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jueves, 1 de agosto de 2013

Conciencia, tiempo y representación | Uno | 3.- La práctica interpretativa del historiador.

3.- La práctica interpretativa del historiador.

Para comenzar a pugnar por una respuesta a las interrogantes desatadas en función de nuestra exposición a la Metahistoria, y fundamentalmente, para comprender la señalada historiograficidad, antes hemos de intentar responder a nuestra pregunta fundamental por el ser de la historia aun cuando de momento sólo podemos enunciarlo del siguiente modo: Toda decisión, el momento ético señalado por White, es un momento de confluencia y coyuntura poética que posee y dispone de una dimensión esencialmente ontologizante desde donde emerge el ser de las cosas, ser que está ya siempre en relación directa a las posibilidades categoriales que tal acto preescribe, a la par que dicho evento es preescrito desde la efectividad que su enunciación le habilita.
De hecho esta totalidad, a la cual se circunscribe la decisión ética, la podríamos captar desde aquello que Michel Foucault llamó episteme.[1] En tal sentido el problema con Metahistoria está en la despreocupación ontológica en que reposan los axiomas que habilitan la propia obra.[2]
A tal respecto es que al perseguir la relación entre la teoría metahistórica y el campo epistémico de Foucault, lo que buscamos es determinar el estado de emergencia y transformación de las disciplinas modernas al tiempo que también intentamos comprender la especificidad aporética y axiomática de los modelos en relación de la aparición de tales fenómenos como la ciencias, las disciplinas o las artes al interior de los modelos mismos.[3] Es decir, esto nos permitirá fijar tentativamente los límites de la hermenéutica que perseguimos al partir de la deconstrucción de la metahistoria.
Pero bien, retornando a nuestro análisis, si por un lado resulta que el aparato conceptual del historiador está determinado por la “sensibilidad estética”, tal sensibilidad es de antemano condicionada por el momento ético que compromete cognitivamente a la representación mental del historiador con una ideología política. ¿En qué reposa tal momento ético que posee una esencial resonancia política?
Para nosotros, tal decisión política no puede ser justificada de suyo sino sólo comprensible a partir del concepto de voluntad de poder. Es decir, el momento ético no es justificable en relación a un plano trascendental atemporal o a un plano metahistórico eminentemente típico-ideal, sino que siendo referencial –y además ocultando en ello la señal misma de su referencia –, el momento ético es un acto discursivo de saber-poder que estipula cuál es el ser de las cosas y cómo es aprehensible ese ser para el propio decir del saber-poder. En tanto acto discursivo, el momento ético se encuentra por tanto ya inscrito en un sistema específico de escrituración y prescripción del devenir.[4] Esto es lo que queremos decir con historiograficidad y la constitución desde ella de las nociones y teorías metahistóricas.
Bajo tal perspectiva, requerimos analizar la crítica que White lanzó sobre Michel Foucualt, pues desde esta otra platataforma, podremos realizar una nueva interpretación de los problemas que nos atañen. Y es que aun cuando en el tránsito hacia El contenido de la forma White haya salido categoriálmente del enfoque ideal-formal para comprender el ser de la obra, los relatos y las narraciones como acciones peculiares del género humano, requerimos antes contemplar las dificultades y peculiaridades que podría implicar un giro pragmático en la estipulación del ser y sentido de la producción de conocimiento histórico y la representación historiográfica desde el ámbito de la acción.

a)                  El problema de la formación de las estructuras y la conciencia histórica.

En la nota cuatro de “La poética de la historia”, White refiere sobre Michel Foucacult, y en general sobre el estructuralismo francés que  

[...] estos últimos están, en general, presos de estrategias tropológicas de interpretación; así como lo estaban sus contrapartes del siglo XIX. Foucault, por ejemplo, no parece darse cuenta que las categorías que usa para analizar la historia de las ciencias humanas son poco más que formalizaciones de los tropos.[5]

Si White finalmente considera a la obra histórica como “una estructura verbal en forma de discurso de prosa narrativa que dice ser un modelo, o imagen, de estructuras y procesos pasados con el fin de explicar lo que fueron representándolos.”[6], ¿qué es lo que podemos concluir de la metahistoria en tanto método?, ¿qué entiende White por representación? Pues creemos que a pesar de aplicar una analítica tropológica, no estamos seguros de que  White escape a la misma formalización de los tropos que refiere sobre Foucault. Por ello preguntamos si White escapa a las condiciones del pensamiento histórico decimonónico al hacer conciente la estructura poética del conocimiento histórico. Y es que al parecer en tal conciencia metahistórica –o simplemente autoconciencia histórica[7] –, el analista ingresaría cognitivamente a la esencia de la conciencia histórica y a la esencia del lenguaje poético, y por tanto a la posesión de ambas. Por ello si bien es cierto que White identificó los componentes estructurales de los relatos históricos, nos preguntamos si con ello habrá identificado la estructuración de tales estructuras[8], pues de hecho ¿es posible realizar tal identificación y poseer tal conocimiento en términos autoconscientes? ¿Pues la posesión de las categorías no implicaría la negación tácita a nuestra hipótesis sobre la imposibilidad de la metahistoria así como de todo trascendentalismo a dar cuenta por el momento efectivo en que puede algo aparecer como presente desde la representación? Pues de fondo lo que se juega aquí es el problema de la posesión de las categorías, los términos, los conceptos y las pautas críticas que nos permiten dar cuenta de las cosas desde la descripción técnica. Es decir, si la posición trascendental de metahistoria no puede dar cuenta por el momento de la presencia efectiva en que la representación ejecuta su vocación, cómo entonces es que dispone de una terminología y de una teoría.
Se podría argüir en última instancia que la postura habilitada por una lingüística como la sassuriana ya implicada en White, no es una posición trascendental, y por ello puede dar cuenta de los elementos sincrónicos de su análisis. Sin embargo, nuestra hipótesis sobre la imposibilidad de justificación tiene una consecuencia final en términos de que dicha imposibilidad es de hecho, el presupuesto necesario de toda posición metafísica.
Por ello necesitamos probar nuestras inferencias sobre la ingenuidad con que se asume la existencia de una realidad per se que se somete a una prosa clara y racional a la que el historiador estaría impedido a condición de aprehender la terminología y el despliegue analítico de una retórica ejecutada por White. De aquí la pertinencia de traer a Michel Foucault.

b) El registro sin pulir y el campo enunciativo

Con una leve diferencia con respecto al planteamiento del estudio de la episteme explicada en Las palabras y las cosas, la apertura conceptual de La arqueología del saber es, en este sentido, bastante clara en torno al tipo de cuestiones a las que se encamina en búsqueda de soluciones. De tal manera que Foucault puede resumir la intención de la arqueología del saber en tanto metodología histórica simplemente como “la revisión del valor del documento”.[9]
Con respecto a esto, y justo en tanto enunciamos que White convierte a la obra historiográfica en documento, las llamadas formaciones discursivas de Foucault no coinciden con las unidades tradicionales del libro o la obra.[10] Así mismo, las formaciones discursivas son y están contrapuestas a los principios de unidad que desde una vertiente de los estudios del lenguaje, en tanto supuestas leyes de construcción del discurso, tratan de prescribir la organización formal del discurso.[11] O como en el caso de White, que desde la gramática, postulan poder comprender la construcción de sentido cercando la interpretación de la producción historiográfica.
El enunciado, en tanto unidad elemental del discurso, es un speech act que por su dimensión performativa antes de cualquier cosa, es una apertura de mundo. Por ello “Los criterios que permiten definir la identidad de una proposición [...] no sirven para describir la unidad singular de un enunciado”.[12] Tal unidad singular del enunciado no es sino la de su existencia.
Con esta revelación de la instancia que vincula acción con existencia, y mediante un contraste con las estructuras de la forma y el significado, es decir algo así el engarce entre lo individual existente y lo esencialmente estructural de las formas, buscaremos estipular no sólo las pautas mediante las cuales se puede estudiar tal existencia, sino a su vez, estipular el marco conceptual-metodológico que permita historiográficamente su manejo. Pero para ello aun no podemos decir que hayamos finalizado de aprovechar a Foucault, pues requerimos proseguir en nuestro contraste para lograr caracterizar no sólo cada polo de nuestra relación, sino tambien la significatividad del engarce señalado.
 Y es que Foucault desde esta existencialidad del enunciado, declara que si el enunciado coincidiera con la frase, bastaría una gramática para estudiarlo. Al no ser esto siempre así, el único nivel que unifica a los enunciados en su totalidad, aun a riesgo de perder la sistematizidad, es la del estudio de los enunciados en el nivel de su existencia.
Ya desde aquí podemos contemplar que la distancia que separa a la arqueología de la metahistoria está dada por el centramiento que Foucautl va a realizar en el acto ilocutorio del enunciado en detrimento del acto locutivo; para el cual efectivamente bastaría analizar-describir la retoricidad del mismo.[13]
Por ello en tanto un enunciado existe cuando hay un acto de formulación, la arqueología se interesa  por la operación que ha sido efectuada, antes que por la fórmula retórica que en su emergencia ya acontece desde las formas intencionales de la promesa, la orden, el decreto, el contrato, el compromiso o la comprobación.[14]

