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sábado, 23 de julio de 2011

2.3.5 Rebelión


El que mata, o quiere matar, o deja morir, ése a menudo quiere morir. Tal vez fuera eso lo que significaba la risa de Stravroguin. Pero no es seguro que Fedka lo comprendiera.
Albert Camus, Los poseidos.

Si un filósofo camina por las páginas del novelista Dostoyevsky este es Iván Karamazov, por demás, también autor de ficciones. Lo referido en términos de amor contemplativo es justo la condena de Dostoyevsky a la conducta de los nihilistas de Los poseidos, aquellos que desean la revolución ya en el ahora pero sin dar su empeño a cambio. Es fundamental decirlo con todas sus palabras, pues hoy por hoy el porvenir depende de dar respuestas nuevas a las preguntas que tal vez fueron por las que Dostoyevsky se sintió avergonzado, por demás, mismas a que nosotros tenemos miedo de enunciar, motivo por la cual sólo nos atrevemos a decir que no sabemos. Sin embargo, tal respuesta, el no saber, nos lleva a otra cuestión, quién es Iván, cuál es el significado de su enigmática sonrisa. Su tesis, enunciada del modo más plástico posible es esta: “!Pero no lo admito, no quiero admitirlo! Si dos paralelas se encuentran ante mis ojos, si lo veo, confesaré que se han encontrado: pero no admitiré el hecho. Eso es lo más esencial, esa es mi tesis”[161]

Iván sabe, igual que lo entendió Zarathustra, que la posibilidad del pensar y por tanto la adjudicación de valor al existir humano, depende de las instituciones que garantizan entre los individuos y la especie la sobrevivencia y la reproducción del poder y del saber. En medio de la discusión que sostienen los asistentes a la celda del starets, y justo cuando Zósimo expone la doctrina del amor activo, Iván, en torno al tema del crimen, se atreve a decir:

Bien sé que en sentido estricto, también hoy el delincuente tiene ante sí la reprobación social, pero halla medios de transacción con su propia conciencia. “He robado, pero no soy enemigo de la Iglesia.” Pues bien; cuando la Iglesia haya reemplazado al Estado, le será imposible al criminal razonar así, como no sea negando a la Iglesia en toda la tierra. “!La Iglesia es falsa! – diría – ¡Todos han incurrido en error excepto yo! ¡Sólo yo, asesino y ladrón, soy la verdadera Iglesia Cristiana!” Y para que un hombre hable así, ha de poseer condiciones tan extraordinarias y en circunstancias tales que rara vez existen.[162]

Es fundamental no confundirnos como lo hace Pedro Miusov en la escena, quien termina por calificar como ultramontanismo los juicios de Iván en torno a la reconversión del Estado moderno en Iglesia. El narrador se preocupa sobremanera por resaltar los comentarios de Miusov justo para que uno,. lector, no incurra en sus errores, obligando con ello a pensar en serio la propuesta de Iván, es decir, en dirección a lo esencial. Tal vez sea cierto, y como dice Miusov “No debe jugarse con los textos”,[163] pero nosotros afortunada o desafortunadamente aun somos jóvenes e imprudentes. Por ello cabe entender que la Iglesia que refiere Iván es en última instancia ese “Todos” que el criminal por defenderse está dispuesto a negar. Es decir, la Iglesia, como su procedencia del griego indica, refiere a la asamblea, e incluso más allá, a la comunidad del todos que integra una patria.

Antes de las implicaciones en teoría política que tal afirmación conlleva, lo que nos interesa resaltar es el saber en torno a la posibilidad o imposibilidad del razonar, el hecho de que el pensar no se gobierne por principios lógicos, sino que la lógica misma es ya siempre un discurso de dominio que ampara, protege y esconde a los actores efectivos del poder.

Lo posible o imposible al pensar está por tanto habilitado desde el poder decir o nombrar efectivo que tiene y requiere un ámbito de posibilidad categorial. Dostoyevsky no práctica la crítica, él decide retornar a la fe y como ya se señaló, encuentra en el origen de la crítica, del pensamiento crítico todo, a la fe, el fenómeno de la creencia. Ahora, si la fe es vocación antes de ser invocación de principio lógicos, atemporales y apriorísticos, los argumentos de Dostoyevsky están encarnados en acciones, en prácticas, no representan ideas, e incluso la representación misma es el destino de sus personajes en tanto contenido y proyección de mundo, existencia.

El dilema de Iván, que no es otro más que el de Dostoyevsky enfrentado finalmente a sí mismo, es que el origen del amor “era debido no a la ley natural, sino, únicamente a la creencia en la vida futura”,[164] creencia que es asegurada por dos instituciones de corte estatal, la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, a saber, dos regímenes de temporalidad si abusamos de los conceptos de François Hartog.[165] Con esto estaríamos a su vez ya apuntando a la definición de temporalidad dada por Heidegger en Ser y tiempo, que la temporalidad es el horizonte a partir del cual se comprende el sentido del ser del ente. Por ello, planteando las cosas así, cabe entender que el dilema último de Dostoyevsky en los pasos de su Iván, radica justo en la temporalidad propia del ser ético y del ser político del ser humano.

Ahora bien, si el amor por la humanidad estaba garantizado por la creencia en la vida futura, y ese futuro refiere a Dios y a la inmortalidad del alma, el amor mismo resulta imposible pues al no haber Dios no es posible la Virtud. Iván lo explica en estos términos “Si en el hombre se destruyese la fe en su inmortalidad, no solamente se extinguiría en él el anhelo de continuar su vida en el mundo. Aun más: nada habría entonces que fuese inmoral: todo sería legítimo, hasta la antropofagia”[166]. Por ello resulta que los ideales de virtuosidad no tienen sino el mismo origen que el descrito por Nietzsche para la moral en términos de voluntad de poder en la serie de libros que van desde La Gaya Ciencia de 1882 hasta Más allá del bien y del mal de 1888.

