pertinente para estudiar lo existente en el mundo posterior a la muerte de Dios.


[184] Cfr. Michel Focault, La arqueología de saber, México, Siglo XXI, Estirando la vocación de la arqueología, ella, al pretender estudiar el lenguaje en su plano de existencia, realiza justo esto que se quiere señalar, siempre y cuando se logre reconducir, la metodología que la arqueología es, a su ámbito de posibilidad categorial fundamental, es decir, la ontología existenciaria del Dasein. [checar redacción]


[185] Cfr. René Descartes El discurso del método


[186] Este campo semántico es el que proporciona la captación de la identidad y alteridad subyacente a todo ente que nos sale al paso en el mundo. Sin embargo este campo no mienta como tal la integridad del acto poético. Reinhart Koselleck pretende que tal disciplina es autónoma a la hermenéutica practicada por Hans-George Gadamer. La peculiaridad estriba en que la semántica se mueve en la dimensión de lo óntico que nos sale al paso en la cotidianeidad, más no así en la determinación ontológica que se juega y con la cual se estructura aquello que llamamos mundo. [Cómo lo óptico es simplemente una tesis operativa que permite la marcha de la analítica existencial, es decir, lo óptico es solo el entredicho al perene acontecimiento del logos]


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Conciencia, tiempo y representación | Tres | 1.- La posibilidad categorial


Tercera parte. El ámbito de posibilidad categorial
Evento significante y evento significativo





Baron de Montesquieu theorized the principle o...
Baron de Montesquieu theorized the principle of separation of powers, that has been implemented in all liberal democracies since it was first applied in the United States. (Photo credit: Wikipedia)
Si consideramos que el conocimiento de los principios tanto químicos como ópticos de la fotografía estaban bastante extendidos después del experimento de Schutze (en 1725)... que la fotografía no se inventara antes sigue siendo el mayor misterio de su historia... aparentemente, a ninguno de los muchos artistas de los siglos XVII y XVIII que utilizaban habitualmente la cámara oscura se les ocurrió emplearla para fijar su imagen de forma permanente.

Helmut Gernsheim, Los orígenes de la fotografía.





1.- La posibilidad categorial

Si el enfoque metahistórico no puede dar cuenta del momento en que la representación pone o hace algo presente, es por que no pregunta por el sentido del tiempo, de tal modo que no ejecuta el proyecto de una historia de la propia posición metafísica que lo habilita. A tal respecto, no para nombrar al tiempo, sino para poderlo comprender en tanto tiempo que trascurre entre todo decir y la cosa que comparece a tal llamado, requerimos pensar lo que denominamos ámbito de posibilidad categorial.


En tan sentido definiremos a la posibilidad categorial como lo definible, tratable, utilizable, aperceptible, pero también lo emergente, en rededor a aquello que llamamos palabra. Como tal no se trata de algo material o ideal en potencia, pues de principio la posibilidad categorial no es algo, sino que es la posibilidad del ser-acción ya siempre acaeciendo donde el algo aparece.[181] Con respecto al objeto o al sujeto de esta acción, cabe decir que no están ahí dados de antemano así como así, sino que ambos son elaboraciones práctico-efectivas de esa acción que cabe llamar acto creativo.[182]


En tal sentido es que en toda ciencia, disciplina, oficio o actividad humana, el objeto se constituye acorde a las posibilidades categoriales de dicho ámbito, de entre las cuales la más importante es el uso efectivo, el cual se nota en el definir que realiza la palabra. El ámbito de posibilidad categorial no es y no puede ser independiente a otras ciencias, disciplinas u oficios; tampoco es particular existiendo a lado de otros. Más bien se trata del ámbito fundamental de la cultura de una comunidad; aquello que en última instancia describimos como ámbito de posibilidad categorial es eso mismo que de común denominamos mundo. Sólo cuando se opone un mundo a otro es propio hablar de superposición, transposición o plegamiento de diversos ámbitos de posibilidad categorial.


El “qué” de algo, pero también y al mismo tiempo el “cómo se puede nombrar algo” es la elaboración del nombre y la denominamos poiesis o acto poético. Sin embargo poiesis es simultáneamente y de un modo más originario, resguardo, mantenimiento y despliegue de mundo, todo esto además en un solo movimiento.[183] En términos prácticos, esto implica que ya desde siempre en una disciplina específica, la poiesis conlleva también un “para qué” más original al propio “qué” que mienta algo y al cómo se mienta lo mentado. Es decir, ese “para qué” del algo ya siempre es correlativo a la necesidad misma de algún implemento, el propio acontecimiento de la palabra que técnicamente abre el sentido y permite nuestra relación con las cosas. Esto es el Ereignis heideggeriano en tanto evento-propiciador.


Por ello, postulamos que más allá de la forma y el contenido, está el fenómeno hermenéutico, que si bien es cierto se encuentra anclado a la forma y al contenido –de hecho sólo aparece a razón de ellas –, dota, en tanto evento apropiador, de un sentido de manera retroactiva permitiendo que la forma y contenido comparezcan en términos de su propio ser, es decir el ser-forma de lo formal y del ser-contenido a lo material. Sin embargo, a pesar de ser esto correcto, en estos pensamientos no se encuentra todavía pensado la eventualidad del sentido, pues desde el ser-forma de lo formal y el ser-contenido de lo material, es menester de antemano pensar el ser desde su actualización efectitiva como futuridad o advenir. Pues desde tal momento es necesario dilucidar el instante en que efectivamente algo aparece. Por ello, el acto creativo antes de poder ser clasificado como representación factica o ficcional, conlleva una relación existencial anterior a la atribución de identidad, en tanto ésta se fundamenta en los principios lógicos.


Al nombrar algo emerge inmediatamente un “qué” (identidad del objeto) y también un “cómo” de ese “qué” (relación de alteridad que dota de sentido a ese objeto identificado). El nombre como actividad del lenguaje –o speech act como lo nombraron los analistas británicos –, coloca y hace emerger “la cosa”. El habla, al ser un acto, tiene una intencionalidad co-originaria que fenomenológicamente es la función intencional de la acción nominativa; un “para qué” que de modo diacrónico determina a los sincrónicos “qué” y “cómo”. La acción nominativa como performatividad de todo objeto perceptible es ya operante al interior de toda disciplina o actividad.



a) Un ejemplo del nombrar.



Pensemos por ejemplo en el acto nominativo “vaso de café”.[184] Tal vaso de café contiene dos elementos, el vaso, y el café. La enunciación “vaso de café” vincula ambos términos en un modo específico. El vaso es relativo al café al tiempo que el café es relativo al vaso. Es un vaso para contener café, y éste a su vez, es para ser contenido, transportado, bebido, en el vaso. El para qué del vaso habilita los posibles usos del café, a la par que el vaso adviene como vaso sólo en el momento práctico de cumplir su función. Cabría preguntar, anterior al acto nominativo, qué son tanto uno como otro, es decir, en qué se basa nuestra creencia en que el vaso y el café y el café como tales, preexisten y tienen estabilidad, en tanto nosotros poseemos la certeza de tal estabilidad.


Para poder entender históricamente la importancia de esta certeza, la constitución de los sistemas que permiten la operatividad de un mundo, así como la muerte de la misma, es necesario señalar que en Descartes, la certeza de la res extensa, es decir el mundo, proviene no de la mente del sujeto, el cogito, sino que le viene de su relación como ente creado por Dios. Para conocer, el cogito debe realizar una triangulación con ese algo inmutable y atemporal que es Dios. Por ello no es gratuito que en el Discurso del método, Descartes busque descubrir los principios metafísicos que sostienen, como potencias del alma o capacidades del cogito, a la verdad, al conocimiento y a la conciencia, tratándose dichos principios justo de la inmortalidad del alma y la existencia de Dios.[185]


Pero bien, en el camino que tratamos de señalar para nuestra reflexión, de realizar tales cuestionamientos, descubriríamos que los supuestos objetos subyacentes al término “vaso de café” no son sino en el claro del lenguaje, de los signos que los mientan y los hacen aparecer. “Vas­­o” y “café” se colocan sobre un entramado general que ya siempre tiene disponibles los sustantivos posibles a aquello que nos sale al paso. Tal red,[186] el campo semántico, también es y está en juego desde el ámbito de posibilidad categorial.[187]


Pero existe una diferencia radical entre aquello que en la cotidianeidad aceptamos como lo real, lo dado, lo sabido o lo ya interpretado, y aquel nombrar específico que acontece en ciertas áreas de la cultura. Para captar esto pedimos se contemple que nombrar es ya siempre estar en el actuar, y que a su vez, todo estar en el actuar es ya siempre nombrar. Esta dimensión esencial y bipolar del participio, frente al infinitivo, mienta el triple éxtasis temporal. Así el ser-vaso y el vaso existente son la “cosa en sí” y su empleo como vaso al resguardo del enunciado “Vaso de café”, que ya siempre es no sólo la enunciación, sino ya uso efectivo del vaso de café en la fusión horizontal con la misma estructura correspondiente al fenómeno total “café”, que igual implicaría los mismos términos que el significante “vaso”.


Así, el uso de la palabra involucra tres elementos, “vaso”, “café” y la proposición “vaso de café”, que como acción o acto de habla, observa y obliga al pensamiento a pensar desde el acaecimiento del vocablo en tanto tal. Dos preguntas emergen ahora en relación al puerto que añoramos, primero ¿cómo es posible el nombrar?, y segundo, cuando el nombrar es divergente al ahí de la cultura, al todo de una sociedad, ¿qué hace posible tal nombrar divergente?[188] Es decir requerimos preguntar por cómo y para qué se instauran las modificaciones técnicas en nuestro trato con el mundo.


