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lunes, 25 de julio de 2011

2.3. Dostoyevsky y la supresión de las contradicciones



Cuando vemos una pintura algo aparece en el primer plano. El que eso aparecido posea coherencia. depende  de los elementos que ubicados en los planos subsiguientes a ese primer plano, apunten a una línea de horizonte de la propia imagen, ahí donde se fuga la perspectiva y se gobierna desde  la composición y la componibilidad.

Tal gobierno, al estar contenido en la representación misma, ahí, es lo que permite emerja el sentido a quien observa el cuadro. Solemos exclamar una vez que impresionados comprendemos lo representado, gozando de la belleza y de la maestría con que el artista ejecutó su producción. Pero como pudimos observar con Munch, la representación no sólo se gobierna desde lo dispuesto geométricamente, sino que, conceptualmente, también se encuentra ahí una disposición discursiva que igual coloca algo en el primer plano, otro que no es yo ni tampoco es en o el cuadro, indicación de una comunidad para nosotros, hasta este momento, extraña.

Mediante la profundidad conceptual que se abarque o se disponga, se puede conducir a la interpretación por ciertos caminos.

Siguiendo estas indicaciones, descubrimos en Munch a la conciencia, pero de hecho, tal ejercicio nos informó que la conciencia en Munch es la conciencia enfrentada a sí misma. Tal momento, descubierto por el momento de la interpretación, es una explosión de sentido con onda expansiva tan poderosa y violenta que aún continua causando estruendo y estragos, pues cuando el abismo voltea y se observa a sí mismo, entrega por productos la extrañeza y lo absurdo, experiencias que, como tal, no expresan un sentido convencional, sentido que de buenas a primeras sea historiográficamente comprensible y expresable.

Si analizamos temporalmente los sucesos, el evento en que la conciencia se encuentra a si misma y el evento en que se interpreta tal momento ¿no cabria pensar que la conciencia no es la enfrentada a la extrañeza sino que, antes bien, ya toda conciencia fuera de antemano la conciencia consecuencia del extrañamiento? ¿Qué nos impide tomar en serio esta proposición? ¿Cómo está dispuesta nuestra escena, epistémicamente hablando, que nos impide tomar por válida tal proposición? ¿Cuál es el problema filosófico que no hemos podido expresar y por tanto nos acosa desde cada una de las preguntas que articulamos? ¿Cómo sería la escena en la que el absurdo precede a la conciencia haciéndola aparecer, la escena en que el sinsentido funda originalmente al sujeto?

Con tales intereses en nuestro recorrido, la proxima parada será la obra última de Fiodor Mijailovich Dostoyevsky, Los hermanos Karamazov, escrita entre 1878-1880 y publicada en 1881.

De principio se nos podría objetar que tal obra es una novela; se nos podría reclamar el emplear un criterio aplicado a una obra pictórica ahora en una obra narrativa. De presentarse tal impugnación, ésta misma debería responder a su vez qué es una novela y qué es el narrar que hace posible a la novela, pues en tal vértice, conceptos como “novela”, “texto” “ficción” ya tendrían que dejarnos entrever las metas y las salidas que permiten a uno como lector, comprender de antemano la posesión de una obra que se presenta. La constitución temporal del sentido no podría estar confeccionada desde un ámbito ajeno a la confección misma de la representación.

Por ello, antes de pretender responder qué es una novela, o qué una pintura, qué una tesis o qué la verdad, nos desmarcamos de tales cuestiónes y señalamos sencillamente que nuestro tema es la representación. Tema que como práctica dotadora de sentido, es susceptible de convertirse en objeto de reflexión historiográfica y filosófica. Por estos motivos, frente a la episteme que prefiere encallar al decir de la representación en campos particulares tales como la crítica literaria, la teoría literaria, la historiografía, la filosofía, e incluso la poesía, intentamos cuestionar, y desmarcarnos en tal cuestionamiento, de cualquier convención que nos impida acceder a ese grito del decir de la representación, grito que entonces deja de sernos extraño aun cuando todavía no comprendamos su sentido.

Así, suponemos que eso que cabe llamar “conciencia nihilista” en la “obra” de Dostoyevsky es resultado ya del absurdo y no antes su causa.[104] Con ello decimos también que es eso, el nihilismo, lo que otorga coherencia y unidad narrativa a la historia representada en Los Hermanos Karamazov, en el sobreentendido claro, de ser el nihilismo ya causa también del crack de la representación.

Más allá del evento del crack de la representación estamos nosotros mismos y nuestro objeto, el decir de la representación que enuncia el crack. En el mero trasfondo que gobierna también esta investigación, ese absurdo que representan las cuestiones por nosotros estudiadas, será finalmente nuestra última parada. Por tanto nuestro camino está señalado en el preguntar por cómo apareció al algo del decir algo absurdo.
Por ello, en el retorno incesante de los medios de una época, tal vez se logre entender mejor lo que tratamos de expresar si se atiende a una pieza narrativa anterior a Munch pero contemporánea al joven Dostoyevsky.

[104]Cfr. Martin Heidegger,”La frase de Nietzsche ‘Dios ha muerto’”, en Martin Heidegger, Sendas perdidas. op.cit., pues en este sentido, resultará útil contrastar nuestra hipótesis de trabajo en relación al juicio de Heidegger con respecto al nihilismo, dice: “El nihilismo es un movimiento histórico, no cualquier opinión y doctrina sustentada por cualquiera. El nihilismo mueve la historia a la manera de un proceso fundamental, apenas conocido, en el destino de los pueblos occidentales.” (181). Más adelante, sobre las manifestaciones culturales del nihilismo observa “[...] incurrimos fácilmente en el funesto afán de presentar como nihilismo fenómenos que son ya consecuencias y sólo consecuencias del nihilismo o de presentar como causas del nihilismo lo que sus consecuencias y repercusiones.” (185)

2.3.1 En torno a la narración: Bartleby



¡Y Ahab está sólo entre los millones que pueblan la tierra, sin hombres ni dioses que se le avecinen! ¡Frío, frío! ¡Tiemblo de frío! ¿Y bien? ¡Eh, los vigías! ¿La ven? Anuncien cada chorro, aunque respire diez veces por segundo.
Herman Melville, Moby Dick o la ballena blanca.