Ahora bien, el conflicto de Dostoyevsky, al poseer igual que la moral en Nietzsche un doble origen, seria incorrecto atribuirle valores historiográficos en términos de error y verdad, representación y realidad. El conflicto de Dostoyevsky expresa antes la superposición –o plegamiento no sabemos– de por lo menos dos ámbitos de posibilidad categorial. La decisión de Iván, su rebelión, es por tanto siempre política en tanto ejercicio de poder y no una consecuencia lógica, incluso cuando él o Dostoyevsky prefieran verlo y exponerlo de tal modo. Podríamos claro, llevar las cosas hasta sus orígenes, aventurándonos a indagar y cuestionar los tres principios lógicos de Occidente, el principio de causalidad que implican, así como el entendimiento y predisposición al pensar que generan en cada reactualización. De hacerlo, tendríamos que ir propiamente en dirección a la pregunta por el ser, y como dijo Heidegger, preguntar por lo no pensado del pensar el ser, a saber, justo el tiempo. Pero ello es tal cual lo ejecutado por el propio Heidegger en Ser y Tiempo, y como tal, esperamos poder exponerlo aunque sea someramente en la parte final de esta investigación, por eso mas vale retornar a Iván y seguir con el problema para Dostoyevsky.
Para Dostoyevsky por no existir otro fundamento para la virtud, la ley natural no es otra cosa que la fe. Esto no significa nunca que la fe sea natural, sino que justo la fe es la que engendra todo aquello que concebimos como natural. Por ello, el aquello de la fe es la instancia que garantiza finalmente toda moral, incluso lo inmoral. Seguramente Dostoyevsky estaría encantado de proporcionar una amplia lista de crímenes justificados por la fe a cualquiera que dijera o defendiera un imperativo categórico universal, a menos claro, que como Nietzsche, se sostenga que lo único universal es la voluntad de poder y su eterno querer y procurar el retorno de lo mismo. De hecho Dostoyesky lo hace, y en el capitulo IV del libro quinto, Rebelión, expone una lista de crímenes intolerables que sin embargo fueron en su momento justificados históricamente. Dice Iván a su hermano: “– Comienzo haciéndote una confesión –prosiguió Iván–: jamás he comprendido se pueda amar al prójimo.”[167] Después suelta la siguiente declaración que en voz de un personaje, suena más bien como a la voz del mismo narrador:

Estoy convencido de que esta obra se realizó mediante un esfuerzo, venciendo el santo su repugnancia, mintiéndose a sí mismo, por un sentimiento de amor dictado por el deber, por puro espíritu de penitencia. Para amar a un hombre es preciso que éste se halle oculto: tan pronto asoma su rostro desaparece el amor.

El hombre, hay que entenderlo de una vez y ya sin contrapujos, es el propio Iván, eso retratado por Munch, el sujeto sin palabra que es rechazado por el narrador de Melville. El hombre es un afán inútil, eso que no se puede amar sino a la distancia. Y si el crack de la representación es al tiempo el crack de la realidad, la muerte de Dios es la muerte de la humanidad. Sin embargo el propio Dostoyevsky se aferró a creer y se empeña a amar al hombre La tragedia de Iván, la incompletud de la obra, el desconocimiento de la vida de Alejo serian los puntos que habría que entender. Es necesario por tanto preguntar en Dostoyevsky qué sucede cuando se pierde la fe en Dios y en la inmortalidad del alma y aun así se cree. La pregunta es el primer abismo referido, hay que saltarlo y responder si efectivamente la fe es un fenómeno individual.

La fe es el juego de la comunicación, principio y fin dialógico de la consulta, la confesión, el sermón, la oración, como de hecho es también ya la relación que se habita y en donde se juega la transacción comunicativa entre el autor de estas líneas que cree serán leídas y aquel que las sostiene entregando un crédito a lo escrito. Dostoyevsky piensa más bien en la conversación existente entre la comunidad y su pastor, su santo. La pérdida de la fe sería por tanto la ruptura de la comunicación, el cese de las efectividad del habla tal como sucede en el caso de Bartleby y la exclamación final de su narrador. El quiebre de la representación no está localizado en un cese efectivo de la comunicación misma, ni tampoco en el cese del resguardo y contenido de mundo que la representación realiza, antes está en la incomprensibilidad de lo proyectado por el representar, incomprensibilidad que puede ser voluntaria como sucede en el paradójico caso de El Grito de Munch. Prudente es preguntar si la comunidad es independiente de la valoración que implica el ir y venir de la palabra, pues a partir de lo anterior se infiere que la comunicación se sigue gestando pero sin realizar el juego significativo que despliega mundo.[168]

La fe perdida, como las palabras inútiles o el tiempo perdido, sería por tanto la pérdida de la efectividad de la comunicación, es decir, de aquello designado o referido por la comunicación. De ser así, responder a cómo se anquilosó lo comunicado apunta justo en la dirección de la emergencia del absurdo, sus fenómenos y sus encarnaciones, cuestiones que refuerzan nuestra hipótesis del crack de la representación y su apertura en dirección al problema de la temporalidad.

Si lo que resta por entender es la tragedia de Iván, la incompletud de la obra misma, y el desconocimiento de la vida de Alejo, debemos decir que las tres cuestiones guardan una posición en el discurso total de la novela, la dimensión comunidad-comunicación que la obra contiene y despliega. Tal relación con el resto está en la piel y en la carne los sujetos autor, Iván y Alejo, por tanto, lo que sucede con ellos constituye todo un polo de la representación al cual solo cabe denominar destino. La fe perdida señalaría por tanto en la dirección del destino varado de los sujetos. Pero como tal, esa cuestión no es más que la del sentido de la vida, es decir, hacia dónde se conduce el existir humano. Iván dice a su hermano:

Meditaba hace un instante que, aunque no tuviese ya fe en la vida; aunque dudase de la mujer amada y del orden universal; aunque estuviese convencido de que todo no es más que un caos infernal y maldito; aun atormentado por lo horrores de la desilusión, quería, a pesar de todo, y pasando por todo, vivir.[169]

Cuando la fe se pierde, cuando son inútiles las palabras hacia la mujer amada o en torno al orden universal, a Iván le es develado lo original a la fe, no las encarnaciones de ella, sino ya el existir mismo de la fe, es decir, lo importante no es el en qué se cree, sino el creer mismo. ¿Puede Iván creer en su creencia, en su meditación?

Si el fin del creer es el creer mismo, es prudente preguntar si es posible no creer. Lo importante no es el qué, el algo de la creencia, sino el ser que se pliega en dirección a algo, el ser creído y el ser creyente. La identidad del ente, el ser objeto, está determinado por la relación que se establece en relación a un sujeto que a su vez está determinado por la relación. Lo que vincula al ser creyente (sujeto) y aquello que se cree (el objeto de la creencia) es la efectiva y fáctica creencia, el creer como acto creativo, acto de la creación que despliega en momentos significativos y significantes al ser creyente y al ser creído de un sujeto y un objeto que aparecerán significados en función del acto creactivo que les asigna el ser. No se puede no creer, pues ya incluso en el no creer de algo se devela la creencia en el no ser, en el no saber de algo. Lo impresionante aquí no es eso, que todo no creer sea un creer, pues más allá de eso, lo que se devela tal cual en el grito de angustia que se deja oir es justo el grito del no-ser del ser efectivamente nada.