Al estudiar las “cosas”, y más importante aun, al estudiar la enunciación de estas desde el plano de lo existente tal como reclama Foucault, no se puede concebir como anteriores en sentido cronológico al vaso, al café y a la proposición como tal.


El problema es que si bien no se trata de una anterioridad cronológica sino estructural, lo estructural es también temporal aun cuando es cierto que no lo es cronológicamente –piénsese en la distinción diacrónica y sincrónica de Saussure –. En el problema de la procedencia del agente extraño que hace emerger como visibles a las cosa[189], Foucault en Las palabras y las cosas quiere señalar la existencia de un “dominio intermedio” entre lo por identificado por él como orden de los códigos, “los que dan a las cosas su ley interior”, y las teorías científicas e interpretaciones filosóficas que interrogan y explican por qué existe el orden de los códigos.


Esto parece estar muy bien, salvo por un problema, pues la arqueología como metodología empleada en nuestra investigación, se muestra insuficiente cuando el propio Foucault en la Arqueología del saber, exige y se exige a sí mismo, estudiar al lenguaje desde su existencia, pues hay un punto donde la existencia en Foucault se tuerce irremediablemente a lo atemporal.


Es decir, que en la cuestión del orden de los códigos, Foucault esconde una negación de la filosofía como temporalización, entendiendo con ello a los códigos como subyacentes al mundo, e independientes de elaboración por parte de las teorías científicas y filosóficas. Esto puede percibirse mejor en el carácter apriorístico, sintético y categórico; más no así categorial, que tiene el espacio enunciativo en el desarrollo arqueológico de Las palabras y las cosas.[190] Es por ello que se reclama una reconducción de la arqueología del saber a la ontología fundamental del Dasein, pues es en la propuesta historiográfica-hermenéutica de Heidegger –el pensar histórico del ser –, donde se reclama y se habilita la comprensión de lo existente desde la esencia misma de lo existente, es decir, el acontecimiento del ser o Ereignis, y no desde el espacio que como ser-cosificado en los análisis del estructuralismo se reporta y se quiere mantener.


Lo que se quiere señalar es que la estructura también se estructura, lo cual, en otras palabras, sólo significa que el espacio en tanto espacialidad, es un modo de la temporalidad. Que Foucault mismo ya parte desde Heidegger, pero sin radicalizar el estudio de lo existente, se muestra en que el propio Foucault toma ya a ese dominio intermediario, “más confuso, más oscuro y más difícil de alcanzar” como el ahí de una cultura. A tal respecto la pregunta sería cómo se estructura el ahí de una cultura. Pues en tanto que el orden de la reflexión ya es ámbito de representación efectiva donde acontece y desde donde acontece el ahí de una cultura, el conocimiento de estas disposiciones señala el viaje reflexivo a un allá contrapuesto al ahí de la cultura. En tal sentido lo “infernal” poéticamente hablando, refiere justo dicho allá que permite caracterizar el aquí o el ahí de una cultura en tanto punto de fuga donde la representación se gobierna desde la perspectiva de dicho “viaje”.[191]


Lo que se sostiene en esta investigación es que las teorías científicas y las interpretaciones filosóficas son ya practicas representativas –ordenes de la representación o de lo códigos – donde acontece y se despliega el ahí de la cultura pero en negativo. El cómo de esto, en relación a la emergencia del carácter temporal del tiempo, o la cuestión hermenéutica, se pretende contenido de esta tesis.


Pero bien, en tanto que la supuesta “cosa” ya siempre es enunciación, como tal no es independiente a su “representación”, a la palabra que la invoca y nos convoca con ella. Por tanto sólo existe “ahí” donde hay lenguaje, o por lo menos, hay “ahí” donde es posible representar por más parco que éste sea. En este sentido dos piedras, e incluso una sola piedra ya significa algo en tanto marca, señal o indicio de algo más. (el origen de la palabra hermenéutica) [192]


Sólo en este sentido se puede aceptar preexistan los entes en cuestión, vaso y café, pero más que en un sentido estructural,estructurándose siempre por el todo de la cultura, es decir del mundo. Café y vaso son objetos ya ahí-a-la-mano y por ello están ya siempre inmiscuidos en relaciones intencionales precedentes. De tal manera que el ser existente es existiendo en el ahí de la palabra que enuncia el Dasein. A tal respecto es que en términos lingüísticos estaríamos obligados a realizar en este punto un estudio de las relaciones prácticas del participio, el infinitivo y el gerundio.


Tal punto nos presenta un doble problema. Por un lado no existe anterioridad cronológica más sí estructural; sin embargo, en el uso efectivo aquél que dispone del vaso de café, acepta, e incluso requiere, tomar cada elemento constituyente del “vaso de café” como preexistiendo de antemano al uso efectivo. Los componentes del “vaso de café” están ya siempre en uso, incluso cuando el café está reposando en un frasco hermético dentro del refrigerador, o cuando el vaso yace dentro de un paquete en el supermercado. El error deviene de asignarle al “sujeto” la potestad que trae al uso y a la existencia el ente en cuestión, cuando el sujeto existente es un elemento necesario pero secundario; su posibilidad es ya siempre la existencia del Otro. Pues la posibilidad del existir del sujeto, es decir, el ahí del Dasein, es ya siempre el allá del otro.


Así, es el “vaso de café” una estructura total temporal y temporalizante más no así histórica, que compuesta además de cuatro elementos por lo menos, lo que posibilita el advenir del sujeto que sostiene tal vaso y se convierte con ello en ser-bebedor de café.


Estos cuatro elementos son lo actual, lo puntual, lo estructural en tanto las maneras de engarce de lo actual con lo puntual, y por último el ahí-ahora, en tanto vértice de engarce entre lo puntual y lo actual.


El sujeto se involucra o acontece, de modo retroactivo y necesario, presentándose –o para decirlo propiamente ficcionalizándose – en el ahora a partir de su palabra, pues es él, el “Yo” como deictico indeterminado, el estructurador actual que actúa en relación a la función temporal de la estructura total “vaso de café” al puntualizarla. Sólo en este juego desde lo actual en dirección a lo puntual, el vaso de café adviene como histórico y ya no sólo como temporal. Pues ese “es” puntual del ser como siendo, es la presencia como tal. Sin embargo cabe preguntar si ese “es” en tanto puntualidad, sólo puede advenir desde las formas actuales de la predicación. Pues cabe recordar que si para Aristóteles lo concreto es aquello sobre lo que se predica,[193] para Kant, y ya pensando desde la estipulación del propio Aristóteles, puede decir que el ser no es un predicado real. Por ello en la pregunta por el origen de la historicidad como juego donde lo actual deviene puntual desde el elemento estructural que funda o permite la apertura del ahí, requerimos preguntar por las maneras en que el ser adviene como sentido del enunciado y no como cosa o materialidad.


Cuando al estudiar lo existente se parte de este problema, se arriba a la contradicción de que lo existente es existente desde lo estructural al uso, y no al postulado cronológico que concibe al sujeto o al objeto como co-originarios, precedente uno del otro o viceversa. Por ello, para estudiar lo existente, se tiene que saltar hacía el origen de lo existente y no permanecer más entre los eternos debates en torno al sujeto y al objeto, o la forma y el contenido.


Hacer esto no es otra cosa que arribar al problema filosófico de la historia y por ello, anterior estructuralmente al problema del tiempo. El existir como tal, no es una cosa sino que simplemente ser es la esencia, o mejor dicho, el esenciarse del ser, pues es el ente existente por el esenciarse actual del ser.[194] De tal manera que es el ente existente por el esenciarse actual del ser.


En tal sentido es fundamental no confundir interpretaciones del ser en este punto, pues cuando nos referimos a la esencia como origen de lo existente no estamos apelando a que una cosa etérea, que llamaríamos atemporalmente “café”, y que subyazca a todo en tanto ridícula esencia platónica.


Lo que queremos señalar con la preexistencia estructural y no cronológica del uso del café es que el café, antes de ser café para serservido y ser bebido, es preparado en una cafetera, es resguardado en un frasco, es comprado, es molido y empaquetado, es tostado, estransportado, es cosechado, y es plantado por un campesino guatemalteco que jamás sabrá del destino final del grano que sostiene entre sus manos, como nosotros tampoco sabremos jamás de su actuación intermediaria y posibilitadora del actual sostener un vaso de café y darle un sorbo. Por ello, si nos preguntaran por la existencia real del café, ¿a cuál de todas sus advocaciones elegiríamos como verdadera?, ¿no tendríamos acaso que asumirlas a todas? De tal manera cabe decir que lo concreto es aquello que es inmediatamente significativo al momento del empleo o acontecimiento de la palabra en tanto posibilidad categorial.


Por ello decimos que “vaso de café” en el plano de su existencia, involucra todas están determinaciones en un plexo de conexiones y relaciones que constituyen y acontecen en aquello que llamamos mundo. Allende, no se debe olvidar que cada relación intencional de “la cosa” con cualquier otra cosa, conlleva siempre la intermediación de sujetos que también posibilitan el trato efectivo con “la cosa”. Además reiteramos que “sujeto” es el sentido del ser-campesino con respecto al ente que presuponemos como “campesino de cafetalero”; o tambien sujeto es el sentido que del ser-bebedor-de-café podemos nombrar con relación al ente que llamamos presuponiéndolo, “bebedor de café”, o incluso “Yo”.