El acto elocutorio no es lo que se ha desarrollado antes del momento mismo del enunciado (en el pensamiento del autor o en el juego de sus intenciones), [...] sino lo que ha producido por el hecho mismo de que ha habido enunciado y este enunciado precisamente (ningún otro) en unas circunstancias bien determinadas. [15]

Ahora bien, se recordará que cuando iniciamos la exposición a la metahistoria de White, el primer punto que resaltamos sobre el ser de la obra histórica era justo su irrebatibilidad, aspecto que en última instancia estaría fundado no desde el acto locutivo que planteaba White como estructuración o conformación del sentido, sino que la irrebatibilidad es propiamente desde el acto elocutivo, el acontecimiento de sí del enunciado.[16]
Por tanto, de aquí se sigue que es en el plano elocutivo donde reposa la verdad de la representación. Sin embargo en tanto lo elocutivo aparece al amparo del signo (lo gramático) y de las redes de significación (lo semántico),  esto irrefutable se pone en juego justo como voluntad de verdad en polémica con lo ya instituido como verdad.
Esto implica que las obras no son estructuras formales, sino que ya anterior a toda formalización,  se trata de eventualidades en la constitución de sentido que se encuentran sometidas a la economía del discurso, expresión que utilizaba Foucault para referir la polémica que levanta todo acto elocutivo auténtico.[17]
White erigió una crítica irónica al trabajo de Foucault sin reparar antes en las consecuencias interiores del planteo foucultiano: la inevitabilidad de la interrogación por el estatus ontológico de los objetos develados por la metodología foucultiana, y por tanto, la reversión o sobredeterminación del objeto metahistórico con respecto a la voluntad de verdad como voluntad de poder. Esta voluntad  postulamos, termina con su propia elisión, es decir, borra el signo de su propia aparición al tiempo que se erige como la supuesta autonomía de la forma. De ahí que el carácter apriorístico del tropo empleado por White, lo temátizado metahistóricamente para estipular el devenir de la conciencia histórica, pueda terminar por comparecer o constituir el criterio formal y metodológico de su investigación teórico-histórica. 
Es cierto que esto se podría revirar en términos de la presencia efectiva de lo retórico señalado y empleado por White al interior de las obras históricas decimonónicas que estudia. Sin embargo, cabe comprender que este problema de lo elidido en términos de la voluntad de poder no es único o exclusivo de White, sino que responde a un problema más general. En tanto la voluntad termina con su propia elisión, borra el signo de su aparición y simultáneamente se erige como una forma autónoma, la voluntad resulta no ser otra cosa más que la conciencia. Esto significa que detrás de los estudios posmodernos, aun se esconde la conciencia moderna.
Por ello, en tanto se devela el vacío respecto al estatus del tropo, qué, cómo y para qué traer a la palestra la cuestión del símbolo y del signo. ¿Cómo retornamos de aquí a la obra historiográfica y a la cuestión por el ser de la historia? Para esto era necesario dar el rodeo en torno a la práctica. Sin embargo, en tanto en este tránsito pragmático permanezcamos aun a la sombra de Aristóteles, cuando ya el estagirita se encuentra en el ámbito de influencia del propio Platón, la cuestión del signo como aparición significativa seguirá anclada en el ámbito de la presencia y la efectividad de ella como conciencia de.
La cuestión es entonces comprender no sólo aquello que hace el historiador y aquello que constituye su material de trabajo, sino que ya también al interior de nuestra propia comprensión, requerimos comprender cómo podríamos llevar a cabo tal ejercicio, comprender lo temporal no sólo desde la presentación de lo presencia al seno de la representación. Requerimos poder comprender la sobredeterminación de la presencia desde el ámbito técnico de su ejecución, es decir el acto enunciativo foucultiano en su eterno retorno al origen interpretativo.