Por detrás del absurdo, la experiencia de Iván aun está ahí, posee sentido. Se trata de un viraje tal vez gnóstico-nihilista pero no así aniquilador del existir. Con ello, alcanza a comprender la existencia , está no es absurda, pues existe la rebelión. El coloquio de los hermanos continua en estos términos:

–¿Amar la vida más que el sentido de la vida?
–¡En absoluto! Amarla antes que razonar, amarla sin lógica, como tú dices. Solamente así se llegará a comprender su sentido. Eso es lo que desde hace tiempo creo haber descubierto en ti. Has recorrido ya la mitad del camino: amas la vida; ocúpate, pues, de la otra mitad: de tu salvación.[170]

A pesar de esto cabe no confundirnos pues la rebelión como tal no es fundamento de la vida, de su sentido una vez se decide ir sin Dios. El error de Rakitin, Smerdiakov, o incluso de Dimitri Karamazov estriba en concebir que el “todo está permitido” de la doctrina moral de Iván, implica la fundamentación del crimen, o de cualquier actividad y actitud que pueda entenderse como el mal. De fondo se podría descubrir que “el todo está permitido” continua siendo, en su interpretación por Rakitin y Smerdiakov, una ley que se atiene y se fundamenta en un deseo de los inextinguible, la imposibilidad de redención, de justicia, de salvedad, o de inocencia, todos estos fenómenos que manifiestan no tanto la añoranza como sí del rencor a Dios.[171]

Poder captar el sentido genésico del “todo está permitido” implica entender finalmente el 
destino de Iván una vez terminado el juicio donde encuentran, a su hermano Dimitri, culpable del asesinato del padre. La clave de esto, de nuevo en la dirección del más allá del bien y del mal, estriba en que el principio moral de la doctrina del amor activo del starets Zósimo, el que “todos son culpables de todo, por todo y ante todos” una vez enfrentada y nihilizada frente a la doctrina del todo está permitido, sigue manteniendo en pie su principio.

Dos cuestiones quedan pendientes. La noción de salvación que le recuerda Alejo a Iván, y el hecho mismo de que ésta sea expiación, sigue manteniéndose en la imagen del cristo redentor que acepta el sacrificio. Esto implicaría un análisis aun más profundo en dirección de la cuestión del pecado y la posible purificación en Dostoyevsky, cuestión que escapa a nuestras capacidades por el momento. Sin embargo no debe pasarnos desapercibido el mesianismo de tal opción, postulada por Alejo y ejecutada por Dimitri – el sacrificarse como ya lo había hecho Raskolnikof en Crimen y Castigo con la salvedad de la propiedad o impropiedad de la culpa –, personajes que encarnan la creencia de Dostoyevsky en la vocación redentora de Rusia para con Europa.

Debemos por tanto marcar una diferencia entre dos imágenes del dios procreador que con su sacrificio propicia el origen de la humanidad, ambas presentes en Dostoyvsky. Para ello hemos de fijar nuestra atención una vez más en la rebelión, y para probar nuestra comprensión de ella preguntamos si acaso se puede vivir en rebeldía. Regresamos por tanto al coloquio entre Iván y Alejo:

¿Imaginas el terrible dolor de una criaturita, que no comprende lo que le sucede, expuesta al frío, en plena oscuridad, golpeándose con los puñitos su propio pecho jadeante, virtiendo torrentes de lágrimas, mientras con su vocecita triste, de dolor y de espanto llama al “buen Dios” en su ayuda? ¿Comprendes que este absurdo sirva de algo, mi amigo y hermano, tú, el piadoso novicio? Dicen que todo eso y más es necesario para dejar bien grabada en el espíritu del hombre la distinción entre el bien y el mal. ¿Por qué esa diabólica distinción, y pagada, además, tan cara? ¡Toda la 
ciencia del mundo no vale lo que la lágrimas de los niños![172]

El monólogo de Iván continua en términos cada ves más plásticos, cada vez más fatales y estremecedores a los cuales preferimos remitir al lector, salvo por la declaración de rebelión de Alejo sobre su hermano, recordando que al fin y al cabo, nosotros sostenemos que tal rebelión de Iván no es una consecuencia lógica, sino una decisión política:

– [...]Rechazo esa armonía, por amor a la humanidad, precisamente. Prefiero quedarme con mis sufrimientos, sin rescatar, y mi indignación obstinada, aun cuando no tenga razón. Han falsificado esa concordia; cuesta demasiado cara: prefiero devolver la entrada, y como hombre honrado que soy, tengo el deber de hacerlo lo más pronto; y esa es mi convicción: no me niego a reconocer a Dios, pero respetuosamente, le devuelvo mi billete.
–¡Iván, eso es, sencillamente, una rebeldía! –dijo, muy despacio, Alejo, sin levantar la vista del suelo.
–¿Rebeldía? Hubiera querido no empleases esa palabra, porque ¿acaso se puede vivir en rebeldía? Y yo quiero vivir.[173]

La rebelión hace que terminen por emerger en su cruceza los términos de en que la dialectica coloca los opuestos, el mal / el bien, la representación / la realidad, o diablo / Dios. Declara Iván que no “no existe el diablo”[174], siendo sólo una figura que canaliza y sublima nuestras culpas, nuestras cargas, nuestra responsabilidad. Estar en rebeldía es estar muriendo, sin redención, sin aceptar la salvación, sin recibir la supuesta verdad que justifica y legitima el sufrimiento de los niños. La inocencia. como tal sólo existe en la tortura, en el martirio, en el absurdo.

Por ello al final de la dialéctica, de la novela o de la biografía, dos tesis se terminan enfrentando, el “todo está permitido” de Iván y el “todos somos culpables de todo ante todos” del starets Zósimo, y su mesías-apóstol, Alejo, salvador y héroe de la biografía.
¿Pero están contrapuestas realmente la una a la otra? ¿No se complementan acaso? ¿Ambas no describen el final de la historia? ¿Qué solución alcanza? Vale recordar entonces que cuatro eran los problemas de corte metafísico que Dostoyevsky involucró al interior de la trama. Los recordamos, quién perpetró el crimen, quién es el autor intelectual, quién es como tal la victima, y último, quién es aquel que puede administrar el perdón a los involucrados.

Los dos dioses propiciadores de la humanidad no son sino Cristo, y Prometeo, titán que robó el fuego a los dioses para salvarlos de la situación de desatención y holocausto en que Zeus los había colocado. Alejo no sube a la cruz, sino que ese papel se lo lleva su hermano Dimitri en un gesto que termina siendo tal cual absurdo, es decir inocente si se sigue nuestra definición de ambos fenómenos. En ello radica la imposibilidad heroica de Alejo, en que incluso su propio starets lo manda al mundo, prohibiéndole la vida contemplativa de monje pero también el sacrificio cual cordero del señor.