Confundimos el ser sujeto con una cosa cuando quisiéramos poder llamar al ser, cogito, conciencia, alma, o cualquier otro sinónimo que coloque ya en tanto entes, a la cosa pensante o a la cosa mundana – la res cogitans y la res extensa de Descartes – como orígenes de todo fenómeno en tanto que como determinación de la figura indeterminada del “Yo”, el referente de tal término es el resultado efectivo del proceso e instante histórico del desarrollo técnico de las tecnologías del habla.[195] El último parágrafo de Ser y tiempo termina en señalar la dificultad de salir analíticamente de la cosificación de la conciencia. Sin embargo el problema no sólo radica en tal cosificación, sino que tiene como tal una doble dimensión en tanto la estructura mundo o res extensa también ya siempre se encuentra cosificada en su entendimiento.[196]


El primado, es decir lo originario, no reposa en una u otra cosa –res cogitans o res extensa –, o en cualquier otra cosa que quisiéramos entender por sujeto u objeto, pues “cosa” antes que nada señala al propio ámbito de posibilidad de su pertinencia. Coloquialmente lo podemos expresar diciendo que en el eterno debate entre qué fue primero, el huevo o la gallina, se tiende a olvidar y ocultar que también hubo un gallo. Tal gallo, es la relación estructural y de sobredeterminación –nombrada como actualización o escena,ámbito o asunto– que hace posible sea y esté la emergencia co-originaria del huevo y la gallina.


Los sujetos involucrados en el plexo total de relaciones que constituyen al mundo y hacen posible al “vaso de café”, sólo acontecen como eventos dentro del evento peculiar. El sujeto es una función eventual del acontecimiento. En torno a la subjetividad nos desatendemos en los apuntes que continúan, más no por ello descartamos los problemas que la subjetividad presenta y conlleva, sólo que ella y sus problemas los desplazamos a un segundo plano que por el momento escapan a la ambición de esta tesis, pues nuestra cuestión principal en términos teóricos es una sola, cómo acontece el evento y cómo se significa éste. Por ello en tanto que la pregunta siempre ha sido como se significa el acontecimiento, lo que queremos preguntar es cómo se esencia el ser y se señala al ente en tal esenciarse, es decir, cómo se construye el sentido. Pues si sentido es esenciarse del ser que señala al ente con tal esenciarse confiriéndole su ser, su esencia, ahora podemos ver mejor la necesidad de transposicionar la teoría de los tropos desde la conferencia de ser al ente como acto poético de la palabra.[197]





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[187] Esta red es de nuevo señalada y trabajada en términos de investigación histórica por Koselleck, que de hecho constituye la semántica del tiempo. El problema es que no se debe confundir esta disciplina como propia u originaria de la lingüística; la semántica como disciplina, por estar exixtencialmente fundada en el existir práctico del Dasein, depende de la hermenéutica. En términos de hermenéutica filosófica, la red significante de la precomprensión práctica del mundo o mimesis I de Paul Ricœur aprehende tal fenómeno. Cfr. Paul Ricœur, Tiempo y Narración I. Configuración del tiempo en el relato histórico, México, Siglo XXI, 2004.


[188] Cfr. Con esto queremos señalar la diferencia existente entre metáfora viva y metáfora muerta de Paul Ricoeur en La metáfora viva,op.cit., pero en el sentido, y como se verá en los análisis posteriores a los autores, que tal diferencia es originariamente política, en tanto pueda entenderse la política como el polemos original y originario que permite fundar y mantener una comunidad, un grupo social, la polispropiamente dicha Por ello declara Koselleck con relación a lo que llama “extensión del espacio semántico” y poniendo como ejemplo una frase de un memorando de Hardenberg que contiene la palabra “clase”, que ésta “pone de manifiesto una alusión polémica referida al presente, un componente planetario de futuro, y elementos permanentes de la organización social procedentes del pasado, cuya coordinación específica confiere sentido a esta frase”, Futuro Pasado, op.cit. p. 109-110.


[189] Esto implica como se verá más adelante, que lo presencia de lo estudiado, es decir el presentarse o aparecer de la cosa que nos interesa, adviene desde un momento “ajeno” a tal presentarse. Tal agente extraño no puede ser otro que el cómo de la observación. En este sentido y para observar la historicidad de tal concepción, confrontar las críticas contemporáneas a la categoría de lo dado y con ello al empirismo británico en las plumas de Friedrich Nietzsche, La Gaya Ciencia, op. cit. sobre todo los aforismos 43 y 57 o la primera investigación lógica en Edmund Husserl, Investigaciones Logicas I, trad. de Manuel G. Morente y José Gaos, Madrid, Alianza Editorial, 1999.


[190] La corrección de esta presunción trascendental por parte de Focuault fue reconocida por él mismo, como ya pudimos ver al glosar la Arqueología del saber, vid, supra


[191] Cfr. Platón y el mito de Her en el libro X de La república, sobre su viaje al allá. Dante, Milton, Ulises u Orfeo.


[192] Respecto al origen de la palabra hermenéutica, Maurizio Ferraris citando a Kerényi, refiere lo siguiente: “ ‘Hermeneía, la palabra y la cosa, está en la base de todas las palabras derivadas de la misma raíz y de todo lo que en ellas ‘resuena’: de hermeneus, hermeneutes, hermeneutike. La raíz puede ser identificada a la del latín sermo. No tiene, en cambio, ninguna relación lingüístico-semántica –salvo por semejanza en el sonido – con Hermes, el dios del que todavía toma nota August Boeckh en su presentación de la hermenéutica filológica” Ya después el propio Ferraris continua “Por eso Heidegger y Gadamer, siguiendo la idea de la lengua en las tradiciones del Humanismo y del Romanticismo, relaciona la experiencia hermenéutica con el universo del lenguaje y del logos como verbum y como sermo.”, Mauricio Ferraris, Historia de la hermenéutica, México, Siglo XXI, 2005, p. 11. Por el momento permanezcamos en esta posición en tanto no resulta prudente glosar el pensamiento respecto a los dioses de Heidegger ni de Gadamer.


[193] Aristóteles, Metafísica.


[194] Lo actual, con el plexo de relaciones arriba estipulado, pretende ser estudiado a partir del concepto de “escena”.


[195] De nuevo, referencia a Foucualt.


[196] REFERENCIA A Ser y tiempo.


[197] Pensar la conferencia en tanto reverso de la referencia) à Cfr. Bautismo en San Agustín así como la figura misma de la confesión.


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Conciencia, tiempo y representación | Tres | 2.- En torno al evento

Michel Foucault
Michel Foucault (Photo credit: Wikipedia)


2.- En torno al evento.


El lenguaje ya siempre da las pautas para conducirnos en la inmediatez de los objetos, con las cosas. Inmediatez no mienta en ausencia de medios, o en la carencia e innecesidad de ellos. In-mediatez o in-mediato en este contexto, significa ya siempre en medio, en el medio del lenguaje, de las palabras. Lenguaje y palabras son ya siempre medios que en el soporte y al resguardo del uso, permiten, habilitan y posibilitan el trato efectivo sin necesidad de inventar a cada paso significados novedosos para las palabras y conceptos que como objetos, señalan lugares comunes a la cotidianeidad.


Lo que acontece como evento no son las cosas o los sujetos que las utilizan, las fabrican o las desechan en tanto cosas. Lo acontecido ya siempre es en la inmediatez del lenguaje como ser de eso, esto o aquello para el caso posterior del objeto, así como el ser ese, éste o aquél en el caso del sujeto. El concepto o el sujeto que se entiende bajo el signo del “Yo” es siempre acontecimiento, apertura a la significación práctica de un mundo, y no debe pasar desapercibido que cuando se dice “yo corrí allá”, “yo comí aquello”, o “yo escribí esto”, el “Yo” acontece ya como relación entre dos supuestas “cosas”.



Lo que posibilita la existencia del Yo escribiente no es la preexistencia del sujeto autor de estas líneas, y mucho menos, la existencia como cosa de un objeto llamado texto. Lo que hace posible esto tiene que ser rastreado en términos del cómo y del para qué acontece la representación, es decir, a dónde nos dirigimos, el autor, sus colegas, su asesor de tesis, sus sinodales y sus posibles lectores en el plexo total de relaciones posibles y necesarias de las cuales este texto es solo un punto nodal más no así actual, pues lo que se juega como totalidad es una comunidad de investigación, o si se prefiere, una polis epistémica del mundo.[198]


El “cómo” y el “para qué” señalan en última instancia, un más allá de la representación que la hace posible. Como lo señalamos con referencia al ser del café, el acaecimiento del ser está posibilitado no por una realidad trascendente, ni por unos supuestos entes empíricos reales pletóricos de sentido per se. Antes bien, el sentido de las cosas es por un plexo de relaciones que llamamos mundo, que ya siendo él mismo representación, es el elemento estructural que hace posible la representación en tanto totalidad técnica referencial-conferencial. Por ello para una ciencia, disciplina práctica u oficio, esta facultad del lenguaje para abrir un mundo, representar, está concebida en el concepto de “posibilidad categorial”.


Si el lenguaje juega un papel tan importante, cabe preguntar qué es el lenguaje, pues en última instancia hay que concebir a este fenómeno también desde la existencia del lenguaje. No se trata de perseguir metalenguajes, por ello es necesario abortar todo intento de fuga y decirlo con todas sus letras: el lenguaje no existe.