Muchas veces la representación, para resaltar algo, puede contener otras representaciones que sirvan de contrapunto para amplificar algo que el autor quiere señalar. Tal era la vocación del entremés o sainete desarrollado por el teatro del Siglo de oro español.

Con tal sentido, las últimas cuestiones referidas también se pueden enunciar diciendo que de querer tomar conciencia profunda de los problemas, cuestiones y posibles respuestas que intentamos expresar aquí, resultaría necesario emprender una historia exhaustiva de las prácticas narrativas y de las conciencias narrativas emergentes desde aquellas, ya que es en el narrar donde se gesta el sentido.

Tal ejercicio escapa por mucho a nuestras ambiciones, pero tal vez se logre entender mejor lo que tratamos de referir si se atiende a una pieza narrativa anterior a Munch pero contemporánea al joven Dostoyevsky, y es que antes de acceder a la exposición de Los Hermanos Karamazov, el partir, en dirección a la cuestión de la narración desde el caso de Herman Melville, puede ser mucho más idóneo que la simple y árida exposición teórica de las cuestiones a tratar.

Moby Dick (1851) de Herman Mellville puede ser entendida como el abandono de Nueva Yoyk, el Bartleby publicado en 1853 seria más bien la posibilidad de una isla, Nantucket en este caso. Lo impresionante de la obra reposa en el desplazamiento del horizonte interpretativo al entorno del propio narrador, es decir y hasta cierto punto, que el tema existencial de Bartleby, como tal, es la viabilidad del solipsismo en medio de la urbe moderna, de ahí que el título completo rece: Bartleby, el escribiente. Cuento de Wall Street[105]

Pero bien, si por ejemplo el Otelo de Shakespeare es una obra llena de contradicciónes, siendo la mayor de ellas el que el protagonista no es el mulato Otelo, sino su alferéz Yango, en el Bartleby de Melville las contradicciónes son llevadas a sus últimas consecuencias, pues el protagonista a pesar de estar siempre en primer plano no es el personaje principal, el cual se esconde detrás de la nada que Bartleby representa. Es decir, en Bartleby es el propio narrador quien se torna el centro de la historia. De Bartleby el amanuense, no sabemos nada salvo su nombre. Al tiempo, y por el contrario, del narrador sabemos todo salvo su nombre.
Para entender esto será pertinente separar el ejercicio del narrar de aquello que se narra, pues en tal dicotomía radica el misterio en que habita Bartleby. Declara el narrador en el segundo párrafo de la historia:

Pero haré a un lado las biografías de todos los escribientes y me contentaré con unos pasajes de la vida de Bartleby, el más raro de los escribientes de que jamás haya visto u oído. Aunque de otros pendolistas de bufete podría escribir sus vidas, la de Bartleby no sería posible. Creo que no hay materiales suficientes para una biografía completa y satisfactoria de este hombre. Lo cual es una pérdida irreparable para la literatura.[106]

Para poder captar esa imposibilidad que es escribir la vida de Bartleby, es esencial preguntar qué es escribir. Para responder a esto resulta fundamental entender que hace falta separar fenomenológicamente al escribir de lo escrito, pues la segunda pista, la pérdida irreparable, nos lleva a entender a la escritura que como literatura se encuentra perdida. Esto quiere decir que la pérdida irreparable para la literatura no es la perdida de la literatura en tanto objeto perdido antes en posesión, la vida de Bartleby o la de cualquier otro héroe, sino pérdida de la literatura en tanto narración efectiva, el acto del contar algo, lo que sea.[107]

De modo más agudo incluso cabe entender que “pérdida” tampoco señala un momento puntual del haber perdido algo, pues la “pérdida” para la literatura significa pérdida de la literatura para si misma en tanto asignación o misión de signación que ella es, o solía ser mejor dicho. Tal signación no es otra cosa que su propia utilidad, el para qué es la literatura esencial, o de otra manera, su ser mismo. A tal sentido Bartleby es el perdida de la literatura para sí, realización irónica de la mística relación literatura-suicidio.

Lo tratamos de explicar. Lo que realiza la palabra en su acaecimiento como significación efectiva de algo es como tal su vocación, el ser signo de la palabra, el logos, o el discurso. La palabra es ya siempre poseida en el continuo y recurrente acto del significar. En este sentido el problema de Bartleby es que tal significación se presenta ahora como la perdida del significado de la palabra misma.

Esta perdida de sentido de la significación no es para nada la ausencia efectiva del algo referido por la palabra. Simplemente significa que el algo referido por la palabra, aquello que solía aparecer por su gracia a partir de tal momento, aparecerá como real en sí y por sí. Tampoco debemos perder de vista que ese mismo momento, donde la realidad se presume autónoma a la palabra, es también donde se evidencia a la signación como inútil. Pues que paralelo a esta signación inútil de la palabra, la palabra queda liberada de su ser poseida por un significado, presentándose la presencia que la palabra invoca en términos de simple signación etérea si se prefiere.

Sólo de esta manera la palabra es propiamente, como tal, una cosa, una palabra. Sin embargo, para entender tal proceso es preciso reconducir la palabra desde su cosificación e imposible aprehensión analítica, hasta su original y principal decir poético-pensante.[108]

Para el narrador, Bartleby es ya siempre pérdida para la literatura, tanto sus palabras, como las del propio narrador. Palabras inútiles, tiempo perdido, sí, pero para nosotros, re-actualizador efecto de-potenciado que descubre al ser del lenguaje en el medio de la aridez de la escritura.[109]

Esto mismo se significa de dos formas. Primero con la vocación del propio Bartleby, que en tanto amanuense es poseedor de una letra bellísima que sin embargo nada tiene que decir. Segundo, el propio decir del narrador, explicación a esa nada que dice “Preferiría no hacerlo” y que como tal significa nada, presentando así la ausencia del ser.