La descomposición del cuerpo del starets, que tanto recuerda a la putrefacción de la carne divina en el aforismo 125 de La Gaya Ciencia[175], posee como tal el mismo significado, pues lo que señalan ambas muertes, esos hedores, la muerte de Dios o el aniquilamiento del deseo de lo inextinguible, no es otra cosa que el final del pensamiento metafísico, donde la ausencia de un plano suprasensible parecería arrojar al existir humano a una aparente “obligación” por soportar el mundo y sus contradicciones.[176]

Dostoyevsky es una victima más de estas contradicciones del pensar, contradicciones que habrían de abrir el camino para el entendimiento historiográfico presente en de las filosofías existenciales del siglo XX, y más importante aún acaso, lo llamado por Heidegger como el pensamiento histórico del ser. Dostoyevsky por tanto no es una pensador existencial, pide “amar a la vida” en la mismidad del fenómeno vida, es decir, “la vida en tanto vida” más allá de la cuestión de su sentido, su ser. El quiebre de la representación radica justo en ello, en que frente a este amor, parase no haber más alternativa que el absurdo, aun cuando este radique sólo en la negación a la racionalidad implicada en los motivos morales que separan al bien del mal. Expresado en otras palabras, el ente vida en tanto vida, no se puede sostener a sí sin recurrir a causas. Esto nos debe llevar en la dirección de comprender hermenéutico-historiográficamente la necesidad o mejor dicho, la oportunidad para replantear la pregunta por el ser.[177]

En esta dirección, la pregunta a cómo pudo ser evidenciada la noción de que el ser no es el ente en tanto ente, sino que el ser es siempre ser del ente, se puede responder si se concibe que es el absurdo lo que la habilito en tanto respuesta.

Parcialmente, respondiendo desde nuestra interpretación a la obra de Dostoyevsky, podemos decir que al entenderse que la vida en tanto vida es lo que debe ser amado, se descubre la carencia de una esencia absoluta que no sea el absurdo absoluto, es decir el existir autónomo de la vida, develándose como sentido de la vida la nada de la inocencia y la fe perdida pero no ausente, que a pesar de carecer de orientación y de objeto intencional, esta ya siempre en la disposición del acto del creer y no de lo creído como tal.
Este proceso, el de la apertura del vivir a la vida como su única justificación, todavía se pierde en la metafísica tradicional a pesar de arribar al fenómeno del existir. Pasos anteriores necesarios para tal evento van de la mano de los diversos momentos de descubrimiento de la nada en Occidente, radicados ellos en la evidencia de la enajenación y la cosificación en Hegel así como de la fetichización en Marx por ejemplo. Trabajarlos ya nos fugaría de nuevo en la dirección de una historia particular del nihilismo, un punto de perspectiva mucho más profundo que tampoco es momento de abordar, salvo en la consideración de la necesidad de identificar las diferencias semánticas entre los conceptos vida y existencia, así como vivencia y experiencia, e incluso estos dos con el de evento.

Como en su momento se expondrá, la insuficiencia conceptual es la que impide abandonar completamente la playa trascendental de la justificación y el principio de causación contenido todavía en las figuras de la muerte de Dios y las manifestaciones del deseo de lo inextinguible, es decir, el que algo debe estar al “principio” y al “final”, el que deba haber un Alfa y un Omega. Pero este fenómeno no refiere otra cosa sino que el crack de la representación aun acontece dentro de un ámbito de posibilidad categorial, no quiebra como tal al ámbito, sino sólo lo conduce a su propio final.

Esto quiere decir que a pesar del arribó de Nietzsche, Munch, Melville o Dostoyevsky a la cuestión existencial, el discurso de la vida es aun tradicional y se fuga a lo esencial, permaneciendo en ello frente las puertas de la cuestión del ser y del tiempo.

La solución, o el desenlace, no sólo del destino de los hermanos Karamazov, sino de la poesía, la historiografía y la filosofía, estriba en gran medida en las diferencias que el ámbito de posibilidad categorial dispone como existentes entre unos y otros ya desde la Grecia antigua. El hacía dónde se dirigían Dostoyevsky antes de que la vida se le acara, y Nietzsche antes de la locura lo fulminara, podrían estar en la rehabilitación de las nociones de Destino y Némesis, pero a ciencia cierta no sabemos.

Lo que hemos aprendido en esto es que la cuestión no estriba en el modo del decir, sino en la disposición del enunciar en tanto acaecimiento efectivo del decir. Por ello mismo la realización de lo real no se da en los modos ideales de la trama, sino en el entramar efectivo como discurso vivo, encarnado, como espacio del existir que llamamos mundo, incluso hogar al momento de cobrar la vida la palabra muerta e inútil durante la lectura, en la interpretación. No se trata de las formas, ellas están supeditadas a algo más, que efectivamente depende de las formas. La falacia adviene al postular que ellas, las formas, sean a priori, ideales o perfectas. La noción misma de forma, el entendimiento de las formas y el análisis formal parten del núcleo más duro del ámbito de posibilidad categorial alimentado por el deseo de la idea de lo inextinguible. Más allá del bien y del mal qué encontraremos, tampoco lo sabemos, sólo intuimos que restaurar la comunicación, la efectividad de la palabra en su efectivo acaecimiento como habla, es también restaurar a la comunidad.

Dostoyevsky no alcanza conciliación y muere sin escribir la segunda arte de la biografía de su héroe, que como El Prometeo encadenado de Esquilo, espera y esperará su continuador, pues Iván, Alejo y Dimitri, al igual que el titán en la piedra del Caucaso, aguardan no por Dios o por el Mesías, sino tal cual por el que como Nietzsche lo signó, sea prudente llamar superhombre, incluso más allá del no poder entender qué o quién es. “No creo en la armonía universal, pero amo la primavera, con sus tiernos renuevos y su cielo azul; amo a ciertas gentes sin saber por qué; amo el heroísmo, en el que tal vez no creo desde hace mucho tiempo, pero lo respeto por costumbre.” dice Iván y junto con él este apartado, restando únicamente decir no, no se puede vivir en rebelión, pues se está muriendo en ella.