El existir del lenguaje no es la existencia del lenguaje en tanto tal, es decir, como cosa, sino que el existir del lenguaje es el cómo y el para qué del nombrar total y mundano que permite reflexionar y confeccionar al ente, en tanto permite referirlo con respecto a algo más. El lenguaje en sí mismo, por sí mismo, sólo existe como elaboración teórica de las ciencias o disciplinas del lenguaje, y esto es lo que quería señalar Foucault a pesar de no querer señalar la existencia propiamente de un espacio que más allá de la elaboración de abstracciones razonables o de conceptos por parte de la lingüística, la semiótica, la filosofía, la gramática, o la semántica, se juegue ya como factum, pues más bien el lenguaje es función.


Por ello, en términos de la voluntad de poder y de verdad, lo real es un dominio político aconteciente en el medio de relaciones de poder que despliegan mundo dominándolo mediante la enunciación.



El lenguaje como existencia es siempre habla, uso efectivo de aquello que la teoría ha dado por llamar lenguaje. Por tanto, en este estudio, el lenguaje no es más que las prácticas representacionales que en su “qué”, “cómo” y “para qué” del representar, permiten la pertenencia, la permanencia y la apertura de mundo, es decir su dominio de y por aquél que puede manejar el representar.


Es necesario plantear la cuestión con esta radicalidad pues sólo de tal modo el estudio de la cuestión que nos interesa tendrá la capacidad de no dejarse dominar por el tema de la conciencia y su par, la dupla subjetivismo-objetivismo.



Si se preguntase ahora dónde acontece tal representar que el habla hace posible a cada instante, y se mentase tal cosa como “espacio de la representación”, no debe pasarse por alto que tal espacio de la representación no es otra cosa que el mundo mismo. Es decir, el representar que el habla realiza siempre es apertura de y en el mundo. Por ello decimos que no hay tal cosa como representación del espacio, de la temporalidad o de la subjetividad, salvo por un caso de genero, que en el representar se represente no la representación, sino tal cual el acto técnico de representar,[199] pues la representación es siempre espacialización y temporalización del ahí donde puede advenir el sujeto.



Al ser esto así, la espacialización y temporalización permiten también el aparecer fenoménico de aquellos entes involucrados en el representar, entes que sólo son en el resguardo de tal estar-involucrados en relaciones ya efectivas con algo más. Tanto representación del espacio como representación del tiempo, si se insiste en tales conceptos, son en tanto la interpretación de tales representaciones logre tener en cuenta el acto de representar, es decir, representaciones especulativas o abismáticas –espejo contra espejo – con las cuales opera la representación filosófica que de tal modo abre la imagen del mundo como tema en sí.[200] Es decir, se plantea la cuestión de cómo pensar históricamente la dación de ser al ente.


Con base en esto, el definir de toda definición al interior de una disciplina, arte o vocación, conlleva toda una delimitación y especificidad de la definición, es decir, una finitud temporal y esencial. Aun así, no hay que confundirnos pues la definición no es la palabra, siquiera el concepto que implica ella, sino antes el acto relativo que ya siempre vincula efectivamente a una cosa con otra(s) más. Es decir, la definición es ya siempre un definir el ser de algo desde el ser de algo más. Es sólo el definir de la definición quien nos puede dar la pauta para preguntar por el sujeto del definir. Quien define algo es la relación, que al ser acontecimiento significativo, despeja un claro del campo enunciativo, claro donde acontece como sentido actual el significado[201] –relación del ser de algo con respecto al ser algo más – del ser-sujeto y el ser-objeto si así se prefiere ver, pero no desde el transfondo o más allá metafísico que proyecta su luz en la pared de la caverna, sino en la mismidad inherente que hace del más allá del otro un aquí que conjunta y comunica, que comuna al ahí y al allá en tanto comunidad, eso que inherente e inalienablemente es el hombre en tanto nosotros. En tal sentido la poesía es el templo o recinto que procura la comunión, de ahí mismo la figura proverbial del mito de la caverna en tanto obra poética antes que filosófica.






En la pregunta por el sujeto de esta investigación, no se puede aceptar de modo inmediato la preexistencia de dicho sujeto sin que de facto, acontezca una cosificación del ser-sujeto transformado en sujeto en tanto tal, sea éste conciencia, lenguaje, o incluso mundo. De hecho, esta posibilidad fue la que permitió la apertura de la Modernidad desde la poieisis de Descartes y su dubito, ergo cogito, ergo sum. En términos de la historia del ser, la posibilidad del sujeto moderno se clausura al ser la cuestión la constitución del existir histórico-significativo, y no así la certeza de tal posibilidad, la que se descubre como habilitadora del pensar histórico del ser.[202]



Tanto sujeto como objeto son ya cosificaciones que fetichizadas se convierten en el tema de la mayoría de las investigaciones, por ello, al ser nuestro tema la historicidad esencial del haber podido repensar el tiempo, el enfoque adoptado de común en tanto sujeto y/uobjeto se muestra de principio inadecuado e ineficaz. Esta investigación se pretende filosofía de la historia, y por tanto toma como objeto al ser de la cosa y no a la cosa como tal, pues ahora, después de Nietzsche y los autores del modernismo, de la mano de Heidegger, Foucault y los hermenéutas, es posible inquirir en términos historiográficos –lo cual no significa como tal responde – por el cómo del pensar, el origen, transformación y comunicación de las ideas.



Nuestra hipótesis es que la relación entre el definir de la definición y la definición, el juego de la representación, no inaugura sino que reinaugura un campo práctico que se actualiza sólo en el y por el momento en que ocurriendo la posición que engarza la definición con el definir, relaciona el ser palabra con el ser de una cosa. Los momentos de tal campo práctico serían la tradición que permite la transmigración del mundo frente al momento técnico de la interpretación desde el ahí de un historiador, o de cualquier otro sujeto. En tal sentido este vértice como origen de toda cronología, es el mundo tecnificado que como campo práctico en la ocurrencia e inclusive concurrencia del mundo, constituye o despliega el ahora que se suele denominar presente y presencia, tratándose de sujeto y objeto respectivamente si se insiste en separar, cosificando y fetichizando aquello que aparece gracias al juego de la representación.



Si preguntásemos cuánto dura el ahora, o cuales son sus condiciones de posibilidad, se evidencia que el ahora como tal dura lo que tenga que durar, es decir, que el durar del ahora está en relación necesaria a lo posibilitado por el despliegue de sentido que se funda pory en el ahora representado al extenderse éste como mundo cuanto sea necesario. En tal sentido, la extensión de la cosa, sólo es en relación al para qué de la representación. Por ello, cuando el ahora deja de ser ahora ya antes aconteció otra enunciación del ahora.[203]


Ahora bien, cómo acontece la dotación de sentido por parte del representar que funda el ahora, así como su pertinencia, es una cuestión que tenemos que abortar retornando a la manera historiográfica desde la filosófica. Para observar tal fenómeno y poder comprender el cómo del representar y dotar de sentido histórico a la proposición del crack de la representación, es necesario reconstruir el campo enunciativo donde el ahora en tanto época —proyecto de la cultura occidental; o como quiera o pueda llamársele—, se quebró al destruirse los varemos que orientaban la comprensión práctica o histórica del mundo y el despliegue de éste mediante el juego de la representación.[204] Por ello cabe decir que la extensión de las cosa sólo es en relación al para qué de la representación.



Así, después de dar cuenta de los límites a los que el pensar representacional decimonónico en el concepto de “Vida” llega con Darwin y su teoría evolutiva de las especies, así como con Nietzsche y su metafísica de la voluntad de poder, tomaremos como primer ejemplo del crack de la representación la cuestión de la narración, pues en ella opera una transformación de este crack en una nueva realidad, de una nueva historia, como escribiría Dostoyevsky al final de la primera parte de su novela Los Demonios, de 1879.



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[198] El riesgo inevitable es hacer de la polis epistémica una república, y por tanto, una academia que controle la poiesis que de suyo no le pertenece como misión al investigador, pues éste le pertenece a ella. No podemos ser guardianes del mundo, sino sólo sus testigos, susTheorós como dijo Hans-George Gadamer, aun cuando sepamos que no somos inmunes y estamos transformándolo con nuestra actividad teórica. Cfr. Hans-George Gadamer, Verdad y Método, trad. Ana Agud Aparicio y Rafael Agapito, Salamanca, Ediciones Sígueme, 1993, p. 169. Gadamer apunta que Theorós, figura involucrada en los ritos Dionisiacos, significa “como es sabido, el que participa en una embajada festiva [...] es, pues, el espectador en el sentido más autentico de la palabra, que participa en el acto festivo por su presencia y obtiene así su caracterización jurídico-sacral, por ejemplo, su inmunidad”.


[199] Ejemplo de esto por siempre y para siempre serán dos obras maestras del pensar, las Meninas de Velásquez y el análisis que de ellas hace el propio Foucault al principio de Las palabras y las cosas. Así mismo piensese por ejemplo en Hombre bajando las escaleras de Duchamos, o incluso en el inodoro mismo que como ready made, evidencia el proceso escatológico de producción-recepción de la obra artística con respecto al público, en tanto que en la posesión del sentido, ya siempre se persiguen los fines del uso antes que el uso mismo del ente por parte de la representación.


[200] Cfr. “La época de la imagen del mundo” en Martin Heidegger, Sendas perdidas: Holzwage, trad, José Rovira Armengol, Buenos Aires, Losada, 1960. p.67-99. , ¿qué dice Heidegger al respecto?, ¿cómo satiriza sobre la filosofía como ciencia o como imagen de mundo? Y es que pensar el ser antes debe ser histórico.