En tanto el narrador se enfrenta a la nada que es Bartleby, posee nada sobre su personaje para asir la representación. Sólo cuenta con si mismo. Dice entonces:

Antes de presentar al personaje, tal como lo conocí, paréceme conveniente hacer alguna alusión a mí mismo, a mis empleados, a mi negocio, a mis oficinas y al ambiente general en que me movía; porque es indispensable alguna descripción de esta naturaleza para comprender debidamente a la persona a quien voy a presentar.[110]

No debe pasársenos por alto que la descripción de esta naturaleza, la vida y mundo del narrador, no-es sino la descripción de la conciencia que como cogito es la poseedora de un mundo, una res extensa, y, como tal, es paradójicamente, la única garantía al saber que posee el narrador: su conocimiento sobre la extrañeza que Bartleby encarna, aspecto que aún desde un posible error nuestro, fundamenta aquello mismo que quien escribe cree de él. Es decir, él mismo, el Yo del narrador, es el valor que valoriza todo lo circundante.[111] La pregunta que debe orientarnos es si tal descripción, la evidencia del cogito, alcanza para comprender debidamente a Bartleby, es decir, preguntamos si el narrador cumple su cometido.

Si el narrador, el trabajo de su conciencia, es el que dota de sentido a lo circundante, tal dotación, trabajo de significación, acontece desde el ver que señala y, en tal señalar, significa, pues su mirada es de hecho idéntica al panóptico de Bentham descrito por Michel Foucault. Por ello, cuando la conciencia dice, su decir no sólo significa sino que crea un lugar, un espacio y un tiempo donde ella, cual centro, ordena el representar y a la representación observándolo todo:

Mi negocio original de escribano de títulos de traspaso, buscador de escrituras, memorialista y redactor de documentos de toda clase, aumentó considerablemente cuando recibí el nombramiento de Oficial de la Oficina de Registros. Ahora había trabajo de sobra para los escribientes. No sólo tenía que ver que trabajaran mis empleados, sino que necesitaba más personal.[112]

Sólo en este instante, cuando la conciencia gobierna todo, es el momento en que Bartleby aparece: “Respondiendo a un anuncio que publiqué se presentó en mi oficina cierta mañana un joven que se quedó en el umbral; la puerta estaba abierta por ser verano.”[113]

Así, en función de ese umbral que permanece y no se cierra tras el extraño visitante, acontece, contrario a lo creído por el narrador, que se encuentre la conciencia entrando a los límites de su propia vocación, eso mismo que la fundamentaba, la palabra, el lenguaje que en su existir como acción efectiva es de hecho el vacío de la letras en tanto significación significante de lo significativo.[114]

El momento del quiebre acontece cuando el narrador llama a Bartleby a su oficina para corregir las últimos manuscritos copiados por el amanuense.

[...] le expliqué lo que quería que hiciese, o sea, cotejar conmigo el pequeño escrito. Imagínese mi sorpresa, más aún, mi desconcierto cuando, sin moverse de su sitio, me contestó con una voz extrañamente suave pero firme:
– Preferiría no hacerlo.
Me quedé un rato en el más absoluto silencio, tratando de poner a contribución mis facultades mentales atribuidas. Inmediatamente pensé que me había engañado mis oídos o que Bartleby no había entendido lo que había querido decirle. Repetí la orden con dicción precisa. Pero con igual dicción me llegó la misma respuesta:
– Preferiría no hacerlo.
– Preferiría no hacerlo– repetí como un eco, levantándome nerviosamente y cruzando el despacho de dos zancadas–, ¿Qué quiere usted decir? ¿Está usted loco? Quiero que me ayude a cotejar este escrito...aquí lo tiene
Y se lo tiré sobre la mesa.[115]

Bartleby es la nada, y eso es propiamente lo que sabe el narrador sobre él. La presencia constante de Bartleby al ser ella más bien ausencia de sentido, es como tal la encarnación del absurdo, “una cosa destacaba ante todo: siempre estaba allí [...]”.[116] Lo que siempre está ahí, la nada que Bartleby es, no es, sino que está, es el propio ser que en tanto negación lo abarca todo. A pesar del abandono del ser al ahí donde comparece el ente, el ahí incide como marca. Una marca que marca, simplemente:

Permítaseme declarar que si este pequeño relato le ha interesado lo suficiente para intrigarle respecto a quién era Bartleby y qué género de vida llevó antes de hacer amistad con el narrador, sólo manifiesto que comparto esa curiosidad sin poderla satisfacer.[117]

Por ello, para entender el significado de ese “preferiría no hacerlo” es necesario reconducirlo a la reacción del narrador, pues en su reacción donde propiamente acontece la nada como absurdo. Que, en cada escena donde se repite la absoluta negación de Bartleby, el narrador prefiere evadirse optando por enfrentar a su empleado en otro momento, postergandolo todo para un tiempo más propicio, descubriéndose así el sentido temporal de la experiencia con Bartleby, que, en relación a él, las palabras son inútiles y el tiempo está perdido de antemano.

Con ello “Bartleby” se convierte sólo en una palabra: la pérdida para la literatura es la de su utilidad, que acontece justo cuando se toma a la palabra por fin, por algo, y no como medio de aclarado del ser.
La tragedia es finalmente tragedia del narrador, de la narración, Con él, y por extensión, esta tragedia es también la tragedia del lector, del espectador de una escena llena de sentido pero vacía de vida. Bastante elocuente termina por ser la última exclamación del narrador. “En los mandatos de la vida, estas cartas se precipitan hacia la muerte. ¡Ay, Bartleby! ¡Ay, humanidad!”.[118]

Lo impresionante, en la insatisfacción que se experimenta por la inutilidad de la palabra como palabra viva, es que a pesar de ser inútil es efectiva como acontecimiento de ella. Que si bien la palabra prefiere no hacer lo que tendría que hacer, abrir mundo, la narración aun acontece.

Para entender cuál es propiamente el papel del narrador más allá del acaecimiento inútil de la palabra, e incluso, para poder dar cuenta de cómo fue que la palabra devino inútil, es recién ahora que podemos interrogar ya no por Bartleby, sino por el narrar como vocación del narrador en tanto empleo efectivo en tal vocación de la palabra inútil aun cuando palabra existente.

Cuando abordemos la obra de Dostoyevsky tres aspectos serán los que trabajaremos. Primero, la imposibilidad del narrador ideado por Dostoyevsky para llevar a buen término sus objetivos para la obra, segundo, la imposibilidad del “héroe” de tal narrador para ser el protagonista de la novela, y, por último, el protagonismo soterrado de Iván Karamazov al enfrentar existencialmente las últimas consecuencias en que se levanta narrativamente el gran y último edificio del ingeniero Dostoyevsky.

Para poder lanzarnos a tal aventura antes es necesario el contemplar unas apreciaciones teóricas generales en torno a la narración con el fin de cerrar una vuelta de nuestro círculo hermenéutico antes de emprender la siguiente vuelta.