[161] Ibidem. p. 154
[162] Ibidem p. 41.
[163] Ibidem
[164] Ibidem p.45
[165] François Hartog, “Órdenes del tiempo, regímenes de historicidad” en Historia y Grafía, uia, núm. 21, 2003
[166] Dostoyvesky, Los hermanos Karamazov, op.cit. p,45
[167] Ibidem, p. 154.
[168] Cfr. Paul Ricoeur, La metáfora viva, op. cit.
[169] Dostoyevsky, Los hermanos Karamazov, op.cit. p. 150.
[170] Ibidem
[171] Cfr. “La sombra” en Friedrich Nietzsche, Así habló Zarathustra, trad. Juan Carlos García Borrón, Madrid, Sarpe, 1983, p. 299-303.: “Contigo perdí la fe en palabras y valores, y en los grandes hombres. Cuando el diablo muda de piel, ¿no se despoja al propio tiempo de su nombre? ¡Pues el nombre es tambien una piel! El diablo mismo es quizá — piel.
‘Nada es verdadero, todo es lícito’, decíame yo, para animarme. En las aguas más heladas me arroje, de cabeza y de corazón. ¡Cuántas veces, ay de mí, me habré visto, por esa causa, desnuda cual un rojo cangrejo!”
[172] Ibidem p. 158.
[173] Ibidem p. 160.
[174] Ibidem p. 156.
[175] Vid. supra. n. 64
[176] Cfr. El comentario de Gadamer a la filosofía heideggeriana. ¿Por qué Gadamer se fuga de las cuestiones existenciales? ¿Se fuga realmente?
[177] Martín Heidegger, Ser y Tiempo. op. cit. p.1.

2.4 Freud y la interpretación de la conciencia.



[texto experimental y que aun requiere de correcciones precisiones y precauciones. Dudando incluso de incluirlo en este capítulo y mandarlo finalmente al inicio del 3° capítulo, más cuando ahora percibo la necesidad de unas cuartillas sobre la traducción y los procesos de transferencia]

Entre los diversos autores que hemos venido estudiando en el curso de la presente investigación, hemos llegado al tema del crédito, al de las creencias. Si preguntáramos de qué depende el crédito otorgado al narrador de una novela, en cierta medida y apuntando hacia un espacio más general del plano enunciativo, estaríamos al tiempo, preguntando por cuáles son las estructuras de la fe, cuestión que de lleno nos coloca de nuevo frente a las moles imponentes de la arquitectura conceptual de la ciencia y la conciencia occidental, pero por ello mismo, también de la religiosidad cristiana.

La cuestión podría abordarse si continuáramos en una indagación histórico-retórica en torno a las estrategias discursivas que se siguen para conseguir el crédito de un público, un auditorio, una comunidad de lectura. Pero sucede, por la época histórica a la que nos enfrenta el preguntar por la rehabilitación de la cuestión temporal en la filosofía y en la determinación arqueológica de las instancias que hacen posible al saber y a al pensar, que antes de encontrar los sistemas de referencialidad que aseguran el crédito a un discurso o a una representación, nos hemos enfrentado más bien a la descomposición de los sistemas de creencias. De un modo más simple, nos hemos topado con la descomposición del acto del creer –incluso nosotros mismos lo hemos deconstruido analíticamente. Hemos encontrando de por medio la experiencia de lo absurdo en sus diversas encarnaciones metafóricas, tales como el tiempo perdido, la pérdida de la fe, o incluso el descrédito de la literatura por parte del propio escritor en un término tan desesperanzador como es el de las palabras inútiles.

A pesar de esta experiencia del absurdo y del sinsentido, nuestra investigación nos ha llevado a contemplar la desaparición del acto poético, sino incluso antes bien a su explosión en múltiples direcciones, de tal forma, que más allá de los sistemas que otorgan credibilidad, nuestro interés ha ido creciendo en dirección del proceder mismo de las prácticas creativas, pues es en ellas donde se puede comprender la desestabilización del ámbito de posibilidad categorial.

Dicho de otra manera, si a cada paso hemos descubierto la descomposición de los sistemas de creencias, la putrefacción de la carne divina, hemos topado también con una creatividad impresionante que atraviesa no sólo las artes, la literatura, la filosofía, sino también las ciencias.

****

El absurdo no se disuelve, pues él depende más bien de la evidenciación del carácter representacional de aquello que realizando lo asumido en términos de coherencia o pertienencia como “verdadero”, se devela de súbito como relativo a X, pertinente en los casos X y Y, o excluido en las ocasiones Z. Tal evidenciación de la relatividad de lo “absoluto” no es un sin embargo un proceso lógico, sino eminentemente histórico y poseedor de una innegable, y la mayor de las veces impresionante –incluso terrorífica–, dimensión plástica. El absurdo cuando acontece es simplemente el choque de dos series causales que producen algo que no posee la misma lógica representacional de ninguna de las dos series que lo causaron, inaugurando en ello, a pesar de los parecidos, una nueva dimensión estética. Diluir el absurdo implicaría, más allá de lo insensato y sin embargo tan común en el negocio de la historia, el erradicar del registro histórico-arqueológico el acontecer del sinsentido acaecido, o incluso y más peligroso aun, la inserción de remisión del sinsentido en términos de una justificación teleológica e incluso escatológica.

El acontecer del absurdo y la significación de él en términos poéticos, no pone a prueba nuestra fe o nuestras creencias en tanto acciones efectivas, tampoco prueba o demuestra la separación de la mente y el cuerpo o cualquier dicotomía que acuda a nuestro pensar. El absurdo antes, al ser un evento, se eventua de un modo peculiar, justo el de la contradicción, la paradoja, el sinsentido, la ironía, o en términos más existenciales, en las metáforas ya referidas antes del tiempo perdido, la perdida de la fe y la enunciación de las palabras inútiles.

De hecho, el absurdo en cualquiera de sus formas posee una función esencial en el pensar, y con él, tal vez en práctica representacional que persiga la creación, la poiesis, pues eso verdadero que se toma como punto estático-referencial para cuantificar el movimiento de algo en términos de temporalidad, aparece como no como punto referencial sino como valor universal por el efecto positivo de lo absurdo.

Ahora bien, una cosa es el denunciar el carácter de punto referencial de lo tomado por verdadero en sí, y otra el llevar eso verdadero a su actuación efectiva dentro de la interpretación de un evento significativo con respecto a un evento significante. Más allá aun de esta actuación de lo verdadero, está la actualidad misma de lo verdadero, que como tal, es el movimiento mismo del ámbito de posibilidad categorial.

Tal movimiento es propiamente lo que hemos tratado de historiar con los riesgos, deficiencias y experimentaciones que tal historia requiere para ser por un momento y sólo por un momento, aprehensible en términos que reporte expresividad para un lector. La poesía por ser lo más cercano de lo más lejano; el mito, está demasiado acostumbrada a esos juegos trascendentales, incluso mejor que la filosofía.[178] Nosotros, aun pretendiendo movernos en ambos ámbitos de reflexión, hemos de convertir el espejo de la reflexión en una habitación donde queremos refractar el sonido de las palabras una vez ellas se encuentran invertidas, o transvertidas mejor dicho.