[201] Y en esta definición de significado, la definición completa de “signo” sería el ser ya siempre el ser-relación de ser-signo donde está el ser de algo con respecto al ser algo más. Siendo ese estar del signo, la significación, el claro donde acontece el sentido. O si se prefiere y de un modo más coloquial, esto no significa otra cosa sino que lo real de la realidad es ahí en el intersticio que acontece entre dos representaciones. Cfr. Las palabras y las cosas, op.cit. p. 53-56, donde, allende de la cuestión de los signos, analiza Foucault a Don Quijote y de paso el acontecer del ser-poeta y del ser-loco para los albores de la época clásica como él la llama.


[202] Cabe entender que esta clausura al cogito y su certeza es a la par apertura de lo que cabe entender en términos de posmodernidad


[203] Cfr. Martin Heidegger, Los problemas fundamentales de la fenomenológia, trad. de Juan José García Norro, Madrid, Trotta, 2000, p. 279 s. Por ello también, cuando Heidegger en la conferencia sobre el tiempo de 1924, transforma la pregunta por el tiempo desde “¿qué es el tiempo?” hasta “¿quién es el tiempo?, ¿soy yo mismo mi tiempo?” Ese “yo” aparece como unidad extática del “ahí” y del “ahora” que se juega desde la totalidad constituyente y transformadora de sentido. Referencia


[204] Es aquí donde de lleno se presenta a nuestro interés la cuestión de la conciencia histórica, pues ésta cuestión, si se desease abordar, tendríase que iniciar desde el confrontar a las autoridades en la cuestión, Hayden White con su Metahistoria y el preclaro Hans-George Gademer con Verdad y Método, confrontación por demás inevitable al ser en ambos, el verdadero problema, el cómo y el para qué de lapoiesis por detrás de la cuestión de la conciencia histórica.


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Conciencia, tiempo y representación | Tres | 3. El crack de la representación

Marcel Proust in 1900
Marcel Proust in 1900 (Photo credit: Wikipedia)


3.- El crack de la representación.



El ser narrador no debe ser confundido con el ser del individuo fáctico llamado Fiodor Dostoyevsky, Marcel Proust o James Joyce. El ser narrador como subjetividad es aquel que forma una tríada en tanto ser-narrador con el efectivo narrar y lo narrado por el narrar, tríada que muy bien puede perseguirse en la tríada del ser-narrador, el ser-protagonista y el ser-autor. La posición, el valor, así como el papel del ser-narrador está estrechamente vinculado a los otros dos elementos constituyentes del fenómeno narración, de entre los cuales esta investigación postula al efectivo narrar como primer término fundante del valor del ser-narrador por un lado y del ser-narrado por el otro.


La descripción del proceso histórico total que de cuenta de las transformaciones operadas entre el acto del narrar, del narrador y de lo narrado a lo largo de mas de 2,500 años es un proyecto al que por el momento hemos de claudicar al ser un estudio mucho más complejo, ya que el ser literatura de la literatura no se agota, y siquiera comienza en el momento de ser narrada, sino en el efectivo ser leído o escuchado que aconteciendo sobre lo narrado, le otorga el ser a la narración transformando al texto en mundo.


Dichos aspectos, para abordarse, requieren de abismar continuamente los resultados hermenéuticos, lo cual no quiere decir sino que la obra, sea poesía, literatura, arte, pintura o cualquier otra, antes incluso de ser un hecho histórico, es un acontecimiento histórico al que cabe interrogar por sus coordenadas temporales, es decir desde cuándo y hasta cuándo deja de acontecer.


Añorando esta lejana Ítaca, y de lleno enfrentados a los cantos de las sirenas, en términos de investigación histórica la individualidad fáctica de Fiodor Dostoyevsky, Marcel Proust o James Joyce es susceptible de ser captada e interpretada si nos interesase –como de hecho lo es pero en términos no biográficos, sino de realización de la obra, es decir, interpretación hermenéutica de las prácticas poéticas –, desde el horizonte que constituye al ser-narrador como vértice del fenómeno narración.


Dicho vértice requiere hermenéuticamente de una contraesquina para acontecer efectivamente, pues como tal, no existe ser-narrador, ni la efectiva acción del narrar, sin suceder a la par el acto de leer o escuchar. Es decir, en la relación entre un dispositivo de representación que sirva para narrar y algo más susceptible de ser-narrado, el acontecer de un claro opera cuando el autor de estas líneas leyó, como cualquier otro puede leer del modo que le plazca, las obras que se analizaron en esta investigación. Tal relación de correlato es lo que cabe concebir como el acto del pensamiento.


En el medio de la totalidad del acontecimiento poético, acontecen muchas más lecturas, que precedentes, posibilitadoras e incluso intermediarias de las que el autor de estas líneas realizó –la del autor con su obra, la del editor original, la de su traductor, la de su editor en la lengua extranjera, etc. – tendrán que ser obviadas, pues tampoco se trata de captar la totalidad de una poética como de hecho intento el bueno de Jean-Paul Sartre con Gustav Flaubert y las más de tres mil páginas –por si fuera poco, incompletas además— de El idiota de la familia. La pregunta insoslayable que aquí se implica es la de las condiciones de posibilidad de la totalidad de una poética,[205] y no el ejercicio imposible en tanto descripción total de las condiciones que intervienen en toda creación


Para comenzar a abrir el vértice presupuesto a nuestra lectura, es indispensable que nuestra investigación se pregunte cómo ocurre el ser narrado de lo narrado. Con ello, el análisis desde lo narrado y su ser narrado, debe interrogar y en oposición a nuestra lectura, por el cómo emerge el ser narrable de lo narrado, es decir, cómo es historiable lo que se somete como tal. Así nos topamos con las figuras del extrañamiento, pues lo que no se entiende inmediatamente de cotidiano, aquello que requiere ser mediatizado debido a su opacidad, a la falta de claridad y referencia a los lugares comunes, es lo que se pone por excelencia como objeto intencional: lo narrable al narrar de la narración.


A su vez, pese a ser lo extraño lo que nos motiva a leer para proponer el crack de la representación y la emergencia de nuevas realidades de manos del modernismo y sus nuevas representaciones, no debemos suponer así como así que lo claro o lo normal no sea o deje de ser digno de ser narrable, pues por ejemplo y como acontece en mucha de la narrativa del tránsito del siglo XIX al XX denominada como costumbrista —de donde requerimos antes que nada deslindarnos del ismo –, los temas y sus tratamientos son lo más cotidiano, de hecho la cotidianeidad misma.[206]


La narración como práctica por otro lado, ya siempre se juega dentro de un ámbito de definición, y en conjunto, constituye parte estructural del ámbito de posibilidad categoríal sea la narración científica, artística o inclusive, la cotidianeidad misma. Tal enfoque nos conduce a varios problemas, entre ellos y tal vez los más importantes, al problema de la significación y el problema de su necesario estudio histórico en tanto procesos ocurrentes de significación.


De facto desentendemos que la significación sea un proceso histórico-efectuál donde se involucran procesos formales que sólo en apariencia son atemporales o metahistóricos, pues antes concebimos a las formas como herramientas que poseen un ámbito de posibilidad categorial. Para captar su esencia es fundamental no solo observar, describir y clasificar los tipos de casos en que ocurre la forma A, la forma B, la forma C o la forma N, pues antes bien, son el comprender y el interpretar –que ya ocurren en la escritura misma como uso de las herramientas –, los que hacen a las formas ser formas.[207] A tal respecto nuestra hipótesis del primado hermenéutico por sobre lo metahístorico, significa que son el comprender y el interpretar los que hacen a las formas ser formas. De tal manera, que en tanto toda comprensión e interpretación son el despliegue narrativo de una historia, es que hablamos entonces de historiográficidad hermenéutica.[208] Si es tanta e inevitable la obsesión por fijarse en las formas, el cómo y el para qué de las formas en su existencia habría de ser el horizonte desde el cual tienen que ser interpretadas, pues ellas, antes que nada, son modos con los cuales se efectúa el evento significador. Ellas, impresas sobre un acontecimiento significativo, llevan a éste último a la significación, es decir, al proceso siempre histórico de asignación, comprensión, interpretación y explicación del sentido.


Así plateada la cuestión, el acaecimiento de una forma –el evento significativo –, es la formación o incluso, la transformación de algo como algo y de alguien como alguien, (es decir la transposición que ejecuta la metáfora[209]). La utilización parte necesariamente del evento significante que siempre es concurrente en calidad de requisición de sentido, y por tanto, subyacente en un sentido primario a la cuestión de la técnica en función del sentido. Forma y técnica constituyen un solo proceso, que como tal, y en tanto se persiga la esencial dimensión histórica del fenómeno de la representación, no deben ser despreciados o separados impunemente, pues el par técnica-forma constituye la formación o transformación del mundo desplegado por la representación. Allende esto, tampoco puede olvidarse que la forma y la utilización de ella en tanto técnica, como “elementos” del evento significante, operan ya siempre sobre algo más, algo que junto al polo que es el acontecer significativo –el cual requiere significado para ser acontecimiento –, acontecen como tríada inseparable junto al material sobre el cual se forma algo mediante el empleo de una técnica, siendo justo aquí, en la cuestión del empleo, donde acontece originalmente la poiesis, es decir, la producción.


El empleo de la narración en tanto narración se llama lectura, y es por ello que la lectura también es poiesis, en tanto el consumo clausura y reinicia la producción en su calidad de antítesis. El porqué el consumo es producción radica en que durante el consumo de narrativa por ejemplo, se produce el ser-lector del lector, además de que cuando ya antes el narrador al emplear una técnica, utiliza y por tanto consume unas formas en el hacer de su técnica sobre algún material.