Para empezar queremos señalar un problema general y manifestar una hipótesis de trabajo.

Frente al absurdo, pocas cosas se pueden hacer aparte de buscar una reducción de términos que permitan inteligir una supuesta causa final más allá de lo que aparece, restaurando así en un anestésico racional aquello que, obsesionantes, se descubren como la nada, el absurdo, o lo irredimible del existir.[119]

Nosotros, más allá de querer reducir al absurdo pretendiéndolo comprender –si es tal, nada hay qué entender–, pretendemos más bien interrogar en la dirección de su proceso productivo, es decir y como con el Bartleby, buscamos encontrar el punto de capitón donde se quiebra la concatenación coherente de la palabra, concatenación que permitía una comprensión del mundo en términos de realidad-ficción desde la instancia trascendente de la existencia de Dios, la inmortalidad del alma, o como lo expresó Dostoyevsky, el deseo de lo inextinguible: la eternidad.

Por ello buscamos interpretar justo su obra, una de las cumbres de la literatura mundial, torre que termina por colocar al absurdo como la esencia del propio existir humano. Y es que si efectivamente Los Hermanos Karamazov se encuentra inscrita en el claro del surgimiento virulento del nihilismo, por más que haya intentado su autor salir de las ideologías europeas para resguardarse en la tradición de la Iglesia Ortodoxa rusa, el sentido de la obra se puede encontrar en la encarnación de la nada de sus personajes.

Complementando nuestra hipótesis de trabajo cabe decir que consideramos que el absurdo como tema, preocupación y ocupación de intelectuales, artistas, filósofos, cuando que también de científicos, emerge cuando se derrumban los templos de la verdad inconmovible y se entona el Requiem at aeternam Deo,[120] momento del canto cuando lo comprensible al pensar de las culturas occidentales encuentra cómo su punto de referencia para valorizar los fenómenos al absoluto o la eternidad se transvalora en el propio tiempo sin saber exactamente nada sobre él.[121]

Por estos motivos y como ya anunciamos, el primer punto que trataremos, justo por permitir desplegar las demás cuestiones, es la cuestión del narrador, al ser su discurso el que despliega una historia y un mundo aun con su inútil nombrar de las cosas. Preguntamos entonces cómo inicia la narración, cuáles son sus propósitos.

[105] Sobre el origen de la narración de ficción en primera persona, cfr. Pues como se podrá ver más adelante esta cuestión es trascendental en términos de colocar a la propia conciencia en el centro de la representación..
[106] Herman Melville, “Bartleby. el escribiente” en Wallace y Mary Stegner (comp.) Antología de la novela corta norteamericana. trad. Andrés M. Mateo, México, Limusa-Wiley, 1964. p.83.
[107] Vid supra. n 17.
[108] Esperamos de la exposición de Bartleby en tanto pérdida para la literatura, del empalme entre perdida de tiempo y palabras inútiles realizada por el narrador de Los Hermanos Karamazov, y del la búsqueda que emprende el narrador de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, se pueda captar el vacío ontológico en que reposará la narración en tanto acción una vez se descubre el que Dios ha muerto. Colocándose tal vacío ontológico como el tema de reflexión de la hermenéutica heideggeriana en tanto justo el problema del ser y el tiempo. El qué hacia la literatura y qué podrá hacer a partir de este momento tendría que rastrearse en la transvaloración de la narración ejecutada posteriormente por plumas como la de James Joyce y su Ulises (1922), John Dos Passos con Manhattan Transfer (1924), Alfred Döblin en Berlín Alexander Platz (1927) o Roberto Arlt con Los siete Locos (1927), e incluso y ya en la postguerra, la Generación beat.
[109] Lo representado así por Melville, el ser del lenguaje como aridez de la escritura no es sino lo develado por Hegel cuarenta años antes en terminos de la paridad entre el ser y la nada. cfr. Fenomenología del espíritu.
[110] Ibidem, p. 84. Sobre ese resalte de “mis empleados” no podemos abstenernos de otra cita de Melville pero esta en Moby Dick, donde dice “Y hay una diferencia enorme entre pagar y ser pagado. El acto de pagar es, acaso, la condena más fastidiosa que nos legaron los dos ladrones del vergel. Pero ser pagado: ¿qué puede comparársele en el mundo?” en Moby Dick o la ballena blanca, trad. Enrique Pezzoni, Barcelona, Editorial Sudamericana, 1999. p. 33.
[111] Algunos ejemplos de esto “Soy un hombre que desde sus años mozos...”(84), “En el curso de mi vida he conocido muchas coincidencias singulares”(85) “Además, siempre vestía como un caballero, lo que daba crédito y prestigio a mis oficinas. Todo lo contrario de lo que me ocurría con el Pavo, con quién tenía dificultad para que no fuera un descrédito para mí”(86) o sobre el trabajo del propio Bartleby “Debería haber estado contento con su aplicación, si lo hubiese hecho con un poco de más alegría y animación. Pero escribía en silencio, mecánicamente.” (91)
[112] Ibidem, p. 91
[113] Ibidem. p.91-92.
[114] No será este el momento ni el lugar para señalar esa diferencia que se quiere marcar en términos de subjetivo como lo propio de la conciencia y lo sujetivo como la parte de la oración propia del sujeto opuesta al predicado. Lo subjetivo, el trabajo de la conciencia si se prefiere no es para nosotros otra cosa que la propia predicación, es decir la acción efectiva del nombrar algo, la poiesis.
[115] Ibidem p. 92
[116] Ibidem p. 99
[117] Ibidem p. 123
[118] Ibidem p. 124. Ahora bien, si “Bartleby” en su callar es el vaciamiento de la palabra quedando como a-signación y re-signación pendientes y necesarios, es decir apertura del sentido pero desde la negación innaprehensible de la relación entre significado y significante, otra palabra será la que reinstaurará la tragedia después de la muerte de Dios y la aparición de la nada. “Zarathustra” y su hablar es como tal esbozado en el penúltimo aforismo de La Gaya Ciencia, el 382 en estos términos: “Ante nosotros camina, un ideal particularmente seductor, lleno de riesgos, al que no quisiéramos animar a nadie, por que no encontramos a nadie a quien pudiéramos conferirle ese derecho [...] ideal a partir del cual se trazaría por fin el signo de interrogación esencial, mientras cambia el destino del alma, avanza la aguja del reloj, comienza la tragedia...”
[119] Cfr. Albert Camus, El mito de Sísifo, trad. Luis Echávarri, Buenos Aires, Losada, 2004. Para entender este tipo de tensión, abismo donde se despliega la obra de Munch pero también la de Dostoyevsky la guía de Albert Camus siempre será más útil que cualquier exposición que logremos dar: “Un mundo que se puede explicar hasta con malas razones es un mundo familiar. Pero, por el contrario, en un mundo privado repentinamente de ilusiones y de luces, el hombre se siente extraño.” (18) o también su definición fundamental de absurdo “Lo absurdo es esencialmente un divorcio. No está ni en el uno ni en el otro de los elementos comparados. Nace de su confrontación.” (43).
[120] Vid supra, n 64
[121] En relación al enorme abismo que palpitante exige comprensión, unificación con el ser, nosotros no somos sino simples cronistas. Sólo procederemos a relatar algunos capítulos de esa gran trama. Nuestra cuestión tal vez se pueda enunciar si aventuramos tamaña pregunta, ¿cómo lo mundano se torna objeto de la reflexión, y como lo sacro puede abandonar al mundo? ¿cómo ese abandono de los dioses, tal como lo nombró Hölderlin, puede originar la empresa hermenéutica contemporánea, la vocación interpretativa de la filosofía y las humanidades?