De este modo el evento significativo y el evento significante se presentan mutuamente, y en la coyuntura del acaecimiento de la voz sígnica, como el advenir del eventuarse designador de sentido (signo efectivo) que es el evento significativo por sobre el evento significante, y como retrotraimiento del eventuarse asignador de nombre que es el evento significante para con el evento significativo. Tal fenómeno sólo puede expresarse comprensiblemente en los términos del siempre y la determinación de aquello que llamamos destino.

Es en el juego especular del proceso total de la significación –totalidad siempre actual y actualizante–, donde podremos observar el momento puntual de la signación. Claro que esto será empeñar al máximo la palabra, pero en tal riesgo esperamos obtener un rédito que nos conduzca a poder inteligir la esencia de los acontecimientos de asignación y designación a los que es sometido el acontecimiento en términos historiográficos.

Tal paso, aun cuando presenta riesgos enormes, es el tránsito esencial para poder inteligir por un lado el cómo de la adjudicación de sentido en tanto existir de lo existente a aquello que es significativo, aquello sometido ya siempre a valoración poética e historiográfica.

El otro lado, lo que nos somete y nos compromete aun más con la historicidad reposa en última instancia en la adjudicación o intelección de sentido por parte de aquel que procede a receptar e interceptar una representación que lo interpela. En dirección a tal proceso, que ya de lleno nos lleva en la dirección de la transferencia y de los cursos topológicos del discurso adjunto, adjudicado y adjudicante de sentido nos topamos con Freud y sus interminables cruces de camino transferenciales.

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De entre las prácticas creativas es el sueño la más común, e incluso y tal vez por ello la única universal. La aproximación hermenéutica a La interpretación de los sueños de Sigmund Freud y publicado en 1901 nos tiene que servir de primer trampolín para saltar de la cuestión por las practicas creativas, en dirección hacia la emergencia de la hermenéuticidad del pensar una vez que las estructuras de la creencia se fraccionaron en el crujido del crack de la representación. Si en Munch, Melville y Dostoyevsky encontramos al extrañamiento como motor de la creación artística, en Freud encontramos al mismo extrañamiento pero como motor de la investigación y de la teoría. Ya el segundo apartado del primer capítulo de La interpretación de los sueños nos pone en este camino cuando Freud declara:

Para mí gran asombro, descubrí un día que no era la concepción médica del sueño, sino la popular, medio arraigada aún en la superstición, la más cercana a la verdad.[...] Las obsesiones y los delirios son tan extraños a la conciencia normal como los sueños a la conciencia despierta, para la cual permanecen igualmente desconocidos los orígenes respectivos de ambas clases de fenómenos.[179]

Los fenómenos enunciados en este párrafo, la superstición, las obsesiones y los delirios, la conciencia, el origen de estos, y finalmente el tema de la verdad, al ser todas cuestiones emparentadas fuertemente a la creación poética, se colocan en el fundamental proceder a interrogar a Freud en términos de la emergencia de la necesidad por interpretar. En él, la cuestión por la interpretación está ceñida al campo del sueño, y de ahí al de la psique o la conciencia. Esto de manera alguna implica un detrimento a nuestra investigación, pues antes la cuestión de la psique o la conciencia nos llevan directamente al ámbito de posibilidad categorial y a su estado una vez que Dios muere para Occidente.

Al igual que procedimos con Darwin al principio del primer capítulo, es el propio Freud el que nos pone sobre aviso para preguntar por los términos del ámbito en donde es posible pueda nombrar lo asombroso. Con ello, el plan trazado para este último apartado, que tiene como tema principal justo la conciencia, ha de transitar por lo asombroso en Freud, la cuestión del sueño y su vínculo con el fenómeno poético, para de ahí comprender y poder cerrar un circulo una vez contemplemos la necesidad de la psiquiatría por expresar en términos científicos aquello que la cultura popular, como declara el propio Freud, sabia de antaño. La cuestión freudiana, en otras palabras, y de modo más cercano a los temas, autores y enfoques que hemos venido trabajando, se puede plantear como la cuestión por la posibilidad de una teoría analítico-hermenéutica de la producción onírica.

Tal vez la mejor palabra para calificar lo asombroso en Freud, aquello que causa maravilla y anonadamiento, sea justo la palabra absurdo. Hemos de explicar esto en términos que nos permitan triangular lo asombroso en Darwin, el ámbito suprasensible donde se aseguraba la propiedad de lo asombroso de la naturaleza y su evolución en las especies, con el crack de la representación en términos de la deconstrucción de la causalidad temporal acaecida en las décadas que van por lo menos de 1860 hasta 1900 y que no hay mejor manera de expresar que con la metáfora nietzschiana de la muerte Dios.

Freud arriba a una temporalidad cruzada donde consigue diluir el absurdo que representa la representación onírica. El problema de esto, en términos categoriales, estriba en que con tal disolución del absurdo, Freud puso en crisis implícitamente el modelo causal aristotélico en su totalidad al no poder hallar las causas necesarias y eficientes al empleo efectivo de los materiales involucrados en la elaboración onírica, al ser estos, los materiales del sueño, transformados por una especie de acción retroactiva, el sentido mismo del empleo de un material por parte de la conciencia en dos instantes separados, el sueño y la vigilia.

Pero vale más que no nos adelantemos, y antes de llegar a los materiales del sueño y las maneras en que estos son transformados, es indispensable no evadamos más la cuestión y preguntemos por el absurdo en La interpretación de los sueños.

Lo absurdo, junto con lo insensato, tal como hemos venido estudiándolo, depende del desde dónde se lee, se observa o se escucha un mensaje, una imagen, una proposición, una representación. Ese desde donde no es una ausencia del punto de observación del receptor. Ese punto de común y ya orientado por la composición, la disposición del mensaje, debería encontrar sentido. En el absurdo antes de esto y de modo súbito se encuentra más bien la observación desorientada en medio del mundo. Lo que no tenemos que dejar de considerar jamás es que incluso el estar desorientado es un encontrarse de un modo. Se mencionó también que si el absurdo es tal, en el no hay nada que interpretar, pero sería más propio decir que en el hay nada que interpretar, pues como hemos podido observar con Munch, Melville y Dostoyevsky, en el absurdo, su coherencia, aun inconsciente, insensata o tal cal insana, se encuentra en el enfrentar la nada. Para Freud la cuestión de la interpretación es la de la asignación, o mejor dicho, la de la intelección de sentido. La frase inaugural ya nos refiere la superposición de dos ámbitos discursivos distintos,

En tiempos que podemos llamar precientíficos, la explicación de los sueños era para los hombres cosa corriente. Lo que ellos recordaban al despertar era interpretado como una manifestación benigna y hostil de poderes supraterrenos, demoníacos o divinos. Con el florecimiento de la disciplina intelectual de las ciencias físicas, toda esta significativa mitología se ha transformado en psicología, y actualmente son muy pocos, entre los hombres cultos, los que dudan aún de que los sueños son una propia función psíquica del durmiente.[180]

Como puede resultar evidente, muchas cosas podrían ser señaladas, interpretadas y trabajadas ya sólo con esta frase inaugural. De resaltar para nosotros es justo aquella opinión de los “hombres cultos” que no “dudan aún de que los sueños sean una propia función psíquica del durmiente”, pues Freud sin colocar su empresa al lado de los supersticiosos, tampoco la coloca del lado de los hombres cultos de la ciencia física. Él mismo, al emprender su propio trabajo, ya se implicó cual insensato, justo al dudar que la cuestión del sueño estuviera zanjada con sólo definir a esté como una función propia de la psique del durmiente.