Disculpándosenos la regresión al ejemplo del vaso de café, el “vaso de café” es una herramienta que habilita una práctica efectiva, es decir, un uso puntual con el objeto ahí puesto por una circunstancia procesual específica, que en este caso es la de ser-ejemplo a una cuestión de teoría pragmática. El material de esta “forma lingüística” es la susodicha expresión “vaso de café”. El no tomar en cuenta el ser de la forma, su temporalidad, constituye el motivo fundamental de la insuficiencia de todo análisis que tome las formas o los contenidos de las formas como aquello que se busca comprender, pretendiéndose además en ello, dar cuenta del fenómeno de la imaginación o de la emergencia de la conciencia histórica. Pues cuando el análisis cree llegar a la verdad de una “estructura ideal-típica de la ‘obra histórica’”[210] que sirva para clasificar toda representación en potencia, sólo arriba al donde o al sobre lo cual opera la primera –¡y sólo la primera! – parte de la conformación de sentidos, entre los que efectivamente cabe concebir a la conciencia histórica. Tal ejercicio, pese a su acercamiento, se mantiene a las puertas del la comprensión del acontecer del ahí del Dasein, ignorando por tanto la temporalización y permaneciendo nada más en el supuesto “orden temporal en que ocurren” los acontecimiento, es decir, lo cronológico.


Sin embargo, tal poder concedido a la forma no constituye lo más grave. En el paso de lo anterior, se continua y se fortalece la opinión de que la potestad de asignación de sentido al evento significativo, le pertenece a un agente individual, que gozando de no sabemos qué poder especial, dispone de las formas para mediar y elaborar la representación del supuesto “registro histórico sin pulir”. Tal opinión desprecia de fondo el carácter social de la poiesis,[211] pues de facto se descarta que la supuesta “estructura profunda de la imaginación histórica” por más teórica o especializada que sea, no puede sino estar anclada en esos mismos presupuestos registros sin pulir, sin formar.


La poesía, como la belleza y el amor, no son fenómenos extraordinarios al que sólo unos cuantos puedan acceder; que no se registren es otra cuestión. Por ello mismo el conocimiento del saber histórico no puede fincarse en lo extraordinario de un evento como el registro. Que tristemente así ocurra la mayor parte del tiempo, encuentra su causa no en el carácter sorprendente, mínimo o exquisito de aquello que sólo es la manifestación de un criterio estético, sino justo en la valorización del fenómeno estético por tal criterio, criterio que termina, además, por cerrar las puertas a la vocación creativa. Nosotros buscamos la apertura, y por ello lo que llamamos mundo no es nunca un registro sin pulir. Contrario a esto, mundo es el ámbito gestado-gestivo-gestor que la poiesis está ya siempre poetizando. Más importante que el registro es lo que no se registra, y con su ignorancia, se hace notar cual silencios del discurso. Nuestros criterios de lectura no han de ser más que eso, criterios, que en caso de insuficiencia, ineptitud o anquilosamiento, han de ser sustituidos en aras del poder atender aquello que ha quedado excluido de la atención del “registro”, el tiempo y la acción en términos de nuestro estudio.


De tal forma lo que se busca someter a comprensión e interpretación para poder explicar un problema, no es la forma o el contenido como tal de una representación, sino el empleo efectivo de la forma y del contenido en tanto ambos abarcan, a pesar de que los conceptos no rindan y los registros no lo indiquen propiamente, al representar.


Cabe entender que tal representar incluye en su acontecimiento puntal la actualidad de las dos instancias extremas que lo hacen ser acto, el ser-representación de la representación, y el ser-representado de lo representado. El empleo tanto de uno como de otro en la siempre ocurrente representación, no está determinado solamente por el uso ideológico del artista, el poeta, el orfebre, o en general, el productor de algo, sino en el uso efectivo de lo producido por el producir. Por tanto, requerimos de una doble lectura, que desde lo que se presenta frente a la insistencia de nuestros modelos y criterios “ingenuos”, logre per-cibir lo que ha sido escondido, recluido, fetichizado y explotado impunemente, el proceso productivo de las obras en cuestión: su poiesis. [La necesidad de la doble lectura una vez se devela que el ser-narración de lo narrado adviene desde el efectivo ser leido que el otorga pertinencia a la palabra del poeta]


Lo que nos interesa es el sentido de la representación, es decir, el mundo desplegante y desplegado que concurre en el representar. Un estudio histórico del uso efectivo de algo, de las prácticas históricas del representar, debe aceptar que lo estudiado es un plano “trascendente” a eso metahistórico que se suele estudiar en tanto modos de la trama. El enfoque metahistórico sólo logra confundir y colocar una vez más a lo histórico-existente como mera proyección de formas ideales-perfectas que la metafísica tradicional de Occidente tanto se ha empeñado en sostener. Peor resulta el conducir tales análisis a la descripción de un plano trascendental que se suele denominar “conciencia histórica” entendiendo con ello la historicidad fundamental desde su producto final, atribuyendo al consumo per sede la historia –deseo de experiencias –, el papel de motor de la historicidad.[212] El único plano trascendental que aquí tratamos de abordar, comprender e interpretar no es otra cosa que lo más allá a la representación, más no por ello antitético u opuesto como esperamos podrá observarse en lo expuesto hasta aquí, es decir, el mundo.


Las formas, las técnicas y los materiales sólo son un pretexto para estudiar aquello que realiza el lenguaje, sentido. Para entender tal cuestión, es fundamental arriesgar una proposición que sonara bastante extraña de principio, pues el concepto principal empleado en ella aun no alcanza tratamiento en esta exposición. De cualquier manera, el principio para expresar el estudio del sentido que realiza la representación se expresaría diciendo que: la poesía nunca parte de la nada, y sin embargo, siempre parte hacia ella. [Cuarta tesis sobre el lenguaje o la poesía] Tal proposición se complementa si se puede explicar que lo que hace a la poesía ser-poesía no es otra cosa que la lectura de ella, es decir, el ser-leída, acto que siempre como advenir –futuro – está o es actual, como ausente o ausentarse, en el presentarse de la representación al representarse.


No se confunda, insistimos en ello, el posible ser-leída de la poesía con un supuesto acto en potencia frente al acto necesario del estar-ahí del texto. El estar ahí que sucede en la poesía, sucede como proceso significativo-significante entre dos ámbitos cronológicos incomunicados de principio, que sin embargo se encuentran ya hermanados por algo fundante-fundamental, el acontecimiento temporalizador indisociable que es la escritura-lectura. En tal sentido, dicha ausencia actual y no en potencia, es un abismo siempre presente en su calidad de vacío. De hecho todo texto es texto en la presuposición del mensaje que soporta, la comunicación que pretende y que la hace una con la comunidad que comprende el mensaje


Por esto, aun cuando parezca escandaloso, esto implica que no existen los libros o las novelas o las obras historiográficas, siquiera los documentos o los informes. De hecho, cualquiera de estos objetos ya de suyo son formas abstractas-ideales del acontecer escritura-lectura actuante. Los géneros literarios son, por ello mismo, sólo formulaciones abstractas/abstractivas del ser-poesía de la poesía. Cuando se sostiene una novela entre las manos y se fija la mirada en ella durante el acto de la lectura, no acontece una novela, sino aquello titulado como Moby Dick, Los detectives salvajes, o Fluyan mis lágrimas dijo el policía, y que como tal, despliegan un mundo latente y por ello mismo vivo entre sus páginas. La obra antes que nada es un obrar, antes de ser una cosa o un hecho, es un acontecimiento.


Los temas de las técnicas, las formas y los materiales de la representación, siempre tendrán un papel colateral y secundario, ya que como meros soportes del acontecimiento fundamental, son aquello mediante que, se da el juego de la representación, el mundo, o si se prefiere “la realidad” abrigada por la representación. Existir mienta por tanto, la recepción de tal estructura en términos de la realización efectúal de tales medios. De tal manera que en última instancia, la realidad es lo que separa a dos representaciones, e inclusive a la misma representación en dos momentos estructurales, en tanto por ejemplo, una novela es-escrita, para luego, al ser-leída, ser vuelta a representar, ganándose en ello un ahí para el ser-ahí.[213]


Eso que siempre falta en la representación, el hacia dónde parte ella, es el horizonte escatológico de la relación contenido-forma, siendo esto como tal, lo que de común llamamos realidad. Por ello podemos decir que la realidad no existe, está por realizarse y ser existida por Otro.


El resultado de la representación –las cosas últimas contenidas en ella –, no es más que lo real de ella, su efecto. Por ello, lo que vemos cuando vemos, es decir, lo empírico, es siempre ya visto desde el ámbito de posibilidad categorial que es lo jugado por el juego de la representación y se actualiza siempre en el uso efectivo de una cosa ahí situada.[214] Tal consideración llevada al ámbito de las ciencias, implica que todo análisis conlleva siempre la pertenencia a un ámbito de posibilidad categorial conformado históricamente y por tanto, precedente.[215]


Aquí llegamos propiamente al objeto de estudio de la presente investigación, pues aun no se responde cómo se forma y transforma el ámbito de posibilidad categorial –eufemismo para abordar el de dónde y hacia dónde parte y abre la representación –, pues es esencial observar cómo se mueve y cómo se producen las innovaciones dentro de él. De principio es fundamental preguntar qué tipo de objeto es.