[1] Michel Foucualt, Las palabras y las cosas, trad. Elsa Cecilia Frost, México, Siglo XXI, 1978, p.7. La episteme o campo epistemológico es el lugar arqueológico donde “[...] los conocimientos, considerados fuera de cualquier criterio que se refiera a su valor racional o a sus formas objetivas, hunden su positividad y manifiestan  así una historia que no es la de su perfección creciente, sino las de sus condiciones de posibilidad”. Sin embargo, con respecto al concepto de episteme y al propio método que la arqueología del saber representa, hemos de estar precavidos por el estatuto metafísico que dicho “espacio del saber” conserva con respecto a la narración y al acaecimiento del tiempo humano. A este respecto  vid infra, n 40.
[2] Cfr. Martin Heidegger, “La época de la imagen del mundo.”, en Sendas perdidas: Holzwage, trad. José Rovira Armengol, Buenos Aires, Losada, 1969. p.67-98. Dice Heidegger: “En la metafísica se opera la reflexión sobre lo existente y una decisión sobre la esencia de la verdad. La metafísica funda una época al darle un fundamento de su figura esencial mediante una determinada interpretación de lo existente y mediante una determinada concepción de la verdad. Este fundamento domina todos los fenómenos que caracterizan la época. Viceversa, en esos fenómenos debe poderse reconocer el fundamento metafísico para una reflexión suficiente sobre ellos. Reflexionar es el valor de convertir en lo más discutible la verdad de los propios axiomas y el ámbito de los propios fines” (67). La pregunta en dado caso, más allá de qué es la metafísica, es antes  cómo se valoriza tal valor involucrado en toda decisión sobre la esencia de la verdad. Tanto en Heidegger como en Foucault –ambos siguen a Nietzsche en este sentido –, el fundamento no es sino una “voluntad de poder” por la que cabe preguntar en la reflexión. La esencia del existir humano definida de tal modo, se refleja en el uso por Heidegger en este mismo párrafo del concepto “dominio” para referir el papel de las determinaciones metafísicas hacia dentro del ámbito de lo categorialmente definible, la episteme.
[3] Por ello, al señalar la despreocupación ontológica en que reposan los presupuestos de White, estamos preguntando por la posibilidad de que la estipulación de formas trascendentales como los tropos para referir, clasificar y jerarquizar enunciados, sea la misma estipulación pero en una dimensión diferente que ya siempre se implica no sólo en la identificación de las formas ideales de la conducta humana, el ethos, sino también en la jerarquización y clasificación ideológica de las diversas prácticas humanas en relación al régimen de gobierno que se entreteje de tal clasificación-jerarquización. Tal vez sea prudente recordar el caso de La República de Platón, para poder observar aquello de lo que tratamos de hablar. En el diálogo, a Sócrates se le pregunta si es posible conocer al hombre justo. A esto Sócrates decide aplicar su teoría de las formas, en tanto que si puede obtener un modelo más grande y general del hombre, donde sea más sencillo contemplar la justicia, pueda estipular qué es la justicia misma de tal modo que en tal triangulación pueda dar cuenta de la justicia del hombre partícular. En tal sentido el modelo que Sócrates encuentra es justo el del Estado. De ahí se sigue la estipulación del Estado perfecto acorde a la idea de Justicia, el análisis de las constituciones políticas, y por ende, la indagación  en torno a las causas de degenere de la perfección del Estado. Es aquí cuanto entra en escena el ataque frontal a la poesía, en tanto que Platón argumenta que el Estado enfermo aparece cuando “van a aparecer la pintura y todas las artes, hijas del lujo”(p.486) . En tal sentido,  ¿de qué manera en la jerarquización no se juega algo distinto a la clasificación, sino simplemente se muestra en su operatividad aquello elidido de una clasificación: la valoración inherente a la ordenación mayor- menor que siempre se juega en el jerarquizar? ¿Esto significaría que a todo clasificar subyace el mismo valorar que se evidencia en la jerarquización? Y es que no debemos olvidar que del ataque a la poesía, en tanto la descomposición del Estado, y por tanto la determinación de un criterio formal para estipular los periodos de las constituciones, depende justo la explicitación metafísica de la teoría de las formas mismas. En tal sentido, en tanto que el objetivo de Platón para reformar a la polis de su época se juega cuando dice a Glauco que “Si es nuestro propósito convencerles de que jamás reinó la discordia entre los ciudadanos de una misma república, y que no puede reinar entre ellos sin crimen, obliguemos a los poetas a que no compongan nada, y  a los ancianos de entrambos sexos, a que no cuenten a los niños nada que tienda a ese fin” (p. 469).
[4] Tal sistema de escrituración del devenir cabría entenderlo no sólo desde el propio método de la Genealogía de la moral de Nietzsche, sino desde el objeto mismo descubierto por Nietzsche en su genealogía: la voluntad de saber.
[5] White, Metahistoria, op.cit. p. 15. N. White, tratando de escapar al fenómeno de la intepretación, o al menos constriñéndolo en un cerco retórico, se refiere a la convenientia, la aemulatio, la analogia y la sympatía que en Las palabras y las cosas  “nos dicen cómo ha de replegarse el mundo sobre sí mismo, duplicarse, reflejarse o encadenarse, para que las cosas puedan asemejarse. Nos dicen cuáles son los caminos de la similitud y por donde pasan; no dónde está ni cómo se la ve, ni por qué marca se le reconoce.” Michel Foucualt, Las palabras y las cosas, op.cit. p. 34. En torno a las posición de White y Foucault, hemos de estar alerta justo por el estatuto que conserva el problema de la interpretación de signos o tropos en Foucault y en White, pues es este punto el lugar desde el cual nosotros queremos escapar para buscar justo la hermenéuticidad historiográfica que se da desde el ser y el tiempo.
[6] Ibidem, p. 14.
[7] Hegel estipula que en los modos de la certeza, primero aparece la certeza sensible. En ella el contenido concreto de la experiencia se muestra como un conocimiento más rico que cualquier otro tipo de conocimiento, sin embargo es imposible encontrarle límites. Sobre él, la percepción comienza a posesionarse de lo verdadero en tanto constriñe la certeza sensible en correlato a lo universal. Es decir, el supuesto tomar la parte por el todo de la sinécdoque que White refiere. Por ello mismo lo universal en tanto esencia de la percepción, es una abstracción, que en tanto sus dos términos diferenciados, el que percibe y lo percibido, son lo no-esencial. Así en el tránsito de la certeza sensible a la percepción aparece el mundo suprasensible, el mundo de agentes y causas, donde la conciencia ha arribado a pensamientos. Ahora para que la conciencia puede apoderarse de su pensamiento, requiere justo del concepto. Sin embargo, en tanto se apodera del pensamiento como concepto, en tal movimiento la conciencia sólo se apodera del objeto y no es por tanto, la propia conciencia el objeto que se conceptualiza. Por ello el último escalafon, el empoderamiento del sí mismo, es la autoconciencia en tanto la concienia se duplica a sí y se capta en su propio movimiento en tanto otro. Solo en términos de esta posesición de la autoconciencia, dice Hegel, “es que entramos en el reino de la verdad”. G. W. F Hegel, Fenomenología del espíritu, trad. Wenceslao Roses, México, 2008, p. 107. En este sentido, en tanto Hegel postula que “si llamamos concepto al movimiento del saber y objeto al saber, pero como unidad quieta o como yo, vemos que, no solamente para nosotros, sino para el saber mismo, el objeto corresponde al concepto”, la posesión de las pautas formales de la representación historiográfica, aparecerían como la verdadera instancia de objetividad y conceptualización del conocimiento histórico. En tal sentido, ¿no correspondería el registro histórico sin pulir a una instancia de certeza sensible? En tal sentido es que el nivel donde se ubica White correspondería a la autoconciencia. En tal sentido, cómo cabe interpretar la irrebatibilidad la obra histórica, en términos de la conciencia histórica efectual de Gadamer o la como autoconciencia hegeliana?
[8] El conflicto aquí descansa en la oposición saussuriana entre el plano sincrónico del discurso, la estructura, y el plano diacrónico del mismo, la historicidad del discurso. Ferdinad de Saussure, Curso de lingüística general. Tomo I, Buenos Aires, Losada, 2007, p. 178 y ss. Si la distinción saussuriana se finca en la dicotomía entre lenguaje y habla ¿qué describe White? ¿el lenguaje histórico o el habla de la historiografía? Nosotros hemos de entender la cuestión así: Las estructuras se estructuran, es decir, lo sincrónico posee un fundamento diacrónico que de hecho no es sino el acaecimiento efectivo de habla. Sólo desde tal nivel fue posible históricamente realizar descubrimientos sincrónicos con respecto al habla, no al lenguaje. Si White quiere escapar de la fugacidad y volatilidad de la interpretación, ¿qué consecuencias tiene esto con respecto a los estudios históricos sino su formalización? ¿qué nos impide pensar que tal fugacidad y volatilidad sean ellas mismas los componentes de la historicidad?
[9] Michel Foucault, La arqueología del saber, trad. Aurelio Garzón del Camino, México, Siglo XXI, 2007, p. 9.
[10]  Son estas formaciones enunciativas las mismas que White con razón, denuncia como formalizaciones de los tropos. Sin embargo, la razón no alcanza a observar que tales formalizaciones no son realizadas por Foucault, al menos no en primera instancia. A la sazón preguntamos de qué depende el que se puedan erigir tipologias. Tanto la propuesta de Foucault y de White le deben mucho a la distinción instaurada por Austin (en How to do things whit words) y Seerle (en Speech Acts) entre el acto locutivo y el acto ilocutivo.
El primer término, como acto del decir, es lo que hacemos el relacionar la función predicativa con la función identificadora, es decir, adjudicarle un predicado a un sujeto. Las reglas, las disposiciones generales y las formas de estos actos serían justo los campos de estudio de la gramática y la retórica. Lo relevante del posicionamiento de Austin y Serle es que las diversas formas que adopta un mismo contenido proposicional no afectan al acto locutivo, sino a su fuerza. Esta razón sería el sentido al porqué White señala que los historiadores, si bien pueden gestar representaciones opuestas a los mismos eventos, tal contradicción es solo aparente, formal o tropológica, pues aun se inscribiria en el proceso de la conceptualización que se requiere en el ámbito de la metahistória. Vid. supra. 1.B, de ahí su crítica a Foucault.
Pero ahora bien, el acto ilocutivo, justo como la fuerza de la locución, es aquello que hace uno al decir, de tal modo que Austin y Serle diferencian entre los constatativos y los preformativos, y colocan a la promesa como modelo paradigmático de estos.  Ricoeur los define como “[...] enunciados en primera persona del singular del presente de indicativo y se refieren a acciones que dependen del que se compromete”, Ricœur, La metáfora viva, op.cit. p. 106. Ahora bien, cabe preguntar si lo elocutivo es causa o conscuencia de la locución, ¿pues no nos enfrentaremos en tal dilema a la reificación del habla en términos del lenguaje? La propia propuesta de la metahistórica finca la separación entre el modo de tramar y el modo de argumentar en función de la distinción entre acto locutivo y el acto ilocutivo, cuando el verdadero problema es justo el tema del referente, que para White siquiera lo es por estar asegurado al no cuestionarse nunca. El objeto intencional del acto elocutivo, que si bien con Austin y Serle podemos aceptar no afecta a la formulación del acto locutivo, sí interviene en el llamado “contexto” de la propia locución. Todo estriba en preguntar qué es esa fuerza de la enunciación que nos permite  “formalizar” el proceso productivo del habla en términos de los tropos en tanto modos generales de la producción enunciativa. Los modos, cualidades y  cantidades, pero sobre todo los efectos y la efectuación de la enunciación, serían justo lo pertinente a en un estudio de hermenéutica historiográfica.
[11] ¿Qué es la organización, qué es el orden del discurso? Aquí podemos identificar la posición de Foucault con respecto a  las dos grandes tradiciones de estudio de los procesos del lenguaje: las teorías que ubican al uso como natural y aquellas que lo estipulan desde la convención o el pacto social. El propio Foucault admitió sin embargo que en un momento, persiguió el estudio trascendental de la producción del discurso. Declara en tal sentido: “Pero en realidad ¿de qué he hablado hasta aquí? [...] me pregunto si en el curso de mi estudio no he cambiado de orientación, si no he sustituido por otra búsqueda el horizonte primero; si, al analizar ‘objetos’ o ‘conceptos’, y con mayor razón ‘estrategias’, seguía hablando de los enunciados; si los cuatro conjuntos de reglas por los que yo caracterizaba una formación discursiva definen bien unos grupos de enunciados.” ibidem, p. 132.
[12] Ibidem, p, 135.
[13] “Y el espacio de las semejanzas inmediatas se convierte en un gran libro abierto; está plagado de grafismos; todo  a lo largo de la página se ven figuras extrañas que se entrecruzan y, a veces se repiten. Lo único que hay que hacer es descifrarlas.”, Foucault, Las palabras y las cosas, op.cit. p.35.
[14] Vid. Supra. N. 32. Aquello que hace el decir es justo el despliegue intencional o performatividad de estas prácticas referidas por Foucault.
[15]  Foucault, La arqueología del saber, op. cit p. 138. En tanto intencionalidad Cfr. Edmund Husserl, “Intencion significativa y cumplimiento significativo” en Investigaciones lógicas II, Madrid, Alianza Editorial, 1999, p. 605- 633. así como,  Ricœur, La metáfora viva, op. Cit. p. 107-108.
[16] A tal respecto, en la contra-pregunta por la posesión de categorías y estrategias discursivas o argumentativas, requeriríamos comprender la situación desde su constitución netamente histórica. Al respecto cabría realizar las siguientes preguntas: ¿cómo iniciaron las teorías y las estrategias de la rebatibilidad? Es decir, ¿cómo iniciaron las doctrinas erísticas y mayéuticas de la antigua Grecía? ¿Cómo en la estipulación de la verdad y de los primeros principios comienza la filosofía griega?, y ¿cómo desde Platón y Aristóteles es que finalmente es posible la construcción de una gramática, una retórica y una dialéctica, dispositivo de verdad que a la postre constituirían el núcleo de la enseñanza del Trivium durante la edad medía? Pues  resulta que la exclusión de la poesía de la República de Platón así como la posibilidad del tratamiento analítico de Aristóteles para con la Poética se construye justo en el tránsito de los siglos VI al siglo IV a.C.
[17] Dice Foucault en el primer volumen de la Historia de la sexualiad: “la ‘economía’ de los discursos, quiero decir su tecnología intrínseca, las necesidades de funcionamiento, las tácticas que ponen en acción, los efectos de poder que los subtienden y que conllevan –es esto y no un sistema de representaciones lo que determina los caracteres fundamentales que lo dice”, Historia de la sexualidad. I.- La voluntad de saber, México, Siglo XIX, 2000, p. 86. Para nosotros, a pesar  de lo que diga Focuault, todo eso implicado en términos de “economía” es justo el “sistema de representaciones”.
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Conciencia, tiempo y representación | Uno | 4.- Acto y experiencia. El acto como acontecimiento y el horizonte hermenéutico de su ser: La poesía.