Con ello Freud no sólo se desmarcó de aquello aceptado y tomado por valido o verdadero de la ciencia de su momento, sino que incluso puso en tela de juicio el carácter o la constitución misma de la psique, a quien se le adjudicaba la propiedad del proceso onírico. Si nosotros relacionamos lo insensato junto a la cuestión del absurdo, no restaría decir sino que lo absurdo para Freud, justo al ser él un insensato, no es más que él mismo, el sí mismo, el Yo que es Freud en La interpretación de los sueños.

No debe pasársenos por alto el hecho de que Freud, por motivos de la noción cultural entorno a la privacidad de sus pacientes, haya optado por tomar sus propios sueños, miedos y obsesiones como materia de su analítica. Interesantísimo tema éste si se contempla que el secreto profesional involucrado en la práctica medida y legal de la mayoría de las sociedades occidentales, y desde el cual el propio Freud decidió tomar y analizar sus propios sueños, nos refiere inmediatamente al secreto confesional operante en el cristianismo católico y del cual las sociedades europeas protestantes se deshicieron a partir del siglo XVI. Más acá de estas cuestiones de fe, y en torno a la selección de un objeto, aquello que extraña y aparece sólo en tal extrañamiento como susceptible de ser representado, la conciencia en el caso de Munch y Melville sobre todo, es también en Freud lo susceptible de ser indagado, interpretado.

La cuestión, como no será muy difícil apreciar, y más aún pensando en todos los casos, y las nuevas mitologías erigidas por el propio Freud en este texto y en sus obras siguientes, es que el secreto profesional así como el derecho del paciente a atenerse a tal secreto, fue por Freud mismo violado más allá incluso de alterar los nombres y las referencias personales. Pues a decir verdad, esa consideración de tipo moral, levantada por sobre el sótano de las relaciones de poder de aquel que posee el conocimiento, procura la verdad, y proporciona la absolución, la salud o la libertad a aquellos que necesitan de tales fenómenos, se torna problemática una vez que se cuestiona, de refilón si se prefiere, el descanso primordial de tal derecho y obligación sobre una piedra filosofal esencial, la individualidad de la psique, la conciencia o el alma.

No queremos decir que la conciencia desgarrada autorice ya su conocimiento, .pues lo que se dirimió aquí en términos del ámbito de posibilidad categorial fue un terremoto del propio ámbito una vez Freud se dispuso, tal vez sin saberlo, a manipular los rieles de la cultura y con ello hacer chocar de frente dos impresionantes trenes por él identificados como la interpretación popular, hundida ella en lo inmemorial ancestral de los tiempos, y la cientificidad europea con no más de trescientos años de estar en investigación. Como veremos en el próximo capítulo, la cientificidad misma se tornó ella toda en extremo problemática tal cual lo indica la nominación de tal proceso como crisis de la ciencias ya para la década de 1910, justo cuando se cimbraron, pero ahora desde la misma física, los conceptos de tiempo y espacio de la pluma de Albert Einstein. y sus artículos de 1905.[181]

Pero antes de continuar por divagaciones hemos de regresar a Freud y su noción de lo absurdo. En términos más prácticos, en torno a la separación de lo comprensible y lo incomprensible, lo creíble y lo increíble, lo verosímil o lo inverosímil, el sueño fue de lo primero que observó Freud, ya que posee una dificultad que es tal vez, de sus propiedades la más esencial, y obstruye por ello la aproximación interpretativa directa. Tal razón, por la que fue obviado tanto por la psicología y la psiquiatría según se puede apreciar del propio estado de la cuestión entorno al fenómeno del sueño, es la de que el sueño no es un fenómeno empírico, sino psíquico aun cuando ya en La interpretación de los sueños, cabe una crítica no sólo al empirismo, sino también al psicologismo. En este sentido Freud comprende que el absurdo aparece justo por querer medir con un bracero inoportuno algo que de suyo no es cuantificable. Lo absurdo proviene más bien de querer equiparar lo conocido por una parcela del saber con otra sin antes de por medio, efectuar un ejercicio de traducción o incluso de análisis prospectivo de compatibilidad. Como hoy podemos saber, y esta tesis intenta empeñarse en ello, no existe la universalidad de un discurso salvo como política de dominación por parte de una institución y sus agentes capacitados para la posesión de la verdad, la justicia y la belleza.[182]

En parte, en el descubrimiento de un ámbito temático que por presentarse extraño requiriere por ello de una representación específica traslativa, Freud procede a enfrentar lo denominado de principio como conciencia normal con otros fenómenos. No es el afán aquí exponer la estructura de La interpretación de los sueños. El lector juicioso muy a la mano puede ir a contemplar que la primera parte de ella es en gran medida un desapego en términos de crítica realizado por Freud para demostrar la legitimidad y la pertinencia de sus estudios. A nosotros, lo que más no interesa es poder describir el método psicoanalítico involucrado en la obra.

Los sueños son susceptibles de ser interpretados justo por faltarles a estos la intelección de su sentido. En aquellas costumbres o prácticas despreciadas por la ciencia decimonónica en términos de la supersticion, Freud encuentra que la concepción popular procede a la extracción del sentido al “[...]sustituir el contenido del sueño tal y como el sujeto lo recuerda[...] conforme a una clave prefijada[...]”[183]. Nosotros como historiadores hemos de estar alertas y advertir que aquí ya se juega el proceso antes referido de traducción, traslación que el empirismo científico, un realismo ingenuo si se nos permite el calificativo, no acepta como acaeciente ya no para algo tan efectivamente volátil como el sueño, sino antes bien para la denominada realidad histórica.