sábado, 23 de julio de 2011

2.3.2 La nada y la narración

La voz narrativa interpreta, describe el tono, habilita una interpretación particular, es una guía en la experiencia del texto, de los diálogos del texto. Justo por atravesar el logos, es esta voz la ayuda al despliegue de mundo. Aristóteles dijo que la tragedia encontró su propio ritmo al separarse en ella, desde el verso ditirambo, la voz del personaje y la del coro. Aquí, en la novela, la acción se ha separado de su ejecución como acto o como lenguaje actuando, el diálogo. El héroe se confunde en su personaje, en su máscara. Aquí el tiempo vuela separado de la relación escritura-lectura-acto.

Esa separación en diversos discursos incide dialectal en la acción: el diálogo de la escena y la voz interior del acto creativo en sí confluyen diferidos; sólo en la lectura, nuevo escenario para un nuevo público creador, pueden corren por simultaneo la escena, el destino de cada sujeto, las posibilidades de la derrota; tiene que re-crear el drama propio de cada letra, cada acto, cada carácter, cada cadáver y cada posible rastro, culpa, pena, tristeza, gloria, redención o venganza; tiene que re-crear el drama sin recordar nombres de piedades, pecados, virtudes o infiernos interiores; sólo debe prestar atención a los caracteres, a cada detalle, a cómo cada personaje se tiene y se sostiene[122] a la imaginación de la conciencia, mascara gustosa que confluye desde su único infinito, desde su nada esencial, al todo de la escena del pensamiento pensado por el lector.

Con ello, el espacio interior del juego dialógico-narrativo de la escritura teatral llega a dominar un ámbito nunca antes abierto al hombre. Controla la relación hermenéutica particular de la escena, de la obra completa. Ocupa la posición de Demiurgo junto a la posición de humano sometido a destino mortal.

Para obtener como el Dante su propio Virgilio, nosotros hemos de concentrarnos en la narración en esta ocasión, al ser ella la voz del observador que mira. Pero hemos de tener cuidado pues su mirar nunca viene solo, pues que, como lectores, siquiera sabemos qué significa observador, al nunca heber renunciar al pecado de mirar sin letras ni escritores.
La escritura al ser voz, cuando mira es ya siempre su decir sónico que imita al “mirar”, es ya siempre mover el ánimo.

Por ello sabemos que el decir poético es siempre retórico, que no por nada también Aristóteles señaló que era la retórica la doctrina hermana de la poética. A pesar de ser eso lo importante no es lo que a nosotros interesa, o al menos esto fue así por un tiempo.

Salvo contadas excepciones y sobre todo éstas en el posmodernismo, al atenderse prudentemente el discurso de casi cualquier narración, podrá observarse que en el texto, al principio de ella, es la voz narrativa la que abre las puertas al mundo que la obra despliega. Los primeros capítulos se encontrarán sobresaturados de esa voz, para después y paulatinamente, ir cediendo la voz a los personajes, permitiendo el narrador que el diálogo cobre vida en el discurso de la novela.

Que los hechos hablen por sí mismos, también se suele decir. Sin embargo no debemos olvidar que aun los hechos hablando solos, son, en su propio discurrir, antes que nada despliegue de mundo.
Como se podrá ver despues las cuestiones de la conciencia, la representación, y el tiempo se unifican en un gran tema que cabe concebir como “narración”. Por el momento sólo nos interesa señalar algunas cuestiones en torno al fenómeno narrativo para poder acceder más rápido y con menos cortapisas a la novela particular que en este capítulo nos interesa. [123]

Si con Munch preguntábamos por el cómo aparece lo representable al pintor y encontramos que el eso del aparecer aparece para el pintor de manera retrospectiva al momento puntual del ver en la figura de la primera impresión, ahora, en términos de lo narrable, cabe preguntar cómo aparece lo que es digno de ser narrado: ¿Cómo se valoriza aquello que siendo significativo requiere en un momento determinado de significación para poder reintegrarse con sentido a la totalidad del mundo?

La narración ha sufrido cambios exorbitantes en un periodo histórico relativamente corto, periodo también exorbitantemente productivo en términos de creaciones y oferta cultural. La calidad de lo producido ya es otro problema, pues aquellas obras producidas en los tiempos recientes terminaran por integrarse a un canon de la literatura sólo por efecto del porvenir y en función de las lecturas del futuro que justo el leerlas, las canonizara. Claro que nada de esto significa o implica, justicia, tribunal, o siquiera le otorge una atribución golemica o nemésica a la procesualidad de la historia, Independientemente de tal proceso histórico de validación de la producción cultural de una época, hemos de preguntar por el ejercicio como tal del narrar, por el sentido de éste en su labor de humanizar lo que de suyo es ya la extrañeza, lo humano mismo. Por cómo este sentido acontece desde por lo menos, y acorde a los intereses emblemáticos de la presente investigación, en la instancia del ente productor y el sistema productivo que hace posible el producir, es decir el ser-creador y el ámbito de posibilidad categorial.