Una innovación en el campo de posibilidad categorial nunca es producto de un solo individuo o siquiera de un grupo. La transformación del ámbito de posibilidad categorial tampoco acontece de súbito en una especie de mutación metafísica. Por el contrario, la transformación del ámbito de posibilidad categorial acontece en el proceso mismo en el cual una cultura busca[216] nuevas herramientas y nuevos usos de aquellas ya disponibles. La pregunta en todo caso es ¿cuándo se procede en el claro del uso continuo, a la creatividad, a la búsqueda de nuevas formas expresivas, de nuevos modos de lectura de la “realidad”? ¿Qué herramientas se disponen en tan peculiar empresa, y cómo se utilizan? En relación a estas interrogantes es que la cuestión por la imaginación no es sino la pregunta por la innovación técnica.


Para comprender esto dispóngase de nuevo de una imagen, pero ya no más vasos de café. Imagínese que es el ámbito de posibilidad categorial un terreno. Para emplearlo hay que desbrozarlo, nivelarlo, e incluso purificarlo mediante algún uso ritual que sacralicé y bendiga el terreno, pues dicho terreno quiere y requiere ser empleado para algo más, sea una casa, un hospital, un centro comercial, una escuela o un parque. ¿Cuáles son las herramientas que se emplean, cómo se emplean en dicho proceso y quiénes terminan siendo los artífices de ese algo en que se busca transformar el terreno desde que se dice “hagámoslo aquí”, se coloca la primera piedra y se corta el listón que inaugura una época señalando de antemano una ruptura? Nótese que lo que nos mueve y nos vuelca a investigar de esta manera es tal proceso productivo y no así el resultado efectivo de la producción. De hecho, la investigación presente pretende ser un resultado efectivo del proceso productivo mismo que investiga.


Las herramientas constituyen la presencia fáctica de aquello que llamamos cultura, sin saber bien a bien qué es lo que mentamos como tal. El concepto ámbito de posibilidad categorial busca definir no sólo al fenómeno mundo, sino la mundanización de él en tanto formas y prácticas culturales. Éstas parcelas, huertas o sementeras del existir son las que conforman el ahí donde ocurre el existir humano, gestándose, creándose y reproduciéndose la cultura y el mundo. Nietzsche contemplaba la cuestión de la cultura en estos términos: “Alrededor de un héroe todo es tragedia; alrededor de un semi-dios, todos son sátiros; alrededor Dios, todo es… ¿qué será? Quizá universo…”[217]. Pero ¿para nosotros, en la imposibilidad de mentar al hombre, y en la obligación de ser continuamente yo, en qué se nos ha convertido el rededor?


El uso de estas metáforas conlleva riesgos inevitables los cuales se aceptan siempre y cuando se descarte categóricamente que el ámbito de posibilidad categorial sea algo físico, algo material. La cultura misma no es algo, ella misma no es el producto del producir, sino el proceso del producir algo. Ella es el plexo de relaciones y prácticas culturales, que aun cuando suene tautológico, conforman un mundo de todos y ninguno. El ámbito de posibilidad categorial como objeto de la investigación es propiamente el trasmundo donde se hace posible aparezca tanto lo que aparece como el ahí donde aparece. Si se prefiere ver así, el ámbito de posibilidad categorial no sólo es un eufemismo para el fenómeno mundo o para la cultura del mundo, sino que es un eufemismo para estudiar la metafísica de una cultura. Por ello, el ámbito de posibilidad categorial, a pesar de no ser algo, es aquello que habilita la aparición de todo algo. Aparición es siempre significación con sentido del algo emergente en la representación, y esto es lo que significa el concepto fenomenológico de fenómeno. El sentido ocurre en el consumo de la representación, o si se prefiere, en la recepción. Así, el ámbito tiene una facticidad que se factualiza de cierto modo en un género específico de práctica cultural, que al caso de esta investigación, se trata de ciertos géneros de prácticas representacionales que involucran literatura, pintura, filosofía, física teórica, teoría biológica y teoría psicoanalítica.


Deslindando y puntualizando conceptos, “episteme”, “espacio de la representación” o “campo enunciativo” con sus salvedades y diferencias, son conceptos que describen al lugar “físico” que hace posible la relación efectiva de denominación de algo, es decir, la representación, el lugar donde aparecen los fenómenos.


La diferencia entre el espacio de la representación y la representación es la misma que existe entre el terreno y el algo arquitectónico producido y ocupando el terreno. En ello, no debe escapar de vista que sucesivamente, el algo arquitectónico producido en el terreno, puede sucesivamente tornarse en un nuevo terrero dispuesto para la producción, siendo por ejemplo sus paredes para ser decoradas o incluso para colgar pinturas en el caso de una galería o un museo. El ser-construido, el ser-habitado o el ser-espectador de lo producido, constituyen propiamente aquello que cabe nombrar como fenómeno, pues repitiendolo, el fenómeno es como tal la aparición del ser de algo. Una pintura es una representación, pero también lo son una teoría científica, un teorema, un tratado filosófico y toda actividad práctica en que las personas utilicen formas, técnicas y materiales para referirse a algo que no está forzosamente presente, cuestión por la cual es re-presentación la representación.[218]


Después de explicar al ahí del ser-ahí, es indispensable explicar cómo se esencia o acontece el ser del ser-ahí. El ser es, en lo representado, el retrotraimiento o la anticipación del ahí existente reinaugurado por la representación. Esta reinauguración del ahí existente es como tal el ahora al ser fundado en tanto re-presentado en el representar. Pero el ahora re-representado, al ser retrotraimiento, debe provenir de algún lado, y esto no es otro más que el advenir de la representación, que como posibilidad ya presupuesta y actual — recuérdese la lectura—, es lo que finalmente permite que, al ser advenido por sobre lo retrotraido, acontezca un presente con sus presencias. Así, de súbito, uno se encuentra en la presencia de una obra pictórica al entrar a una galería, o se encuentra también uno en el presente del ahora, cuando fastidiado por las clases o esta lectura, mira el reloj y dice “¡Carambolas, cuánto falta, falta mucho!”, extendiéndose así el presente ante la expectación de aquel que desespera por lo que viene ocurriendo.


Sólo por ello es el presente lo definible, y la definición misma de todo aquello que es simultáneo al definir y a lo definido por el definir. La relación de la acción definir, el ser-definido del algo, junto con la definición del algo, es por tanto la fundación y refundación del sentido en el acto total.


Por ello, en tanto estructuras del sentido, el presente se extiende hasta donde sea posible ser extendido, hasta donde lo fundamental sigua conservando el fundamento y no caiga en lo infundado, en lo absurdo. Las estructuras del sentido imponen una frontera que rodea al ser frente a la nada. Por tanto, el ámbito de lo fundamental es el resultado de la relación de significación donde se utilizan formas y técnicas que son a su vez el resultado de relaciones de significación precedentes. Pero no debe confundirse el proceso de pertinencia de las relaciones de significación con un proceso lineal y cronológico —sistema causal aristotélico– como esperamos se pueda inferir de la especificidades del retrotraimiento, del advenir sobre este y del presentarse la representación. Si se quisiera ver gráficamente tal proceso, constituiría antes bien un eterno retorno de lo mismo en tanto la efectividad de las prácticas, y el proceso de las mismas, genera nuevas formas y nuevas técnicas que se convierten oscilantemente en prácticas efectivas y procesos de significación. Pero aun con esto, se pide encarecidamente no se busque representar geométricamente tal hecho mediante un circulo u espiral, pues las posibilidades categoriales del espacio de la representación de la geometría euclidiana no satisfacerán nunca las exigencias que siquiera la expresión eterno retorno de lo mismo logra capturar. No es para nada gratuito que contemporáneo al desarrollo del núcleo filosófico que nutre a nuestra investigación, se hayan generado las primeras geometrías no-euclidianas, como de hecho lo son la teoría de la relatividad general y especial de Einstein, o la teoría del campo unificado del propio Enstein y Podolsky.[219] La temporalidad no se puede graficar porque de facto toda graficación es posibilita desde un ámbito categorial específico que llamamos de común geometría euclidiana.


Nuestro entendimiento, –léase por tanto nuestras prácticas del pensar—, no se ha transformado aun lo suficiente como para concebir de un modo “natural” las figuras topológicas de las geometrías no-euclidianas. En este mismo sentido, cabe preguntar y reflexionar por la extrañeza y perplejidad que producen, y durante décadas aun producirán las metáforas bizarramente vivas para entender fenómenos tales como la curvatura del espacio, los saltos cuánticos o los famosos hoyos negros, frente a metáforas tan bellas pero tan muertas como la de una manzana podrida que cae desde el árbol al suelo por efecto de su propio peso – o hedor.



* * *


Es finalmente, en problemas propios de la historia de las ideas, donde se finca esta investigación. El cómo es posible pensar no puede seguir siendo pensado en tanto cuestión desde el naturalismo, el evolucionismo, el materialismo, el marxismo, el historicismo, el existencialismo o cualquier ismo que afortunadamente van cada vez siendo menos, y más ridículos y por ello más descartables prontamente, más no así sus efectos devastadores, lamentablemente. El cómo es posible el pensar necesita ser comprendido de principio desde el para qué preguntar tal cuestión, a la par que debe interrogarse por cómo se puede formular dicha cuestión. En las consideraciones precedentes, es el responder cómo se puede representar un problema y cómo aparece algo en tanto problema a un ámbito práctico determinado, lo que nos da la pauta para imaginar nuevas disciplinas historiográficas, nuevos modos de imaginar y representar lo temporal y no así al tiempo. Pero para imaginar nuevos mundos posibles, nuevas realidades, nuevos futuros, para tener de nuevo esperanzas, es también necesario e indispensable hacer teoría. Si preguntamos para qué se puede pensar, el qué y el cómo del pensar deben ser contemplados y dirigidos como elementos esenciales, que sin dejar de formar parte de fenómenos existentes, aparecerán en un futuro no muy distante y justo en relación de la relación misma que logremos esbozar. Como siempre, en esto, la poesía será nuestra mejor amiga. En el camino hacia la filosofía de la historia, y por nosotros mismos, más nos vale no traicionarla





Coro. —Los dejo; de tu palabra y de tu mano confío.