Freud para poder interpretar los sueños en la ausencia de los dioses tiene que idear un método. El momento histórico en que emerge la interpretación es cuando emergen las patologías modernas mismas, por ello, sólo un método psicopatológico puede acceder a las obseciones y delirios e imaginaciones involucrados en el sueño. De este método Freud nos dice: “[...] es fácil de describir, aun cuando para emplearlo con éxito sea necesario conocerlo a fondo y haberlo practicado.”[184] Curioso resulta que la practica, como esta cita muestra, sea precede al empleo, estando el conocimiento referido a la práctica y no al revés. Pero como se expreso ya, Freud realizó un cruzamiento de canales causales justo en torno al sistema causal al no poder identificar ontológicamente de modo satisfactorio los componentes empleados en el soñar.

Las primeras categorizaciones que empleó Freud para comenzar a distinguir procesos vinculados significativamente, más no así en términos de una causalidad convencional, fueron los de contenido latente del sueño y contenido manifiesto del mismo. La dificultad expresada más no explicada de un aproximación empirista al sueño, estriba en que el contenido del sueño, lo soñado, no es accesible al analista sino en términos de un relato proporcionado por el paciente. Por ello el proceso donde ocurre tal solape de ámbitos existenciales del mismo sujeto, el del dormir como soñador, y el del referir en la conversacion aquel soñar el dormir, sueño y vigilia, es identificado por Freud como un proceso de traducción vinculado a un proceso psíquico. Igual que en el Bartleby de Melville, aquí nos encontramos con la confrontación en el mismo espacio de la investigación de dos fenómenos, la conciencia y el lenguaje. La genialidad de Freud viene cuando al identificar tal traducción, la conversión del contenido latente en manifiesto, denomina a tal proceso, y en consonancia al concepto principal de Marx y su crítica al capital, como trabajo del sueño (Traumarbeit), identificando en el mismo movimiento a la interpretación, como la labor contraria y de transformación opuesta a la poiesis del sueños, es decir de lo manifiesto retornar a lo latente. Es decir, el método psicoanalítico es una inversión de la praxis.

Si como pudimos observar en el caso de Darwin y su teoría de la evolución de las especies, la perfección era el horizonte de la escena –la naturaleza– donde aparecían las individuos y permitía a la vez la proyección de la categoría especies, lo que guía a La interpretación de lo sueños es esa presunción de absurdo que Freud nos enseño a no diluir, o huir en términos de aberración o de monstruosidad, sino a observar y más aun, a escuchar para poder inteligir desde dos puntos de observación distintos con el fin de mensurar el movimiento operado por el trabajo del sueño.[185] La transformación operada, es mejor Freud nos la explique para poder en el tránsito, captar el propio encontrarse en la desazón de Freud al utilizar palabras y conceptos ominosos para la interpretación hermenéutica, eso que de antiguo se llamo dianoia –a través del pensamiento literalmente–, y que era en la filosofía griega, la culminación de la sabiduría:

La transformación de las ideas latentes del sueño en el contenido manifiesto merece toda nuestra atención por el primer ejemplo conocido de versión de un material psíquico, de una forma expresiva a otra diferente, siéndonos la primera perfectamente comprensible y viéndonos obligados, en cambio, a efectuar una penosa labor y a servirnos de una guía para penetrar en la inteligencia de la segunda, aunque también tengamos que reconocerla como un remordimiento de nuestra actividad psíquica.


Así como es lo desconcertante a la conciencia el que ella misma trate de interpretarse, los sueños que causan extrañeza son aquellos que aun cuando presentan en sí orden, disposición y coherencia, y poseen por tanto un sentido claro, aparecen en la vigilia como absurdos, como ridículos, e incómodos, de tal modo que no sabemos “cómo incluir dicho [evento] en nuestra vida psíquica”.[186]




[176] Cfr. El comentario de Gadamer a la filosofía heideggeriana. ¿Por qué Gadamer se fuga de las cuestiones existenciales? ¿Se fuga realmente?
[177] Martín Heidegger, Ser y Tiempo. op. cit. p.1.
[178] Aportes a la filosofía. Así mismo la poesía y la elaboración del mythos que en tanto trama, evidencia la función heurística que la metáfora posee no como imitación en el trabajo de la mimesis, sino antes bien, la poesía, lo poético de todo discurso, incluso el científico, conduce a una reelaboración que traduce lo extraño de un campo a lo aprehensible de otro. La metáfora viva de Ricoeur
[179] Sigmund Freud, La interpretación de los sueños, trad. Luis López-Ballesteros, Barcelona, Planeta-Agostini, 1992, p. 9.
[180] Ibidem, p. 7. Cfr. n. 17 y n. 92.
[181] Este proceso no es causa como tal de los artículos de Einstein. Como Dostoyvsky es ya consecuencia del nihilismo, así también la teoría de la relatividad es consecuencia de la descomposición del ámbito axiomático en que reposaba la física decimonónica en dirección de los tres principios de la teoría de la gravitación universal de Newton. La descomposición acontece desde los resultados “empíricos” develados en diversos campos imposibles de ser sometidos a la legislación gravitacional, tales como la termodinámica, el electromagnetismo y la óptica en relación a los dos anteriores. El trabajo de Einstein parte de esas aporías, paradojas y contradicciones justo para buscar un nuevo sistema categorial que permita cuantificar aquello que aparece como ilógico, insensato y carente de sentido. Es decir el absurdo interregno de la filosofía natural de Newton y el positivismo de la física decimonónica.
[182] Este juicio, como tenemos que admitir, posee pertinencia sólo en la fuerza con que logre convocar las opiniones de aquellos que pueden sancionar, comprobar y validar la presente investigación. Es la instancia del receptor quien queremos hoy tenga el poder. Pero no hay que engallarse tan fácil, pues el receptor muy bien podría no ser sino el mercado de las interpretaciones,.y aun en el mercado existe la autoridad, a la por demás está decirlo, no tenemos muchas ganas de provocar. El sujeto, aquel que puede decir Yo, no ha muerto. Entre otros motivos, este es uno de los criterios al porqué hemos decidido redactar la presente investigación en la primera persona del plural. Por un lado para protegernos del torrente violento que es el pensar, por otro y muy cercano de hecho, para poder invocar la voz de la autoridad del pasado, nuestros autores, a los que tal vez abusando, hemos hecho nuestros al interpretarlos, apropiándonoslos para los fines de esta investigación.
[183] Ibidem, p.8
[184] Ibidem, p. 9
[185] Tal sistema de observación no univoco, universal y estático, sino diverso y movible con respecto al escenario mismo en movimiento y donde se despliega la acción, requiriendo de dos puntos referenciales para poder apreciar o mensurar los acontecimientos, lo podremos encontrar en los registros arqueológicos inmediatamente posteriores justo en la teoría de la relatividad de Einstein aparecida en 1905 como también en la pintura cubista de Pablo Picasso y George Braque desarrollada a partir de 1906-1907.
[186] Ibidem