Para esto, y al igual que en el caso de Munch, disponemos únicamente de lo que aparece ante nosotros, el producto que como cosa y sentido, imagen y experiencia, lección y lectura, palpita en el cuerpo interpelándonos. Que como ya vimos con la obra de Munch, aquello que nos interpela no es presente en el entendimiento cotidiano y empirista de la presencia; la presencia no es inmediatez inmediata de lo entorno a la mano. Por ello sabemos que lo presentado por la representación esconde la mayor de la veces los antes y los después involucrados en el ahí y en el ahora que la escena despliega. El mirar que mira sobre tu propio hombro el momento de toda lectura y de toda creación. (fenomemología de ese mirar sobre tus hombros: paranoia filosófica de la inmediatez de la conciencia en el torno del pensar.)

En torno al tiempo y la narración, cabe decir que la narración posee su propia temporalidad, de la que cabría perseguir la presencia en ella de algo llamado tiempo real o histórico y tiempo fenomenológico o de la conciencia. Tal dilema al plantearse así, estaría tomando al tiempo como algo ya comprendido, por tanto no-necesario de ser cuestionado, olvidado como para poder permanecer en su estado in-interrogado, transparentándose de suyo por el criterio medio de la comprensión.

Pero a tal sentido, si resulta luego y antes que el mayor interés de esta investigación al tiempo es justo el poder cuestionarlo, de nada sirve hablar de un tiempo narrado por oposición a uno real y otro fenomenológico si cualquiera de los tres son completamente incomprensibles en tanto conceptos.

Por principio, los modelos que quieren separar a priori tres tipos de temporalidad, malcomprenden en términos hermenéuticos la cuestión de la temporalización del tiempo, que siquiera alcanzan a contemplar la dimensión ontologizante que, sobre cualquier cuestión, está ya implicada ante el temporalizarse del tiempo al desplegarse la posibilidad total del pensamiento pensado por el pensador.

Es necesario distinguir temporalidad, temporalización y tiempo, más no es este el momento idóneo para levantar la crítica a los estudios de lo temporal. Baste decir que cuando se separa el tiempo en tiempo físico, tiempo histórico o social, y tiempo fenomenológico o de la conciencia, tal separación es ya una temporalización que tiende a confundir, que ya, en ello, transcurre la temporalidad olvidando de antemano la diferencia ontológica, a saber, que el ser no es algo sino que ser es el ser de algo, otorgando desde el propio olvido del ser la dimensión del abandono del ser como aproximación del instante de la lejania.[124]

Sin embargo, tal confusión y olvido no son para nada improductivos, pues al concebir una temporalidad como acaeciente de modo autónomo, se efectúa una temporalización cosificante de la temporalidad misma a la que simplemente llamamos tiempo. Cuando preguntamos por el tiempo ya siempre lo hacemos desde esta cosificación que habilita todos los fenómenos posteriores, de entre los cuales, por el momento, sólo nos interesa esencialmente la narración, pues ésta es imposible sin tal confusión ontológica.

Ningún creador estaría dispuesto a lanzar un mundo conociendo efectivamente el efecto que sus palabras tendrán en el rango prometeico de ellas, pues es la palabra justo esa chispa de inventiva y rebelión que más a gusto, ingenuamente, simplemente llamamos performatividad.[125]

En términos de la temporalización del tiempo, no se descarta o rechaza de facto cualquier cosificación del tiempo en tanto algo, pero por los fines histórico-hermenétuicos que esta investigación persigue, hemos de mantenernos en el entendimiento de que la temporalidad es antes que nada el acontecer del evento significativo que se eventua como temporalzación, poiesis..[126]

Con esto queremos señalar que el tiempo, como acaecimiento del ser del ente, depende esencialmente del ente que se conduce con respecto a ese ente (evento significante) sobre el cual adviene el ser (evento significativo).

Es el lenguaje el modo general del conducirse de ese ente para con los demás entes, el nombrar, el narrar. Aparentemente para Heidegger el problema del ser y del tiempo se podría resolver en primera instancia al explicitar las estructuras existenciales del ente que en su ser-ahí dota de ser al resto de los entes, es decir, la analítica existencial del Dasein.[127] Para Ricoeur, que elabora filosofía ya en el claro abierto por Heidegger, el estructuralismo francés y la filosofía analítica anglosajona, tal problema, el del ser y el tiempo, simplemente se comprende, y sin pasar por ello en la instancia antropológica del modo necesariamente comprendido, en la cuestión de la narración.

Por ello, si preguntamos por cómo aparece lo narrable al narrador y presuponemos al igual que con Munch la extrañeza o la opacidad de un mundo, tal aparecer fenomenológico no involucra una temporalidad individual, la del narrar, contrapuesta además a la de un mundo histórico o a la de una naturaleza radicalmente ajena al uso del lenguaje por parte del hombre. El catálogo de tiempos, así como la incapacidad de tales tiempos catalogados para generar una visión de conjunto unificadora de las prácticas culturales está en el mismo quiebre que intentamos señalar, quiebre de un punto ciego pero que no por ello llegó o llegará a una ansiada visión absoluta. (Cómo en un día de fiesta de Hölderlin)

Lo que impide ver de lleno el fenómeno que permite aparezcan las cosas como ya significadas, es ese “punto ciego” que si quisiéremoslo ver, sería mejor nos sirviéramos del esquema planteado por Foucault para estudiar el lenguaje en su acaecimiento efectivo. Pero con ello, todo nuestro decir, desde el plano de lo existente, el ahí de la cultura donde con palabras se hacen cosas, nuestras valoraciones en el torno del sistema de clasificación, de categorización, y por tanto de valorización en sí con que adjudicamos valor o posición a las “cosas” se debe comprender desde el mismo horizonte donde ya Foucault ha preguntado estas tres preguntas:

¿cuál es la base a partir de la cual podemos establecerlo con certeza? ¿A partir de qué “tabla”, según qué espacio de identidades, de semejanzas, de analogías, hemos tomado la costumbre de distribuir tantas cosas diferentes y parecidas? ¿Cuál es esta coherencia –que de inmediato sabemos no determinada por un encadenamiento a priori y necesario, y no impuesta por contenidos inmediatamente sensibles?[128]