De querernos atener a las diversas ciencias del lenguaje, tal insuficiencia del enunciado por contener en sí y por sí mismo al acto ilocutivo, señala el tránsito que en el estudio de lo ejecutado por la metáfora, realiza Ricœur en La metáfora viva en términos de la subordinación que la semiótica, e incluso la semántica, conservan para con aquello que es esencialmente un acontecimiento hermenéutico.
Michel Foucault
Michel Foucault (Photo credit: alltagskunst)
 Sin embargo, una equiparidad entre las posiciones de Ricœur y Foucault es completamente de signo contrario. Por un lado Ricœur reclama la injerencia y la pertinencia de una hermenéutica del texto para ir descendiendo progresivamente  a las unidades elementales –y por ello mismo, desde su posición, carentes de significado –, del discurso. El enfoque de Foucault termina por dar un giro semiótico (en el sentido de semiótica de Umberto Eco y Paolo Fabbri, y no de semiología de Emilè Benveniste o Roland Barthes), que ubica la significación depositada en ese ente peculiar que es el signo. 
Nuestra posición particular es sin embargo, la de la universalidad del problema hermenéutico. Por tanto, incluso en la noción del signo liberado de los cercos epistemológicos del lenguaje, percibimos la existencia de un acto de asignación de sentido desde el cual –y sólo desde el cual –, es posible toda identificación de signos por parte de un análisis semiótico. Tal proceso es justo la poiesis hermenéutica que en función del sentido, puede producir los signos que la autorefieren. A toda semiótica la habilita un momento hermenéutico, que aun en la indisponibilidad de signos, es capaz de crearlos y comprender sentido incluso ahí donde no hay nada. Sin embargo, de lo anterior, no resulta que el signo sea una unidad elemental sino más bien que este es algo en estrecha relación con el acto donde el signo es. Por ello no podemos descartar a Foucault en tanto el signo es la propia poiesis hermenéutica.
Cabe entender que el acto de habla (o para nosotros el pintar, el pensar en tanto acción, y en general cualquier práctica representacional) es antes que nada un acontecimiento. Foucault sin embargo aclara que “[h]ace falta [...] más de un enunciado para efectuar un speech act.”.
Pues en tanto que muchos actos están definidos por más de un enunciado en una necesaria yuxtaposición de ellos, la unidad analítico-temática del enunciado no puede coincidir así sin más con la del acto de habla. En tal sentido, el acto de formulación no servirá ya para definir al enunciado, al contrario, el acto de formulación deberá ser definido por el enunciado.
 Si este enunciado, resultara ser la lengua de Saussure en tanto inaugura una comunicación o comunidad del uno con el otro en tanto acto, ¿cómo temporalizar tal eventualidad del acto, como sincronía o como diacronía? Si el enunciado se coloca como criterio para comprender el acto de formulación, ¿cómo determinar o extraer criterios de individualización de la eventualidad del propio acto. De comprender la individualización como un corte o elaboración sincrónica en la totalidad diacrónica del acto, ¿no se nos escaparía un tercer elemento dentro de tal elaboración?
Requerimos comprender tal yuxtaposición en la considereación de que no existe ninguna estipulación que nos obligue a comprenderla como una relación cronológica, geométrica, o teleológica. Al contrario, ya antes todo sistema o dispositivo cronológico y teleologico como instancias técnicas de descriptibilidad y definición a los enunciados, deben ser comprendidos desde el enunciado.
Sin embargo, hemos de contemplar la posibilidad de que en el retorno del enunciado existente a su determinación esencial, sea el propio acto locutivo el que ya antes no sólo presuponga la posible recepción por un interlocutor o receptor de cualquier acto o representación, sino que de antemano, habilite técnicamente al acto enunciativo en sus propios maneras y posibilidades de accionar. Esto nos haría suponer un “espacio de intersección” entre la oposición enunciado y acto de habla que conserva un estatus excepcional.
De cualquier manera hemos de estar prevenidos pues a pesar de que esto entraría en  contradicción a nuestra tesis sobre la determinación hermenéutica de lo metahistórico desde la historiograficidad en la elaboración de sentido, la representación no deja de ser interpretación y la interpretación no deja de ser representación. En tal sentido, todo estribaría en comprender este no-dejar-de-ser por parte tanto de la interpretación como de la representación.
Pero bien, antes de proseguir por este camino, si con Foucault el enunciado es el criterio para comprender el acto de formulación, en este punto se le presenta a Foucault un problema. Y es que el enunciado, aun liberado del acto de formulación, requiere de criterios de individualización. Es aquí donde Foucault explicita el sentido del giro semiótico dado por su metodología en dirección al signo y no al discurso o al texto en el sentido ricœurdiano de éste.




a) Estipulación del estatuto del signo desde la existencia del enunciado

En el planteo de La arqueología del saber, el enunciado es un signo que yuxtapuesto con otros signos conforma significados. El despliegue de sentido como habitación y delimitación del mundo –por sobre el acto de formulación o locutivo –, es lo que constituye al acto elocutivo. Ya en Las palabras y las cosas Foucault  declaró que:

Llamamos hermenéutica al conjunto de conocimientos y técnicas que permiten que los signos hablen y nos descubran sus sentidos; llamamos semiología al conjunto de conocimientos y técnicas que permiten saber dónde están los signos, definir lo que los hace ser signos, conocer sus ligas y las leyes de su encadenamiento: el siglo XVI superpuso la semiología y la hermenéutica en la forma de la similitud. Buscar el sentido es sacar a la luz lo que se asemeja. Buscar la ley de los signos es descubrir las cosas semejantes. La gramática de los seres su exégesis.[1]

De tal modo podemos observar que la diferencia metodológica que Foucault realiza de Las palabras y las cosas a La arqueología del saber estriba en el cambio categorial que privilegia al enunciado por sobre la retoricidad gramatical que constituía el enfoque analítico de Las palabras y las cosas, con la salvedad claro, de dejar intacto el primado de la semiótica por sobre la hermenéutica. Y es que si bien Foucuault abandona a la gramática como herramienta exegética, en tal acción realiza ya por completo el giro semiótico que cesa de circunscribir al signo dentro de la lingüística. De tal modo que en La arquología puede declarar:

¿Habrá que admitir finalmente que el enunciado no puede tener carácter propio y que no es susceptible de definición adecuada, en la medida en que, para todos los análisis del lenguaje, es la materia extrínseca a partir de la cual aquéllos determinaban el objeto que les es propio? ¿Habrá que admitir que cualquier serie de signos, figuras, de grafismos o de trazos –independientemente de cuál sea su organización o su probabilidad – basta para constituir un enunciado, y que a la gramática corresponde decir si se trata o no de una frase, a la lógica definir si comporta o no una forma proposicional, al Análisis precisar cuál es el acto de lenguaje que puede cruzarla?[2]

Independientemente a que nuestra crítica señala el privilegio concedido al signo por sobre el sentido y su vocación productora de los signos mismos, lo importancia de este posicionamiento de Foucault radica en concebir al enunciado como acto.  Y por tanto, desde su autonomía con respecto a los fenómenos de la frase o la proposición, tal importancia estriba que la arqueología del saber inmediatamente admite la plurivocidad de interpretaciones a un enunciado, así como la estructura dinámica del mismo. Pues de admitir las consecuencias arriba enunciadas “[...] habría que admitir que existe enunciado en cuanto existen varios signos yuxtapuestos –¿y por qué no, quizá? –, en cuanto existe uno y sólo uno.”[3]
Por esto mismo, y en la reversibilidad sobre el estatuto existencial del signo, cabría comprender que independiente a la hegemonía concedida a la semiótica por sobre la hermenéutica, al ser la preexistencia del signo la determinación esencial a la producción de sentido, la arqueología foucultiana al colocar al enunciado como un acto, y al enunciado mismo como yuxtaposición de signos, nos encamina directamente a nuestra plataforma: la eventualidad histórica no sólo de la producción de sentido, sino ya incluso, la aceptación tácita de una eventualidad histórica en la producción misma de los signos.[4] Esto además en la consideración de que el estatuto de preexistencia queda aun por determinarse.
Por ello, si el umbral de los enunciados es el umbral de la existencia de los signos, ¿qué estatuto singular le puede ser asignado a ese existir?, ¿qué significa ese umbral? Para Foucault no existen enunciados en el sentido que una lengua exista como conjunto de signos definidos por rasgos oposicionales y sus reglas de utilización. De tal modo es el lenguaje que de no haber enunciados, “no existiría la lengua”.[5]

b) La doble estructura existencial del signo y la verdad del signo en tanto artefacto técnico.