Rey. —Vete a la sombra del sagrado bosque.


Coro. — ¿Podría un abierto bosque protegerme?


Rey. — ¡No te entrego a las garras de las aves de presa!


Coro. —Pero sí a hombres peores que dragones.


Rey. —A quien palabras buenas dice, con buenas palabras le respondes.


Coro. —No es cosa de admirar que el temor me haga impaciente.


Rey. —Un temor sin límites nadie dominar puede.


Coro. —Alegra mi alma con palabras y hechos.







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[205] La cuestión técnica, su autonomía, Aristóteles, y qué dice Hegel


[206] A su vez, si preguntásemos cómo y para qué las costumbres se requieren representar, pronto descubriríamos que ellas no son tan claras como creemos. Tal vez sí para los sujetos a ellas, más no así para el escritor, ya que por alguna u otra razón, requiere re-significarlas. En este sentido, las palabras del preclaro Herodoto de Halicarnaso serán por siempre, más allá de aparatos críticos, cientificidad o innovación narratológica, la puerta para entender por qué algo requiere ser narrado. Dice el griego: “La publicación que Herodoto de Halicarnaso va a presentar de su historia, se dirige principalmente a que no llegue a desvanecerse con el tiempo la memoria de los hechos públicos de los hombres, ni menos a oscurecer las grandes y maravillosas hazañas, así de los griegos como de los bárbaros” Herodoto, Los nueve libros de la historia, trad. de Bartolomé Pou, México, Porrúa, 2002, p. 11. Si continuáramos preguntando y sin ser aun lo bastante quisquillosos, abriésemos el horizonte en la dirección del por qué pasan desapercibidas o se olvidan obras y autores a pesarde contener en sí el motor de la historiografía, el afán de rescate de la memoria, como de hecho lo es también para la poesía ¿a qué conclusiones podríamos llegar? ¿Quién canta por los autores? ¿Por qué se rescata del olvido la instancia que pretendía ser guardiana contra él? Esto nos debería llevar en la dirección de la pregunta por la investigación historiográfica como tal, pero en fin, sirva como pretexto la respuesta del Aedo a Nmosine que le pide no me olvides, para continuar la reflexión ,oh , mi querido lector: “Canta oh musa la cólera del Pélida Aquiles, cólera funesta qué causó muchos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves – se cumplía la voluntad de Zeus – desde que se separaron disputando el Atrida, rey de hombres y Aquiles, el divino”, Homero, La Iliada, México, Grupo Editorial Tomo, p.15. Resulta por demás irresistible, no detenerse a realizar un análisis entre estas dos sentencias inaugurales de épocas y tradiciones, con otra mucho más reciente y más cercana culturalmente. Dice Cervantes en contraposición al olvido y sin dejar de mentar al tiempo, su temporalizarse, y al héroe: “‘En un lugar de la Mancha’, De cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.” Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, México, Porrúa, 2002, p.19.


[207] Cfr. La opinión de Heidegger frente a la generación de tipologías justo en el tema de la comprensión y con respecto a la cuestión del conocimiento. “Cabe enumerar una tipología entera de modos de conocer e imponerla al entendimiento común, pero esto no significa nada desde el punto de vista filosófico hasta que no se explique qué tipo de conocimiento tiene que ser este comprender a diferencia del tipo de conocimiento que es el explicar. Cualquiera que sea la manera en que consideramos el conocer en la acepción común que engloba tanto el conocer como el comprender, es un comportamiento con respecto al ente, si dejamos a un lado el conocimiento filosófico como relación con el ser –y después apuntando en dirección a las herramientas dice –. Pero un comportamiento respecto del ente es también todo trato práctico-técnico con él”, Los problemas fundamentales de la fenomenología, op.cit. p. 311. Cursivas del autor.


[208] Esto es lo que significa la expresión de Ricoeur “explicar más es contar más” en Tiempo y narración I, op.cit.


[209] Bajo el concepto de epífora, que recupera Ricœur de Aristóteles, podemos concebir un polo de este evento. Cfr. La metáfora viva.


[210] Hayden White, Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, trad. de. Stella Mastrangello, México, fce, 1992, p. 16.


[211] Sería más propio simplemente decir “carácter político de la poieis” en relación a la polis y al polemos de no estar tan viciados estos, los conceptos esenciales. Cfr. “Prologo a ‘Contribución de la crítica a la economía política’” en Carlos Marx, Contribución a la crítica de la economía política, México, Ediciones Quinto Sol, 1978, p. 247 s. Además Cfr. “La estética del genio y el concepto de vivencia” en Verdad y Método I, op. cit. p.90-107


[212] Conciencia histórica es siempre consumo de la historia, es deseo de experiencias nuevas a cada instante, y es también la forma más última, más técnica y más artificiosa de la historicidad, que confunde su propio ser y separa en ello la historicidad del poetizarla. La historicidad, como el poetizar, no son haceres opuestos a lo real y siempre carente de sentido, sino antes bien existires que en el ficcionar de lo histórico, se gestan como mundo. Por ello, la historia no se trata de conocerla, pues todo conocerla es consumirla para después desecharla en aras de la novedad. La historia es el ser del ser-ahí. Cfr. “La muerte de dios y la metafísica de la voluntad de poder”, capitulo 1, apartado 4 de esta investigación, además, vid Supra. n. 20.


[213] Vid Supra n. 155


[214] Sobre la noción de juego y su aplicación a la cuestión de la representación así como su despliegue de mundo, Cfr. “El juego como hilo conductor de la explicación ontológica” en Verdad y Método I, op.cit. p. 143-182.


[215] “¿Por quién doblan las campanas?” preguntó desde un promontorio, y en busca de conocimiento, el poeta ingles del siglo XVI, John Donne. A esto, Eco le respondió “Ningún hombre es una isla”.


[216] ¿No es acaso ya la búsqueda una especie de hallazgo y uso efectivo de algo? ¿no es lo buscado un ya encontrarse en la búsqueda? Dice Proust: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano, a veces, apenas había apagado la bujía, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme: ‘Ya me duermo’. Y media hora después despertábame la idea de que ya era hora de ir a buscar el sueño; quería dejar el libro, que se me figuraba tener aún entre las manos, y apagar de un soplo la luz: durante mi sueño no había cesado de reflexionar sobre lo recién leído” Marcel Proust, Por el camino de Swann. En busca del tiempo perdido, trad. de Pedro Salinas, Madrid, El Mundo, p. 9. De tal manera para evitar se propaguen la reificaciones y comencemos a preguntar qué es cultura, cabe concibir a ésta como el simple deseo de uso, independientemente del carácter, sentido, o propiedad del uso, pues cultura es finalmente aquello que no cesa.Cfr. La cura —o cuidado— y el papel privilegiado que le otorga Heidegger a esta estructura existencial en Ser y Tiempo § 39-44.


[217] Federico Nietzsche, Más allá del bien y del mal, trad. Eduardo Ovejero y Maury, México, Porrúa, 2009, p.72.


[218] En tal sentido, hemos de tener presente otra advertencia de Nietzsche: “El que lucha contra los monstruos debe tener cuidado de no convertirse él mismo en un monstruo. Y cuando tu mirada penetra largo tiempo en el fondo del abismo, el abismo también penetra en ti”ibidem.


[219] Los artículos de 1905 de Albert Einstein donde postuló el principio de la relatividad serán expuestos en el capítulo III de esta investigación. La teoría del campo unificado es una consecuencia directa posterior de la relatividad, pues cuando ésta, al plantear la equivalencia entre sistemas de medidas de longitud con los sistemas de medida temporal — lo que implica la noción año luz es muestra de ello — torno inestables ontológicamente los conceptos de masa y energía. Así, la teoría del campo unificado busca desarrollar toda un nueva física que en la generación de nuevos conceptos y nuevas categorías, reúna lo que aparece como opuesto, justo por la inadecuación actual del ámbito de posibilidad categorial heredado desde Newton, obteniendo así toda una nueva disciplina que para estudiar la Phisis,brinca las aporías que resultaron finalmente, de la inadecuación categorial. Estas palabras del propio Einstein en 1917 apuntan en la dirección de la dificultad por determinar lo temporal como si fuese lo más sencillo del mundo y entendible mediante una línea ascendente, una sucesión progresiva o cualquier esquema que se nos venga a la simple imaginación: ”Para el físico, un concepto sólo tiene valor cuando es posible discernir, en el caso concreto, si conviene o no. Por lo tanto, debe existir una definición de la contemporaneidad, la cual suministre el método para reconocer mediante experiencias si dos resplandores han sido o no contemporáneos, dados al mismo tiempo. Hasta tanto no se cumpla esta condición, yo, como físico (y también como no físico) me confío a una ilusión si creo poder anexarle un significado a la expresión de contemporaneidad.” Albert Einstein, Teoría de la relatividad general y especial, Madrid, R.B.A, 1983, § 8. ¿Si resulta así en la física aun a la fecha, que se puede esperar de la historia? ¿Por qué ella tendría que tener asegurados sus modos de entendimiento de lo temporal al ser, finalmente, el existir humano un ámbito igual o tal vez mucho más complejo que cualquier disciplina física?






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