Pero si entonces al lector de Foucault le atañen estas interrogantes, tambien debe comprender que para responder a esto Foucault procede a especificar tres cosas, tres ámbitos distintos que le permite estudiar los procesos de conformación de sentido – saber – en el todo de una cultura. Por un extremo ubica lo que denomina orden de los códigos, que da a las cosas su ley interior. Por el otro extremo están las teorías científicas y las interpretaciones de los filósofos, que tratan de dar explicaciones a ese orden de los códigos. En el medio de ambos polos ubica lo que nos interesa de fondo, eso que “[...] existe en toda cultura, entre el uso de lo que pudiéramos llamar los códigos ordenadores y las reflexiones sobre orden, una experiencia desnuda del orden y sin modos de ser”.[129]

Eso, lo que nunca podemos dejar pasar por alto, es como tal, que aun cuando Foucault en lo haya revestido a esta “experiencia desnuda” con los conceptos de “espacio de orden”, “episteme” o “campo enunciativo”, este “espacio intermedio”, el ahí de una cultura como también le llama, no es otra cosa que la estructura general que permite acontezcan los actos de habla o las practicas significativas, la doble esfinge del instante eventual.

Por ello, aun sin tratar propiamente la cuestión, Foucault ya está siempre en el terreno de la narración de la historiografía, que las palabras como tales, es decir, palabras como cosas en sí, sólo son en el ahí del estudio de códigos presupuestos por parte de analistas, científicos o humanistas; el resto del tiempo siempre se lo ha llevado el viento.

Las palabras, los códigos, o las cosas en general no existen de antemano sino sólo en el ahí de su acaecimiento efectivo, dentro de lo podría concebirse como discurso pero que preferimos sin embargo, llamar simplemente textura de la narración. (Develamiento esencial de la técnica todo escrito y de toda escritura. Es decir, nada nuevo, sino simplemente en la precisa posición modélica respecto a la comprensión de la esencia del lenguaje, el silencio mismo.)

Esto significa que, por ejemplo, si como lo nombra Ricoeur, lo narrable aparece en función de un ámbito de precomprensión práctica del mundo al que ya siempre está arrojado aquél que empuña la palabra y procede miméticamente a representar el mundo,[130] luego entonces, en el ámbito de experiencia desnuda del pensamiento y la posibilidad de narrar el transfondo filosófico de la historia misma, más confuso, más oscuro y menos fácil de alcanzar como lo caracteriza Foucault, es por tanto, ese mismo ámbito de precomprensión práctica del mundo que ya de antemano pre-escribe lo que es, lo que aparece a la observación, a la práctica representativa de la humanidad. Ello que la mimesis II de Ricoeur nos indica como lo que ya permanentemente nos enfrenta en tanto “cosa” y no propiamente en tanto sentido, es decir, como existencia o disposición de la disponibilidad de todo ente y no como esencia de lo esencial.

Por ello ahora, el análisis hermenéutico, tal como se intentó con Munch, tiene que proceder a inteligir la mimesis I subyacente a lo que se nos presenta, lo que ya como lectores nos aparece, pues es desde ahí donde que se podría llegar a entender por qué el nihilismo de Dostoyevsky no es lo producido sino ya la causa del producir social de una cultura.[131]

Lo voz del narrador será nuestro baremo. Ella nos dice no sólo lo que pasó, sino qué observa y cómo observa el observar del narrador, a lo cual accedemos en tanto es eso lo que se ofrece como lectura. Sería tal vez necesario descartar en la interpretación nuestro propio observar, pero dudamos seriamente que de tal descarte pueda ser realizado de antemano, o siquiera sea recomendable hermenéutica y no científicamente hablando. Por ello nos limitaremos, cuando la autoconciencia alcance tal puntualidad, a señalarlo.

Como no suscribimos un empirismo, para nosotros el observar mismo se sirve no de una primaria sensibilidad fáctica e individual para el simple y presupuesto acto de ver, sino que ya el ahí de la cultura se juega en el observar posibilitando de antemano lo representable, en el entendido finalmente de que representar no es, incluso cuando lo pretenda, una reproducción de algo supuestamente real, sino justo el despliegue de la realidad que en tanto sentido, refunda, reelabora, el ahí donde es la cultura, es decir el mundo donde existe aquel que observa.

Allende y superior a los motivos e intencionalidades de esta investigación, están los problemas que el surgimiento y transformación histórica de la voz del narrador presenta, pues desde los orígenes de los primeros textos sacros donde era el dios el que hablaba, el advenimiento del coro como ejecutante de las funciones narrativas en las formas de la tragedia griega, transitando por la ausencia de un narrador en el dialogo platónico y en el modelo mayéutico, para advenir después la filosofía bajo la figura del yo narrativo en la filosofía de Aristóteles, figura por demás ya presente en las formas historiográficas, recorriendo la voz por muchos otros momentos más hasta llegar a las formas modernas y el narrador de ficción en primera persona e inclusive en tiempo real, muchos cambios han acontecido en las maneras en las que una cultura se gesta, se reproduce y se expande transfiriendo sus prácticas, incluso más allá de las barreras idiomáticas, de las mano de sus prácticas poéticas.

Piénsese en este sentido en aquél momento estructural durante el cual, y en el despliegue de una escena, se requiere forzosamente de una voz que explique, más allá de lo ya representado, el sentido y la relación de lo dispuesto con respecto a un antes o a un después al ahora del que la escena dispone. Así por ejemplo el cine contemporáneo, salvo contadas excepciones, está estructuralmente más cercano a la tragedia griega o al teatro clásico de lo que está la novela moderna. Pero fijándonos en esas excepciones del cine ¿cuándo una película requiere un narrador? Blade Runner de Ridley Scott, basada en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Phillip K. Dick en su versión original de 1982 incluía una narración del propio protagonista por sobre los acontecimientos ya dispuestos en el metraje de la cinta. Así, la proyección convive con una voz en off del propio detective Rick Deckart, cuando en la novela el narrador jamás se presenta. Evidentemente aquí se juega un proceso de adaptación y traslación de un medio representacional a otro, pero esencialmente y en estrecha relación a tal proceso traslativo, el criterio adoptado por lo productores de la cinta para incluir la narración fue la necesidad de explicar cosas que consideraron no podían ser presentadas de manera visual o dialógica en el trascurso del metraje de la cinta. Y es que eso necesario de ser explicado con la voz en off no es sino el extrañamiento contenido en las novelas de ciencia ficción y por demás se ha especializado en producir.