La lengua existe por un lado a título de sistema de construcción para enunciados posibles, es decir en su uso efectivo como habla; mientras que por otra parte “no existe [la lengua] más que a título de descripción (más o menos exhaustiva) obtenida sobre un conjunto de enunciados reales”[6], ergo, como objeto de las ciencias y disciplinas que le otorgan una existencia temático-objetual.
Pero nosotros ¿por qué no podríamos decir exactamente lo mismo del signo, o de la yuxtaposición de signos? Es decir, ¿qué prohíbe concebir que estos sólo existan en términos descriptivos y a título de “material” enunciativo? A su vez ¿por qué no decir lo mismo del enunciado?, ¿por qué no contemplar su existencia sólo al nivel del uso efectivo del mismo en tanto empleo de éste para la realización del mundo? Si el tropo es fundamentalmente la enunciación del enunciado, ¿cómo estas cuestiones reestructuran nuestra comprensión de lo metahistórico?
La clave a esto, para no perdernos en una marabunta de relativismo, radica justo en entender al signo, al enunciado, la lengua o al tropo, no desde el supuesto y siempre cuestionable ámbito de su existencia real, pues en ello ya siempre se juega la presencialidad de lo real, cosa que de antemano descartamos como resultado ingenuo del empirismo más ramplón.
Por tanto, el signo debe comprenderse desde su doble plataforma existencial, la de su efectividad referencial y la del proceso productivo implicado en tanto objeto intencional. Es decir, y desde una posición fenomenológica, la noesis y el noema del signo que se nos presenta en su doble articulación desde la individualidad del enunciado y la estructura de la lengua, contrario a lo que Foucault refiera sobre la hegemonía semiótica.
Para comenzar en tal sentido es menester señalar que lo anterior significaría que la lengua, como estructura sobredeterminada por las representaciones historiográficas que de ella disponemos, no sólo es una estructura productiva que predispone nuestro empleo de signos, sino que al tiempo despliega el ámbito referencial de la pertinencia y significatividad de lo enunciado individualmente desde lo abierto por la presentación y operatividad técnica de ella.
 Para nosotros tal vía sería la que nos conduciría a suscribir la universalidad del problema hermenéutico por sobre el imperio del signo de la semiótica. Pero antes de seguir adelantándonos, hemos de encaminar la analítica del enunciado de Foucault al tema de las condiciones de posibilidad del enunciado en el ámbito de su existencia, es decir, el campo enunciativo.
Recapitulando, cabe decir que el enunciado no es sólo signos, sino signos que con un empleo referencial efectivo refieren algo. Heidegger decía que el enunciado involucra una patencia donde algo se hace patente. Tal hacer patente algo sería por tanto la función intencional que esencialmente conferiría al enunciado de un ser específico. Si bien este hacer patente puede, con Foucault, ser tematizado en relación al tono o estilo enunciativo que asume el enunciado –promesa, orden,  decreto, contrato, compromiso o  comprobación –, lo que de momento entra en juego más allá de rasgos estilísticos, es la verdad que el enunciado despliega.
De esta manera, persiguiendo la verdad de un enunciado, Foucault señala que éste “[e]s, en su modo de ser singular (ni del todo lingüístico, ni exclusivamente material), indispensable para que se pueda decir si hay o no frase, proposición, acto de lenguaje.”.[7] Es por ello que el único criterio de verdad del enunciado, desde el cual se puede decir si “la frase es correcta (o aceptable, o interpretable), si la proposición es legítima y está bien formada, si el acto se ajusta o no a sus requisitos y si ha sido efectuado por completo”,[8] es justo su existencia efectiva como singularidad inscrita en las propias condiciones de su ejercicio, en las reglas que la controlan y en el campo en que se efectúa; es decir, en la disposición general de su propia escritura, el ámbito que posibilita toda categorización implicada dentro del enunciado.
Por tanto no es el enunciado una estructura que como conjunto de variaciones entre elementos, podría autorizar un número quizá infinito de modelos concretos. Es antes el enunciado una función de existencia que “pertenece en propiedad a los signos”. Por tanto el enunciado, es el lugar desde el cual se puede decidir en un análisis, por si “a propósito de una serie de signos, [se puede decir] si están presentes en [el enunciado] o no”, además de ser el signo el lugar donde es posible decidir por la especie de acto que se encuentra efectuado por su formulación. Pero ahora, sí nosotros preguntáramos qué clase de lugar es el enunciado en tanto función, o qué límite tienen la posibilidades enunciativas, ¿qué cabría contestar?, ¿qué significa signo? Y es que queda sin responder cómo es posible disponer, y de antemano además, de una serie de signos que permitan valorar un evento enunciativo singular, cómo es posible que algo sea actual de tal manera que se despliegue como acto, como algo donde la subjetividad no participa originarimente formalmente hablando.
Foucault en tal sentido indica que “una serie de signos pasará a ser enunciado a condición de que tenga con ‘otra cosa’ una relación específica que le concierna a ella misma, y no a su causa, no a sus elementos.”[9] Por tanto, si nosotros preguntamos por la disponibilidad apriorística de esa supuesta serie de signos, preguntamos a Foucault qué es esa otra cosa concerniente, pues acaso ¿no será esa “cosa” una especie de absoluto indeterminado?, ¿una “cosa” no infinita pero sí inaprensible e imprevisible?  ¿Pero que acaso sólo lo previsible o en la previsión de los signos es que sucede la interpretación? Requerimos concebir a la propia yuxtaposición de signos en su eventualidad y empleo como interpretación.
Sin embargo antes de dar el giro hermenéutico a la cuestión, esto nos enfrasca de lleno en el conflicto de la fuga trascendental que siempre aparece como primera opción frente al terror de esa otra cosa que atañe a la serie de signos por sí mismos y no con respecto a su causa o elementos. Es por ello, que para no recurrir a una postura metahistórica o metafísica en la determinación de la historicidad o existencia del enunciado, requerimos ahora ir justificando la propiedad de nuestras intuiciones sobre la relación esencial que existente entre historiografícidad e historicidad.
Pues la universalidad el problema hermenéutico, como una instancia que habilita la estipulación de pautas técnicas para la aprensión del sentido, señalaría que el signo en tanto doble estructura existencial estaría siempre sobrederminado por su uso histórico desde la representación –esta ya entendida como la yuxtaposición de signos, que no sería sino la apertura de significativad en términos de espacio-temporalidad.
De tal manera que en la estipulación de ese “siempre” no se puede pensar en una estructura atemporal que trascienda lo temporal, sino que atravesando las disposiciones espaciales y topológicas que nos permiten estructurar relatos, erigir criterios cronológicos para la periodización, y nos habilitan también para el reconocimiento de las formas sincrónicas –siendo ya las formas sincrónicas las propia disponibilidad o predisposión a la especialidad topológica – en que de principio comparecen los signos y las cosas de toda categorización o clasificación. Ese siempre señala la sucesión de una temporalización originaria a todas esas formalizaciones, que de hecho no son sino temporalidades elididas.
Cabe comprender esto en la reconducción de la doble estructura existencial del signo en dirección al lenguaje, pues si bien aun cuando Foucault señaló que el lenguaje como yuxtaposición de signos en calidad de enunciados, era el ámbito existencial de la lengua. Nosotros ahora, desde la lengua y las estructuras del lenguaje necesitamos dar una nueva vuelta al giro foucultiano de las determinaciones de la lingüística estipuladas por Saussure. Requerimos liberal la cuestión del sentido del ortografísmo del signo escrito pero sin retornar necesariamente a la inestabilidad del signo oral. Tal cuestión antes nos enfila a intentar comprender lo poético.
Con ello se evidencia que la estructura lengua-lenguaje es existencialmente simultanea a la doble plataforma del signo, en calidad de su empleo efectivo y eventual como significatividad referencial con respecto a la “cosa” y como materialidad significativa que en tanto evento permite la instauración justo del “ser de la cosa”.
 Posteriormente, desde la doble temporalidad que esto implica, comprenderemos estos dos fenómenos en términos del evento significativo y el evento significante, eventos donde es o acontece la cuaternidad lengua-ser/ enunciado- verdad.  Pero como se verá, esto exige la dificultad de pensar en conjunto al ser y al tiempo.
Ahora en tanto la libertad de la significación que esto conlleva, se juega al interior del acontecimiento eventual del signo, el enunciado o la lengua, y en tanto que con la suscripción de la propuesta foucultiana en torno al lenguaje como enunciado y la inexistencia de la lengua de no ser esto así, se anuncia el inicio de la inquisición sobre el ser de la poesía, pues acaso su ser ¿no estaría contenido en ese ámbito de indeterminación en que subyace la esencia de la transformación de signos en enunciado, las “formas” de la enunciación? ¿Este contenido de la forma no implicaría un ámbito de sobreterminacion de las estructuras gramaticales, retóricas, e incluso dialécticas, sobre la técnica de nuestros modelos, teorías y comprensiones de lo real? Sin embargo, ¿no estará esto fuera del ámbito de lo pensable? ¿Pues no acaso en las determinaciones originales del pensamiento occidental se justo la formalización de la poesía como origen y despligue del estudio sistemático de la retórica, la gramática, la poética y la dialéctica? Sin embargo, ¿tal pista no nos colocaría en la tradición del romanticismo y el idealismo alemán?
Requerimos comprende antes de proseguir por cualquiera de estos caminos, que en nuestra cuestión por nosotros desatada sobre si White no habría reducido la poesía a una mera cuestión técnica ya se juega la reducción o formalización de la poesía. En tal sentido Metahistoria aparecería como partícipe de una larga tradición que ha depotenciado el papel y la potestad de la poesía, reconduciendo el vigor de la palabra por los canales políticos prefigurados en la filosofía de Platón.
Al estatuto heracliteano de eventualidad del signo es aquello que Paul Ricoeur llamó indeterminación futura de toda recepción, calificando con ello cualquier intento semántico, gramatical o lógico de encerrar o constreñir el poder significativo de la poesía. Por ello descartamos que tal libertad de la significación sea potestad de una conciencia, sino que ya siempre reposa tal potencia al amparo del signo como acontecimiento de la palabra poética, el fundamento de la tradición.
Teniendo esto por descontado como límite de la interpretación, en tal ejercicio sobre el ser de la poesía, nos proponemos esclarecer la pertinencia y permanencia histórica e historiográfica que la poesía conlleva al interior de la representación. Pues frente a la cuestión del empleo y producción de signos y sentido, nos aparece la poesía como única plataforma manejable aprensible frente a tales objetivos.
En tal sentido, en la diferencia entre precomprensión e información respecto al ser poético latente en el “documento”, requerimos estipular la posesión y posibilidad de tal precomprensión. Para ello requerimos pensar el ser de la poesía en su doble espacialidad: como signo vertical de la recepción y como despliegue horizontal de referencialidad para la interpretación
c) El evento del signo como poesía.

Se recordará que en nuestra exposición de Metahistoria de Hayden White, lo primero que señalamos fue que para él la obra historiográfica es irrefutable por el modo peculiar en que se da la categorización de la obra historiográfica en tanto modelo de narración y conceptualización histórica, dependiendo tal categorización justo de la “naturaleza preconceptual” y “específicamente poética” que de la visión de la historia y de sus procesos posee un historiador. 
Si bien nuestro análisis no interrogó por tal naturaleza preconceptual de la comprensión realizada por el historiador sobre el tramo histórico peculiar a su investigación, se recordará también sin embargo que nosotros, y sin responder propiamente a la cuestión, preguntábamos en función a la descomposición de nuestra pregunta original –qué es la historia en el planteo de White –, cuál era el ser de la poesía en tanto método analítico de ser efectivamente las figuras retóricas empleadas analítica-argumentativamente por White, la unidad básica de la producción poética en tanto elaboración de sentido inteligido por el historiador.
Con lo anterior, también preguntamos a su momento si White no estaría reduciendo la poesía a los tropos, entendiendo estos finalmente, como un mero implemento técnico de la lengua, lo que dentro de la historia de la filosofía se ha comprendido como la transformación del mythos en logos. Es por ello que ha llegado el momento de ensayar una respuesta al ser de la poesía, pretendiendo además en tal ejercicio, esclarecer la pertinencia y posición histórica e historiográfica que la poesía juega en de la elaboración de representaciones, es decir el despliegue de mythos en el sentido ricoeurdiano del término.
De esta manera tenemos que comprender que en tanto Foucault estipula que una serie de signos pasará a ser enunciado a condición de que tenga con otra cosa una relación específica que le concierna a ella misma, y no a su causa, o a sus elementos, nosotros nos enfrascamos de lleno en el conflicto de la fuga trascendental que siempre aparece como primera opción frente al terror de esa otra cosa que atañe a la serie de signos por si misma y no respecto a su causa ni a sus elementos. En tal sentido, requerimos sostenernos en nuestras preguntas y permitir que la pregunta por la poesía se transforme radicalmente para apuntar en dirección de aquello referido por la poesía. ¿Qué refiere la poesía?
De principio y aprovechando la exposición realizada a La Arqueología del saber, hemos de decir dos cosas. Primero, que el ser del enunciado es esencialmente poético, y segundo, que aquello que valida al enunciado, su condición de verdad, es su existencia misma, la doble plataforma existencial del signo en tanto despliegue de sentido.
Dicha existencia, en tanto acto poético, refiere como patencia los signos mismos que lo autorefieren, lo autointerpretan. Si preguntáramos de nuevo con Foucault qué es esa “otra cosa” que concierne al enunciado mismo, hemos de responder que tal “cosa” no-es  sino el tiempo, o mejor dicho, el ser como entramado espacio-temporal que permite el resguardo y el despliegue de un mundo habitable, es decir y con Ricœur, la narración, en tanto que la yuxtaposición de signos posee la misma estructura que la narrativa.
Así de principio, en relación al método metahistórico tenemos que señalar que a pesar de toda la utilidad y el conocimiento que nos ha reportado,  es insuficiente en tanto no logra dar cuenta del ser de aquellas figuras narrativas empleadas por el historiador en términos del ámbito de precomprensión práctica del mundo y no sólo de información del registro histórico sin pulir. En tal sentido es que necesitamos diferenciar entre precomprensión e información respecto al ser poético ya latente en el “documento”. Es decir requerimos estipular la posición y pertinencia de tal precomprensión, así como la presunción de información de tal precomprensión práctica por parte del historiador al interior de su práctica.
Esto señala de principio que una integridad existencial y originaria entre los términos precomprensión e información es separada cronológicamente en la estipulación técnica de diversos momentos o periodos de la operación historiográfica. Pues si bien White, en su teoría de los  cinco puntos con relación al “registro histórico sin pulir” explicita la estructura de la obra historiográfica, no cae en la cuenta que tal estructura es la misma historia que en tanto devenir produce –y ya desde el campo enunciativo –, la temporalidad narrativa que permite al historiador, así como de hecho a cualquier individuo arrojado al existir, comprender su “realidad” de modo “inmediato” en el acto mismo de ser-ahí.
Tal consideración, que coloca al problema hermenéutico como condición originaria del existir humano en general –y por ello, en particular, a toda práctica ejecutada por el historiador– no es sino propiamente la tesis hermenéutica de Ser y tiempo de Martin Heidegger, a saber, que el tiempo es el horizonte desde el cual se comprende el sentido del ser del ente.
En tal sentido, el ser de la obra historiográfica  ha sido metahistóricamente referido por White más no así históricamente explicitado, pues aun cuando la obra sea imposible de ser refutada, no es esto porque finalmente y en términos de teoría de la verdad, sea ella correspondiente o adecuada a aquello de lo que es correlato. Si la obra está anclada en aquello que cabría entender por el campo histórico, y éste a su vez, está elaborado con base al supuesto registro histórico sin pulir, hemos de interrogar cuál es el ser de ese tramo de proceso histórico que la obra historiográfica descubre y despliega significativamente mediante una operación poética. Sólo en tal sentido, esclareciendo el par eventual que son el acontecimiento histórico y su representación historiográfica realizada a posteriori, podría ser comprendido el entendimiento historiográfico como participación-elaboración de y desde el sentido de lo histórico. Es decir y como lo señala White aun cuando trasformemos sus implicaciones, requerimos entender a la obra historiográfica como la mediación significativa del registro histórico, el campo histórico y una comunidad de lectura.[10] En la consideración de que la misma comunidad lectura es el primer agente productivo no sólo de la historicidad, sino de la historiograficidad, instancia que de facto, se encontraría ya presente en toda construcción simbólica del mundo, en toda práctica efectiva del existir humano. Esto significa que el entendimiento historiográfico es participación-elaboración de y desde el sentido de lo histórico.
Tales consideraciones indican que en los términos del proceso histórico que la obra historiográfica explica, la propia obra historiográfica es parte estructural –de principio en términos de significatividad cognitiva y de expresividad plástica – al propio tramo histórico que explica; de tal modo que la operación historiográfica es un acto de apropiación de sentido, que presuponiendo en ocasiones la inconexión, redirecciona la “inercia” del devenir por los canales políticos que circundan, atraviesan, y por ello mismo disponen a toda representación.[11]
Entre sus primeras consecuencias, estas hipótesis nos llevan a cuestionar el estatuto no sólo de los tropos, o no sólo de la plataforma analítico-historiográfica que es Metahistoria. Si para White los tropos determinan la forma que adopta el discurso historiográfico –ergo el estilo de un autor –, nosotros para comprender el pensar efectivo de un pensador –la cuestión de la conciencia –, hemos de reconducir los tropos desde su metahistoricidad hasta la existencia efectiva de ellos. Tal análisis existencial del discurso, antes de concebir retóricamente a las figuras del lenguaje, comprende al decir, en tanto actos de habla, como acaecimiento de la palabra.
Con esta propuesta metódica-analítica que busca el sentido, ya en el término palabra se subsume y presupone el proceso total de acto-enunciación-signo. Por ello, con respecto al acaecimiento de la palabra podemos preguntar por la manera en que tal acontecimiento puede ser confinado a una serie de ámbitos discursivos particulares. Pues con respecto a la historia de White cabe que nos cuestionemos si acaso el pensamiento historiográfico del siglo XIX corre ajeno a ámbitos discursivos paralelos Si se sigue la pista de las polémicas que como correlato hemos ido glosando o comentando hasta este punto, se podrá inferir junto a nosotros que esta cuestión conlleva la necesaria reinstauración del pòlemos griego frente a la tecnificación de la palabra poética en la conversión del mythos en logos por parte de la filosofía platónico-aristotélica. A tal respecto cabe recordar el estatuto que el conocimiento histórico junto con lo temporal tenía para Aristóteles, así como la interpretación del ser de la poesía tanto del propio Aristóteles como ya antes de Platón mismo.