Si preguntamos entonces por el sentido de tal extrañamiento en la dirección del sentido de la emergencia y función de la voz narrativa, descubriremos entonces que el narrador adviene cuando la historicidad, como modo de la temporalidad y aun incluso en sus manifestaciones más elementales como el problema físico del movimiento y del cambio, se torna problemática y no evidente de suyo, es decir, cuando no se puede remitir todo a la simple presencia de lo que aparece ante los ojos. Es decir cuando se requiere retener, anticipar o incluso incluir una imagen dentro de otra presente, cuando la escena acontece en relación a un todo más grande que no es visible de suyo, sino solo observable haciendo uso de la ficción y su hilvanación de eventos, la abstracción filosófica y sus secuencias lógicas pero también mediante y principalmente, los juegos metafóricos ya siempre presentes y presentificantes, por todo lo anterior, de la poesía.

Esto, la pertinencia de la narración con respecto a lo que ocurre en la escena, es decir el dialogo, viene dada por lo menos en el caso de Dostoyevsky, con la misma proporción en que es útil y pertinente la obturación de lo producido por el autor como en el caso de Munch y sus pinturas para lograr expresar finalmente la supuesta primera impresión. Recuérdese a este caso el estilo de escritura de Munch y su prosa continuamente obturada.

Y es que al quedar el dialogo obturado por la narración, lo sitúa, lo localiza, lo espacializa para decirlo en una palabra, asignándole un ahí y un ahora en relación a un antes y un después. Por ejemplo, y para ver el ejercicio de la voz narrativa en el coro de la tragedia griega, que siendo personaje no es por ello “sujeto” narrador, cumple sin embargo con la función narrativa al obturar el diálogo, pero proporcionando con ello una especie de punto de fuga, de perspectiva donde adquieren sentido al explicarse los acontecimientos. Citamos un momento de la Electra de Sófocles, justo cuando entra Orestes al palacio para vengar la muerte de Agamemnón, su padre:

Electra (fuera).– Príncipe Apolo: dales propicio oído, y a mí también con ellos. He ido tantas veces ante tus aras para rendirte los dones que a mi alcance se hallaban. Y ahora, Lício Apolo, a tus pies me postro y elevo mis plegarias para que me protejas y ampares esos planes y des a conocer a los mortales cómo los dioses la maldad castigan.
Se mete al palacio.
Coro. Estr.–¡Ved: ya se apresta Ares exhalando venganza y muerte! ¿Quién puede resistirlo?
Las Perras tenebrosas entraron ya a la casa del crimen, ellas que la venganza de la sangre procuran. ¿Quién rehuirlas podría?
¡Tantas ilusiones tuve, en sueños y en vigilia, pero esa ilusiones, hoy serán realidad!

No estará por demás decir que se tiene que poder concebir esto desde el momento final en que clausura un circulo hermenéutico en tanto lectura, pues estrictamente en términos de recepción bajo cualquiera de sus formas, al leer un texto como la Electra nos encontraremos con indicaciones que hilvanan y otorgan secuencia pero al actor o aquel que monta la obra, y no se tratan como tal de información para el receptor final, en este caso el asistente a su representación pública.[132] Son elementos que antes tienen una función escenificadora y no narrativa en sentido estricto.

Después de esta consideraciones debemos preguntar por como opera la voz del narrador hacia dentro de Los hermanos Karamazov, pues tal como hicimos en el caso de Munch al preguntar por la impresión del pintor, debemos ahora rastrear eso especifico que busca expresar el narrador para poder observar de un modo situado el proceder de la representación narrativa a finales del siglo XIX.

[122] “se para y se depara”
[123] Siendo en este sentido la autoridad indiscutible Paul Ricoeur con sus tres volúmenes de Tiempo y narración.
[124] Por ejemplo: ¿Recuerdas cuándo te enseñaron a leer y a escribir? ¿Recuerdas cómo, dónde, cúando y quién? ¿Recuerdas lo esencial requerido para comprender toda letra de todo escrito? ¿Recuerdas entonces el amor de las palabras escritas en el papel? ¿Sabes de dónde te viene cada mito, eso que dicta el movimiento de la mano y la pluma en medio de las páginas del libro de tus secretos?. Te lo digo de otra manera ¿Sabes quién enseñó lectura a tu maestra de escuela? ¿Puedes saber qué lectura las marcaron como se marca un libro con una seña solo reconocida por su escritor? Yo crecí deseando leer a Ray Bradbury.
[125] Sin embargo creo que la responsabilidad de cualquier escritor, del género que sea, radica en el aceptar ser encadenado a una roca en el Cáucaso después de decir lo que tenía que decir. Primer síntoma este hecho, de la verdad, del despliegue de mundo.
[126] De adoptar por radicalizar nuestra posición cabría entender la cosificación de la temporalidad ahí ya operante en la aniquilación del tiempo, que como fetichización de lo ya cosificado, reduce o exalta – da lo mismo – en lo cuantificable del dato temporal al logos, incluso esto ya acontecido en la cronológica. Contrástese cualquier clásico de la historiografía frente a una simple tabla cronológica o diagrama de flujo operativo para contemplar el empobrecimiento de mundo operante en tal despliegue de ingenio cuantificador.
[127] Lo que se denomina el primer Heidegger de Ser y Tiempo (1927), Ser y Tiempo, op.cit
[128] Foucault, Las palabras y las cosas, op. cit. p. 5.
[129] Ibidem p. 6
[130] Cfr. Ricoeur, Tiempo y Narracion 1, op.cit. __________
[131] Dicho sea de paso, esta plataforma nos parece no puede seguir apostando al mantenimiento de conceptos y categorizaciones que separan la cultura en unidades nacional-transculturales en un movimiento exotista, o que, por contrario pero complementariamente, separa la cultura al interior en alta o baja cultura, queriendo además con ello, mantener un enfoque hoy ya insuficiente para nombrar comprensivamente a los elementos sociales que constituyen una polis, una comunidad.
[132] Esto, antes bien, tiene por función el ser instrucciones de montaje o de producción ya efectiva y acaeciente de lo dispuesto por el aedo en tanto diálogo de la escenificación.