Si señalamos que el momento ético no era justificable sino en relación a la propia historicidad de su acontecer, tal historicidad puede ser enunciada en términos de voluntad de poder, entendiendo a ésta desde Nietzsche, justo como la esencia del existir humano. Esto mismo, al mentar no otra cosa sino que la temporalidad es finalmente el lugar –y en consonancia a la tesis hermenéutica de Heidegger – desde el cual todo valor se valoriza, nos ha de poner en la pista del interrogar por el decir que en su despligue, en tanto modos efectivos de valorar y referir los fenómenos, confiere simultáneamente al tiempo mismo del poder que hace emerger al discurso ya como discurso o como plexo de cosas y objetos a la mano. Es decir, requerimos indagar por la temporalidad involucrada en la aparición significativa de fenómenos no sólo para el historiador que investiga el propio campo enunciativo del pasado, sino para aquellos que refirieron y refieren tal campo como presente en eso que el historiador toma ingenuamente como documento.
En tanto esto constituye una reconducción de la polémica entre precomprensión e información a la teoría política nietzschiana en términos de la relación signo-valor-tiempo, el ejercicio de evidenciar la referencialidad oculta que en términos de estructuras típico-ideales se presentan como categorías analíticas de la representación historiográfica, consistiría justo en señalar el régimen de temporalidad específico desde el cual los valores históricos se conforman y acontecen.
Así, el momento ético como acto discursivo de saber-poder que estipula cuál es el ser de las cosas y cómo es aprehensible ese ser para el propio decir del saber-poder, se encuentra ya inscrito en un sistema específico de escrituración del devenir, siendo ésta totalidad referida por el enunciado justo en términos del campo enunciativo desde el cual se valoriza no sólo la comprensión del historiador, sino ya también de toda forma de existencia humana.
Ahora si tal despliegue de la voluntad de poder constituiría el motivo esencial al porqué efectivamente la obra historiográfica, como señala White, no es susceptible de ser impugnada o refutada, requerimos comprender que al interior de las cuestiones tal como las hemos planteamos, y he hecho también en nuestro propia planteo se elide algo que escapa y funda al tiempo nuestro conocimiento. Tal inconmesurabilidad es extratexual como ámbito desplegado desde estas líneas. 
La obra historiográfica, como de hecho lo sería toda representación, antes de ser una cosa es el acontecimiento de ella misma, el acto donde la obra historiográfica es. La enunciación de ella es, si nos plegamos a categorías foucaultianas, no sólo voluntad de saber, sino voluntad de decir.[12]
Por ello podemos decir que la producción del discurso es el acontecimiento que se presenta o acontece témporo-presencialmente y en términos de obra, justo como resultado de la producción. Nosotros a este fenómeno lo denominaremos representación, de tal manera que si preguntamos por las condiciones de la producción de la obra y no por la supuesta obra, se nos presenta así de principio aquello que White denominó como modo de implicación ideológica.
Si esté modo de implicación ideológica interviene directamente en la constitución y bajo los términos de condición de posibilidad de la producción de aquello llamado por White como “objeto de percepción mental” que se ofrece a la reflexión del historiador,[13] hemos de preguntar no sólo por el ser de esa percepción, sino por el sentido de esa instancia que percibe. Desde la perspectiva que intentamos habilitar, dicha percepción mental no sería sino el correlato de una técnica de saber-poder acaeciente desde el propio campo histórico.[14]
El sentido, aun como incógnita por ser descubierta, y aun como esencia del llamado registro histórico sin pulir de los supuestos hechos referidos por el plexo de documentos, es antes de ser un ciframiento. Pues el sentido es ya desciframiento, desencriptación que en parte, y desde la selección de los documentos mismos, habilita la interpretación del propio historiador. Esto significa que el emisor ya interpreta-recibe una estructura enunciativa que recompone y sobredetermina su propia precomprensión.
Tal opción confirmaría que el documento, independientemente de cuestiones de géneros literarios, o incluso de conceptualizaciones y categorizaciones ontológicas, contiene ya de suyo toda una dimensión de historiograficidad que cabe interpretar, y de hecho ella misma ya siendo interpretación.[15] De tal manera que aquello llamado modo de implicación ideológica como compromiso cognoscitivo, no sería sino la referencia intencional del discurso para con aquello mismo de lo que es correlato. El registro histórico antes de habitar en la extrañeza, o mejor dicho, incluso desde la extrañeza, ya pre-dispone en dirección a aquello que es posible ser pensado históricamente.[16]
¿Cuál es el estatuto de tal correlato? Si los tropos tienen por función el tornar comprensibles a la conciencia los contenidos de la experiencia que se resisten a la descripción en prosa clara y racional, ¿qué constituye lo racional de nuestra razón sino la misma estructuración retórica de lo poético en tanto figuras del lenguaje. Por ello, lo “racional” no es sino la “racionalización” de aquello que no en bruto, sino enajenado como sistema retórico-analítico, dispone de lo poético sin tener conocimiento o siquiera necesidad –de principio y sólo en un primer momento hipotético – de la retórica, es decir la conceptualización ejecutada por la alegoría que retorna para circunscribir la representación.
Por ello, si la comprensión humana de cualquier fenómeno no racional-prosaico puede realizarse mediante la relación extrínseca que se presume caracteriza a los dos órdenes de fenómenos vinculados mediante las reducciones metonímicas, o como también dijo White, “ser interpretado por sinécdoque como una relación intrínseca de cualidades en común”, ¿cuál es el estatus en donde se conservan los fenómenos ajenos a la comprensión de la racionalidad?[17] ¿Es acaso la comprensión racional, mediante los tropos que trasladan el sentido a un ámbito de lo familiar, el único modo de la comprensión? ¿Por qué nos hemos obsesionado en que sea así?
Tal proceso de traslación descrito por White desde lo extrínseco a los fenómenos consignados en el registro histórico en dirección a lo intrínseco de la aplicación de un tropo, es decir, la elaboración de un trama que se dispone al juicio de una comunidad de lectura, es el espacio de empoderamiento, de apropiación del sentido en la conformación de significatividad que presuntamente acontece por sobre una masa ingente de hechos burdos e inconexos y simplemente consignados a la buena de Dios en los documentos.
Si entre el aspecto epistemológico y el momento ético se habilita la facultad explicativa al campo histórico, mientras que entre el momento ético y el plano estético radica la construcción de un modelo verbal, tal momento ético, aun cuando sea inconsciente, se inscribe en tanto acto bajo los términos de contigüidad temporal con aquello mismo que interpreta. Esto es la yuxtaposición de signos historiográficamente intrerpretada.
De tal manera la narración es ya la continuación a algo dicho, aquello mismo referido por la narración, es decir, su mundo. De tal manera que aun sea mínima o máxima la contigüidad temporal que separa al historiador de los acontecimientos que interpreta, es esa misma distancia la que habilita aquello que se propone constituir en tanto campo histórico y explicar en términos del “registro histórico sin pulir” como obra historiográfica.[18] Por tanto, el aspecto epistemológico y el plano estético no son sino facetas del mismo momento ético que dispone finalmente la interpretación y por tanto, la producción de la obra historiográfica.
Con White también admitimos que la práctica del historiador consiste en un poder aplicar a los datos del campo histórico el aparato conceptual que utilizará para presentarlo y explicarlo. Sin embargo si para White el historiador para poder presentarlo tiene antes que prefigurarlo, “constituirlo como objeto de percepción mental”, nosotros decimos que la elaboración del discurso historiográfico descansa antes bien en la relación de correlato que éste guarda con respecto al campo enunciativo. Tal percepción mental no es sino una manifestación discursiva del propio correlato que permite explicar, y desde una metaforicidad específica, el proceso de conformación de sentido. 
En tal sentido, el concepto de alma propuesto por Foucault en Vigilar y castigar a propósito de la propuesta de la microfísica del poder, evidencia tal circunstancia al tiempo que permitiría superar el concepto de ideología al evidenciar ésta como el trabajo de ocultamiento del poder efectivo, el signo de la voluntad que se oculta en toda autoreferencialidad bajo el concepto ingenuo de técnica. Dice Foucault:

La historia de esta “microfísica” del poder punitivo sería entonces una genealogía o una pieza para una genealogía del “alma” moderna. Más que ver en esta alma los restos reactivados de una ideología, reconoceríase en ella más bien el correlato actual de cierta tecnología del poder sobre el cuerpo.[19]

Ahora bien, en torno a la crítica al sujeto, a la conciencia, al alma, o a cualquiera de sus reencarnaciones, justo en la dirección precisa al tema que se nos descubre, el tiempo y la historiograficidad de todo discurso, otra advertencia de Foucault nos debe poner en alerta sobre el sentido final de la irrebatibilidad de la obra historiográfica,

[...] jamás se ha dicho todo; en relación con lo que hubiera podido ser enunciado en una lengua natural, en relación con la combinación ilimitada de los elementos lingüísticos, los enunciados (por numerosos que sean) se hallan siempre en déficit; a partir de la gramática y del acervo de vocabulario de que se dispone en una época determinada, no son en total, sino relativamente pocas cosas, las dichas.[20]

Tal vez entre este déficit de lo dicho frente a combinación ilimitada de los elementos, en tanto estos los conocemos implícitamente desde nuestros propios discursos nos señale el rasgo esencial inherente de la técnica. A partir de lo anterior, hemos de decir que la obra historiográfica es irrebatible no desde lo dicho, sino desde el tiempo abierto de su existencia discursiva, aquello que hace y podrá hacer en tanto decir. Pero ahora, estudiar el tiempo de los discursos ya nos aleja mucho del tema del pensamiento histórico como opuesto a un pensamiento trascendental, o siquiera al de la exclusividad de una disciplina que de cuenta de la historicidad, pues “El tiempo de los discursos no es la traducción, en una cronología visible, del tiempo oscuro del pensamiento. El análisis de los enunciados se efectúa, pues, sin referencia a un cogito.”[21]
Lo que sigue requiere reconocer la dificultad de replantear todo este debate en términos de la reconducción a la operatividad implicada en las cuestiones que desplegamos. En tanto en todas ellas resaltó el empleo efectivo de tales instancias, –signos, tropos, criterios formales, el enunciado como existencia efectiva del discurso, y la necesidad de determinar la instancia de individualidad del speech act como existencia –, nuestro problema es eso que escapa a la consideración o dominio humano de la técnica.
Ahora bien, y en tanto que Nietzsche decía que para conocer algo es necesario prometer más de la cuenta, con la cuestión de la técnica como hilo conductor de la segunda parte de nuestra investigación, nos proponemos ahondar en nuestra comprensión de los implementos técnicos y la normatividad en la práctica del historiador y la comprensión histórica del mundo. Para ello hemos optado por analizar la cuestión de la periodicidad en tanto uno de los rasgos esenciales de la práctica del historiador, máxime cuando ésta ya siempre escapa al control del mismo, pues en ello además aprovechamos el impulso de lo insoslayable que nos ha acompañado a lo largo de esta exposición, la cuestión del nihilismo y la época histórica en que concluye el relato de White, el modernismo.



[1] Foucault, Las palabras y las cosas ,op.cit. p. 38.
[2] Foucault, La arqueología del saber, op.cit. p. 140-141.
[3] Ibidem, p. 141.
[4] En Metafísica I, b1, Aristóteles, plantea que “del examen de las cosas producidas por la técnica, respecto de las cuales los platónicos no creen que haya Formas, resulta que existen cosas sin necesidad del auxilio de las Ideas.” La cuestión es como conocerlas. Además dice, “En el Fedon se afirma que las Formas son causas del ser y del devenir. Con todo, suponiendo que existan Formas, las cosas que de ellas participan no se engendrarían a menos que existiera algo que inicie el movimiento” (I, 991b 3 y ss.) Ahora bien, en este mismo tenor en Metafísica II 994 a 25 y ss, plantea justo la relación sincronía- diacronía en términos de los conjuntos de entes que emergen a la observación y a la búsqueda de las causas de ellos en tanto que plantea que las causas no pueden ser finitas y que para conocer se requiere de conocer lo determinado, es decir, cuando se llega a los elementos inteligibles de la definición ¿pero en este sentido, cuál es la diferencia efectiva que se juega entre la epistemología platónica y la aristotélica? Dice Aristóteles sobre la requisición del elemento intermedio que habilita el conocimiento: “En el primer caso, se trata del surgimiento de lo generado a partir de lo que está generándose [lo diacrónico, el niño que llega a ser hombre] Este último es un intermedio entre el ser y el no ser. En el segundo caso [lo sincrónico] la aparición del segundo término [decir que del aire procede el agua] implica la destrucción del primero” En tal sentido la reversibilidad es sólo posible en los términos de los segundos entes, los principios o ousías sincrónicas, y no así en las sustancias diacrónicas. En este sentido, el pensar de los signos requiere pensarlos justo en términos similares a los de la relación agua-aire, que en tanto refieren entes no sensibles, no contienen materia y se emplean más bien en la argumentación de la razón discursiva. Sin embargo y pensando en White, este sería el argumento que posteriormente White abandonaría en tanto descubre el contenido de la forma. Es decir, la sobredeterminación diacrónica sobre la sincronía.
[5] Focuault, La arqueología del saber, op.cit. p. 141.
[6] Ibidem, p. 142
[7] Ibidem, p. 144. Las cursivas son nuestras.
[8] Ibidem.
[9] Ibidem, p. 147. Este argumento de Foucualt también puede ya encontrarse en Aristóteles, en tanto es el que fundamenta la indagación de las ousías, y la base metodológica de la metafísica, dice en IV 1003a 33 y ss. “El nombre ente tiene muchos significados, pero todos ellos en relación con algo único. Todos esos significados no tienen una mera coincidencia nominal, sino que así como los diferentes significados de ‘sano’ están referidos a ‘salud’ y los diferentes significados de ‘médico’ están referidos  un principio único: la ousía”
[10] Y es que “registro histórico” “campo histórico” y “tramo histórico” no constituyen sino reificaciones sucesivas del mismo fenómeno originario, el mundo, que de contemplarlo desde la ontología heideggeriana –la misma de la que abreva y se nutre la hermenéutica de Ricœur – cabe entenderlo poseedor de la misma estructural existencial que el Dasein, la historicidad del existir humano. Cfr. Martín Heidegger, El ser y el tiempo, trad. José Gaos, México, FCE, 2005, § 14. s. Idea de la mundanidad del mundo en general y § 75. La historicidad del “ser ahí” y la historia del mundo. 
[11] Los dos grandes temas que se nos colocan así al preguntar serían justo los de la mediación como proceso de comunicación y comunidad de sentido, y el de los presupuestos involucrados en el proceso de la comunicación.
[12] Si se sigue la pista de las polémicas que como correlato hemos ido glosando o comentando hasta este punto, se podrá inferir junto a nosotros que ésta cuestión conlleva la necesaria reinstauración del pòlemos griego frente a la tecnificación de la palabra poética en la conversión del mythos en logos por parte de la filosofía platónico-aristotélica. A tal respecto cabe recordar el estatuto que el conocimiento histórico —junto con lo temporal —  tenía para Aristóteles, así como la interpretación de la poesía del propio Aristóteles como ya antes de también de Platón mismo.
[13] White, Metahistoria, p. 39.
[14] Por tanto el campo histórico no sería otra cosa que el propio existir humano. Sin embargo, aun cuando a este tema es al que finalmente queremos arribar, el sentido de esta nota está en el concepto de alma de Foucault. ¿La injerencia de ésta en términos trascendentales, ergo, condiciones de posibilidad cognitivas? Tal concepción descartaría de facto toda clase de inocuidad del registro histórico. Entendiendo de facto una relación de determinación del registro en dirección al campo histórico dispuesto por el dispositivo analítico-representacional del historiador y por tanto, también una relación de sobredeterminación de entramado que la elaboración historiográfica realiza  con respecto al  tramo de proceso histórico que cubre, abarca o representa.
[15] Tal interpretación por ello mismo no sería sino una participación, en ello, ya poseedora de significado, y tanto mismo, ya orientada de un modo determinado en el mundo. Esto señalaría la estructura de la precomprensión práctica del mundo.
[16] Pero con esto no hacemos sino colocar a la historiografía no como una herramienta secundaría en el estudio de productos culturales con respecto a un campo temático de la investigación histórica o incluso de cualquiera de las humanidades, sino que de facto la colocamos en el núcleo original y principal de la precomprensión práctica del mundo
[17] Lo terrorífico, lo horrible y lo angustioso como el ámbito donde residen o se conservan los fenómenos ajenos a la comprensión, a la racionalidad. ¿De donde a su vez tendrían que brotar las narraciones mismas y a donde cabría dirigirnos en tanto persecución de la lethe, el olvido? Cfr. Nietzsche la 2° consideración intempestiva y el mito de Her el armenio y su descenso al “infierno” al  cierre del libro X de La república de Platón, mito relativo justo al olvido, la lethe, y a la phroneis, la prudencia, para alcanzar la verdad, la a-letheia. Sin embargo, ¿esto no señalaría justo al ser-para-la-muerte de Heidegger como la estructura original de la temporalización del tiempo humano?
[18] Cabe recordar que para Gadamer es justo la distancia temporal el fundamento del conocimiento histórico. Cfr.  “La historicidad de la comprensión como principio hermenéutico” en Gadamer, Verdad y método,op.cit. p. 331 y ss.
[19] Michel Foucault, Vigilar y castigar. Nacimiento de la prision., trad. Aurelio Garzón del Camino, México, Siglo XXI, 2008, p. 36.
[20] Foucault, Arqueología del saber, op.cit. p. 201.
[21] Ibidem, p. 207.
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